La historia de un inmigrante bumangués en EE UU en la era Trump | Bucaramanga | Vanguardia.com
Lunes 20 de Marzo de 2017 - 12:28 PM

La historia de un inmigrante bumangués en EE UU en la era Trump

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Archivo / VANGUARDIA LIBERAL
La historia de un inmigrante bumangués en EE UU en la era Trump
(Foto: Archivo / VANGUARDIA LIBERAL)
Es evidente que la tensión entre los estadounidenses y los inmigrantes y entre los mismos inmigrantes de diferentes países se ha agudizado con la administración de Donald Trump.

La carretera 163 en Monument Valley, Utah, Estados Unidos, es una vía rodeada por el color naranja, por el desierto, y va rumbo hacia las montañas, en una escena que podría ser el glorioso final de una película de Hollywood.

Blanco, alto, con rostro cuadrado y ojos color miel, barba rala y una fortaleza evidente, Alberto podría haber sido, a sus 47 años, el galán de dicha película soñada.

A cambio, en septiembre del año pasado, cuando llegó a Shoreline City y tan pronto como los gringos nacidos en esas áridas tierras notaron que era latino, torcieron la cara y votaron por Trump en las elecciones dos meses después.

Aunque Utah ha sido históricamente un estado  flexible con los inmigrantes, la división que el ahora presidente de Estados Unidos ha provocado con sus políticas antiinmigrantes ha socavado algunos corazones. Incluidos los de algunos latinos que trabajan de manera ilegal allí.

En febrero de este año se realizó en todo el país la jornada “Día sin inmigrantes”, para hacer énfasis en la importancia de los latinos en el país del norte. La respuesta del comercio fue mixta y dejó claro el sentimiento del país.

Las asociaciones como Proyecto Latino de Utah hacen conciencia sobre los derechos de los inmigrantes de la región en Estados Unidos, pero la situación es álgida.

Esta redacción contactó a la Asociación de colombianos en el exterior con sede en Utah y obtuvo una respuesta sobre la situación de los inmigrantes nacionales en ese estado.

No todos llegan en las mismas condiciones ni viven en Estados Unidos bajo los mismos parámetros. Sin embargo, con visa de turista, Alberto no se quedó cruzado de brazos y trabajó en varias compañías que contratan a latinos recomendados por una bolsa de empleo, que busca ubicarlos donde sea que puedan recibirlos sin su situación legal definida.

El frío y el desprecio, sin embargo, amenazaron con reventar los hilos de su sueño de emprender una vida y hace un mes regresó a Bucaramanga.

La llegada

Hasta el 5 de noviembre de 2016, un mormón de 40 años, Evan McMullin, desafiaba a Donald Trump en Utah, un estado que cuenta con un 60% de población mormona. Se trataba de un candidato independiente que aún sigue manifestándose en contra del presidente republicano.

Alberto siguió con atención la elección que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca. En efecto, los mormones eran quienes mejor lo habían recibido al llegar a Shoreline. No como para establecer lazos sólidos, pero habían sido amables.

Primero aterrizó en Las Vegas, que tiene una gran población de latinos que trabajan en los casinos que han  hecho famosa la ciudad.

“Todos fueron muy amables conmigo. La mayoría son latinos, entonces me recibieron muy bien. Me hospedé en un hotel que quedaba justo al lado de lugar donde filmaron  grandes películas”, explica Alberto. Se refiere al Hotel Bellagio, donde se han rodado películas como ‘Ocean’s Eleven’ y ‘The Hangover’. Hasta 2013, el censo de la ciudad registraba a más de 600 mil habitantes latinos.

En Utah, por su parte, el 20% de los casi 180 mil habitantes en Salt Lake City son latinos. Casi el 80% de ellos son inmigrantes. Y eso no a todos les gusta. El mismo censo señala que en 10 años, seis mil estadounidenses  salieron de la ciudad. Los dirigentes municipales dicen a los medios internacionales que la culpa es de los latinos.

Tan pronto llegó al ‘Salt Lake City International Airport’, se hizo evidente que la falta de dominio del inglés de Alberto iba a ser un problema.
Trató de seguir a una familia que llegaba desde Perú, pero los perdió. Pidió atención a unas mujeres afrodescendientes. Les preguntaba “Spanish?”, pero ellas se burlaron y lo enviaron a otro lugar, lejos de donde debía abordar el autobús para viajar a la ciudad de destino.

De nuevo Alberto se encontró en otro lugar con las mujeres afroamericanas. Entonces ellas armaron un alboroto, porque no querían viajar con él en el mismo autobús.

Una vez en Shoreline City, Alberto y un compatriota colombiano con quien se topó en la ciudad acudieron a una bolsa de empleo.
El estado de Utah se caracteriza por ser una zona industrial y pronto consiguió empleo en una fábrica de ladrillos finos.

Enseguida lo ubicaron con otros latinos, entre ellos salvadoreños, mexicanos y peruanos. Con los últimos trabó amistad, con los primeros, sintió el dolor de la discriminación de hermano contra hermano.

“Hablé con mi jefe inmediato por una incomodidad que hubo con otro latino. Era mexicano. Le expliqué que yo pensaba cuando una persona estaba colgada de trabajo, uno debería colaborarle, debería hacer un favor. Él me dijo que no, que teníamos que ser fuertes y que si no aguantaba el trabajo, me tenía que retirar. Que a él le había tocado así, a él y a todos los mexicanos”, cuenta Alberto.

De hecho, durante 2015, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas deportó a casi 147 mil mexicanos. Alberto entendió que su tensión era comprensible.
La elección de Donald Trump, el 10 de noviembre como nuevo presidente de Estados Unidos aumentó la angustia.

La bolsa de empleo le consiguió a Alberto otro lugar donde ganar dinero: como barrendero en un parqueadero. Barría el piso junto a otros latinos, mexicanos, peruanos y venezolanos.

Era necesario, el otoño se terminaba y comenzaba a caer la nieve. “Me encantó conocer la nieve, es preciosa”, dice Alberto.
Le dieron como dotación unas botas con punta metálica que, sin embargo, no le protegía los pies y en varias ocasiones estuvo a punto de sufrir hipotermia.
En uno de esos momentos tuvo que parar. Su empleador, un gringo no mormón de Shoreline  le gritó en seguida: “efficiency, efficiency” (“rendimiento, rendimiento”).

“Uno se siente como en la época de la esclavitud. Como se imagina uno que fue. Solo puede parar para el ‘break’ de la mediamañana y el ‘lunch’ -almuerzo- nada más.

El trato tampoco fue el mejor. Con las características que les atribuyen a los santanderanos, un día en que Alberto vio colmada su paciencia, se enfrentó a su patrono con palabras propias de la idiosincracia santanderana. Su patrono, aunque entendía, no le respondió.

Alberto no habla sobre sus sentimientos, pero su hijo, de 25 años, cuenta que ya para el 24 de diciembre su papá se sentía tan solo que llamó llorando a la familia.

“El fin de año lo invitaron a  una fiesta en la empresa, pero aunque se veía contento, se la pasó hablando con nosotros. Vivía en el sótano de una casa, con un inmigrante peruano. Me contó que pasó largas temporadas sin hablar con nadie más, los gringos no lo determinaban”.

Para el 14 de febrero, fecha que los estadounidenses enamorados celebran con el nombre de San Valentín, Alberto decidió regresar.

A pesar de todo, su corazón se quedó prendado de los paisajes soñados de Los Ángeles, el último lugar donde estuvo y es por esto que mantiene incólume su deseo de volver.

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Publicada por: PAOLA ESTEBAN
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