Lunes 06 de Abril de 2015 - 12:02 PM

Sobanderos, un oficio que se resiste a su extinción en Bucaramanga

Distender los músculos, acomodar los huesos o simplemente relajar son algunas de las funciones de quienes por años, de generación en generación, se han dedicado a ser sobanderos, con la aprobación de sus clientes y el rechazo de los expertos en la salud.

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Didier Niño / VANGUARDIA LIBERAL
$10 mil y hasta $35 mil puede costar un masaje, de acuerdo con la lesión que se tenga y las sesiones que requiera.
(Foto: Didier Niño / VANGUARDIA LIBERAL)

En el barrio La Joya de Bucaramanga, queda el pequeño y caluroso consultorio de Bernabé; así, sin apellido, un sobandero que desde hace 40 años usa la fuerza de sus manos y sabiduría de sus antepasados, para curar las dolencias físicas de más de un bumangués que, según dice, es sanado por la fe que tiene.

“Es un don que da Dios. Esto es malo para el que no ha venido. Acá toda la gente sale contenta, bendecida,  apunta orgulloso Bernabé, un hombre alto, completamente calvo, con una voz difícil de descifrar y sin las suficientes arrugas de los 63 años que certifica su cédula.

Es jueves, son las 3:30 de la tarde y el calor de la ciudad hace sudar la cabeza de Bernabé, pero no más que las de sus dos clientes que esperan pacientemente en unas sillas plásticas al frente de su local, en donde el sol no pega tan fuerte

Faltan aún casi dos horas para que por hoy acabe la jornada de este sobandero, que inicia desde las 7 de la mañana y concluye a las cinco de la tarde, todos los días, excepto los domingos, cuando trabaja media jornada.

“Uso aceite mineral y bálsamo de la Farmacia Santander. Toca hacer la combinación, porque es muy caliente el aceite y yo lo uso de 11 a 12 horas al día y me puede torcer las manos”, cuenta Bernabé, quien afirma mantenerse en forma, gracias a que todas las mañanas, desde las cinco en punto, sale a montar bicicleta. Quizás eso y su fe en Dios y la Virgen lo lograron salvar de dos trombosis, dos infartos y un derrame cerebral.

“Pero me recuperé, por eso mi fe”, reitera.

Una tradición controvertida

Según Bernabé, la tradición de sobar comenzó con su padre señor, como les decían antiguamente a los abuelos. De este, se transfirió a sus padres y así hasta hoy, que es practicada también por su hija y un sobrino, que tiene un consultorio en el barrio Mutis.

Su familia proviene de Chocoa, una vereda de Girón, que le enseñó que así como Jesús vino a sanar, él también lo debe hacer.

Antiguamente no existían los médicos especialistas como hoy, lo más cercano era el brujo o el sobandero”, narra Bernabé, cuando se le cuestiona por su labor, poco aprobada por los expertos en la materia.

Libardo Rojas, ortopedista y traumatólogo, considera que los sobanderos en muchas ocasiones son irresponsables al tratar a personas con lesiones graves, dejándolas en ocasiones peor, como casos que él mismo ha tenido que tratar.

“Los sobanderos son empíricos, sin preparación ni conocimiento para decidir sobre determinadas conductas que son tan importantes para el bienestar del paciente. (…) Yo le digo a las personas que ya, en pleno siglo XXI, hay suficiente medicina avanzada para mejorar sus dolencias”, recalca Rojas.

Sin embargo, dice Bernabé, que hasta los más expertos van a consultarlo e inclusive, dentro de los cuadros que adornan su consultorio, junto a un retrato gigante del sagrado Corazónde, está una especie de poesía que uno de sus pacientes le compuso, según cuenta, por devolverle la oportunidad de caminar.  Su especialidad es la columna.

“Ni yo mismo entiendo esto, para mí la fe de la gente es lo que las sana. El caso más grave fue el de Albeiro, un ganadero de San Alberto, que duró ocho años sin poder caminar porque tenía un daño en su columna. Pero, tras dos sesiones de masajes logró poner sus pies en tierra”.

También, dice, han llegado policías para realizarse terapias en la columna porque tienen escoliosis. “He cuadrado de 24 grados de curva a seis, es decir, una columna muy desviada”.

Los pacientes no paran

Son las cuatro de la tarde y el sol empieza a hacer una tregua. Ya solo queda un paciente a la espera. Mientras tanto, la música relajante suena en un minicomponente, ubicado encima de una vitrina, dentro del ajustado espacio en el que está la camilla, como la de una farmacia de barrio.

Uno de los pacientes llega con la ayuda de su novia cojeando, pues tuvo un accidente en su moto. Bernabé no pregunta nada, solo escucha, mira atento, con esa mirada que parece ser los rayos x que necesita para hacer una radiografía y determinar la lesión.

-“Acuéstese”, le indica a su paciente. Toca su tobillo, “es un esguince, o sea un nudo de tendones”, le advierte. Sin cruzar más palabras, coloca sus manos  con venas que sobresalen encima de la parte afectada y empieza a masajear, aprieta, mientras que el joven gime de dolor, derrama unas cuantas lágrimas y le pide que pare. Bernabé es ajeno a la petición, continúa hasta que le dice, “listo, ya está, si ve que no dolía”, al tiempo que suelta una risa burlona.

Así como este joven llegan en promedio 35 personas al día, buscando que les quite un espasmo, les cuadre una rodilla dislocada, les “acomode las vértebras” o simplemente les haga un masaje que los relaje. Cada sobada cuesta desde $10 mil hasta $35 mil. En un día, puede hacerse hasta $400 mil pesos, con los que ha sacado adelante a los ocho hijos que tiene.

“Esto es como un cuento. Por lo menos a mí me llegan personas de Estados Unidos, Panamá, Canadá y de todas las ciudades del país. Dicen que me han visto por internet”.

Según Bernabé, como él no hay más de cinco en el área metropolitana de Bucaramanga, “somos como los dinosaurios, en extinción”. En su caso, asegura que sí ha estudiado anatomía y conoce todos los músculos y huesos del cuerpo, los cuales recuerda con afiches que también cuelgan en las paredes del consultorio.

Pero eso sí, hay cosas que solo él y sus dedos saben. Lo importante, afirma, es la  confianza, no dudar y tener en cuenta un principio de todo sobandero: “dolor saca dolor”.

Para la Real Academia el sobandero es una persona experta en dar masajes o fricciones con fines curativos; para los expertos en la salud, un peligro; para sus pacientes, un milagro.

Lo cierto es que el joven que entró cojo salió caminando y faltan 15 minutos para que Bernabé cierre su local. Y un nuevo cliente llega.

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Publicada por: PAOLA PATIÑO
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