Recorriendo la vida con habitantes de calle de Bucaramanga | Bucaramanga | Vanguardia.com
Lunes 17 de Julio de 2017 - 11:45 AM

Recorriendo la vida con habitantes de calle de Bucaramanga

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Jaime de Río/VANGUARDIA LIBERAL
La administración municipal estima además que del total de población identificada hasta la fecha bajo condición de indigencia en la ciudad, el 70 % proviene de otras regiones del departamento y el país.
(Foto: Jaime de Río/VANGUARDIA LIBERAL )
Vanguardia Liberal hizo un recorrido con un habitante de calle que contó su historia y analizó las problemáticas de su vida sin un hogar estable. A su modo, asegura desafía al mundo.

El pegante es de color amarillo. A veces, casi trasparente. Y otras, denso porque ha pasado muchas veces de lata en lata. Es lunes festivo y llueve. Son las cuatro de la tarde. Luis inhala desde una lata con boca ancha. Está sentado bajo el puente de Conucos, sobre el pavimento rígido. Lleva puesta una sudadera negra. Tendrá más 35 años. Él no lo recuerda bien. No levanta la cabeza.

El consumo de pegante provoca trastornos intelectuales y de conducta. Una agitación violenta. Pero ahora, Luis está solo, quieto y en silencio. Quienes pasan en buses, taxis o automóviles lo ven tras los vidrios empañados. El pegante emborracha, borra el exterior. ¿Siente frío?

-Ahora no, pero por lo mismo y tanto, va a sentir frío cuando se le pase. Se le va a poner la piel de gallina -dice Pirro, otro habitante de calle. Lo dice despacio, sin abrir mucho la boca, atraca las palabras.

Unas semanas antes, Pirro apenas emitía gruñidos, estaba siempre sin camisa. Ahora lleva ropa limpia. Su abuela va a buscarlo a diario desde Floridablanca. Le ruega que regrese con ella. Pero es ella la que se devuelve a su casa sin él. Y así. Los perros le ladran a Pirro al pasar. Pero no se inmuta. Todos caben en este mundo, dice, siempre que no hagan nada malo. 

El diálogo con él es fácil: ante el desprecio, gruñe. Si se le pregunta, habla. ¿Por qué está en las calles?

“Por dejarme llevar de las cosas que me decían mis amigos, de la tentación de probar el vicio y las ganas de fumar. Y porque mi papá, en el tiempo en que estábamos pequeños -él y sus hermanos-, nos condujo a que aprendiéramos a fumar cigarrillo. Llegábamos donde él y en lugar de tomar jugo o una limonada o una gaseosa, decía tómese una cerveza”.

Pirro es churco, alto. Deambula entre el cielo y el infierno porque la calle tiene estas dos caras.

Camino de la carrera 33 con calle 56, la lluvia no amaina. En sentido norte-sur camina un joven que tendrá 25 años. A simple vista parece que estuviera empezando su travesía por la vida sin hogar, como les llaman en inglés a los habitantes de calle: ‘homeless’. No tiene cortes. No se ve deteriorado. Pero antes de llegar a este punto ya se ha vivido un largo proceso de desarraigo de todo y de todos. Pirro lo sabe.

“Hubo un tiempo en que estuve privado de la libertad. Casi cinco años allá encerrado. Allá hay un centro especial para personas adictas a la droga”, dice. Su voz es grave. “Estuve casi año y seis meses. No podía fumar o hacer cosas que lo llevaran a uno a la perdición. Pero usted sabe que sale uno a la calle y se encuentra con los amigos o con la tentación de volver a fumar”.   

Y no solo de consumir, de fumar, de inhalar. También de ambular, día y noche, sin dar cuentas, solo buscando lo que la necesidad del cuerpo exige.

De camino por la 33

Han pasado 30 minutos. En la carrera 33 con calle 49 hay un par de hombres arropados con una cobija, refugiados de la lluvia bajo el techo de los almacenes cerrados. Duermen encima de un colchón raído.

Las gotas le caen gruesas y rápidas al joven habitante de calle. Quiere acercarse a una pareja para pedir una moneda, pero se arrepiente. Toma impulso otra vez. La pide. No se la dan. Les dice que no es para malos vicios y hace una inclinación con la cabeza. Parecía que pasarían de largo, pero uno de ellos, una mujer, le da una moneda.

“Más de una persona le regala a uno así que la liga, que una moneda. Pero la gente espera, así como me dice mi papá, que la plata sea para que uno coma, más no para fumar vicio. Pero usted sabe, uno ya en la calle y en el tiempo que yo llevo, pues uno lo coge es para eso”, cuenta Pirro y avanza por la acera desierta de su vida. Lleva 22 años en las drogas.

A los 10 años comenzó las probó. “Los presuntos amigos me decían: esto lo pone a usted a 'camellar', a trabajar, lo pone una persona ágil. Eso lo hace sentir bien, pruébela y que tal. Probé la marihuana y a la pata muchos vicios más”. 

-¿Por qué le regaló la moneda al joven? -le pregunta esta redacción a la mujer que antes atendió las suplicas del habitante de calle. Tendrá unos 24 años. Y lo conoce.

“Creció en Floridablanca. Los vecinos lo perdimos de vista y luego, hace poco, lo vimos ambulante en las calles”. No es ajena a otras historias. “Cuando yo era niña, iba bajando por la 34 con quince con mi mamá. La saludó un habitante de calle y estaba muy mal, sucio. Después nos lo volvimos a encontrar, con los años, porque él era amigo de mi familia. Nos contó que la esposa como pudo lo convenció y se volvió cristiano, con la ayuda de la fe sintió que podía salir de eso. Tenía una hija”.

Cada persona conoce a un habitante de calle, por alguna razón. Pero algunos son la fuente de su propio dolor. Luz Dary Bayona creó la Fundación Nueva Luz por Colombia tras una larga lucha por hacer que su hermano saliera de las calles.

“Un hermano mío me mostró la marihuana. Y comencé a fumarla. En poco tiempo, en una fiesta, probé el perico. Me dijeron que era para que me pasara la borrachera. En cinco años ya era adicto al bazuco. Estuve 16 años en la droga, en la calle. Pero gracias a las personas que Dios pone como instrumento, como mi hermana, todo se puede”, dice el hermano de Luz, Efraín. 

Cuenta que lo más duro que vivió en la calle fue presenciar cómo le daban cuatro tiros a otro habitante. Debía darle papeletas de bazuco a los consumidores “más grandes”.  Y no lo hizo. Pero no todo funciona así. Efraín quiere que los que realmente lo desean, también vuelvan a sus hogares.

“Los habitantes de calle son seres humanos que merecen tener una vida digna y feliz. Por una mala decisión que tomaron en su vida están pasando una situación difícil y el Estado no les ha brindado una atención especial, un tratamiento digno de desintoxicación, rehabilitación y productividad”, explica Luz Dary Bayona.

El domingo pasado, La Fundación Nueva Luz por Colombia, con apoyo de instituciones oficiales, organizó una brigada de salud para los habitantes de calle en el Centro vida Años maravillosos, en Real de Minas. Corte de cabello, odontología, psicología, asistencia social. Se presentaron más hombres que mujeres. Algunas de ellas fueron con sus hijos. Cantaban, estrenaban ropa limpia, se bañaban los dientes. Avanzada la jornada, algunos discutieron con los voluntarios, querían irse, se acostaban para superar la resaca.

Javier, que hablaba con todo el mundo, pedía y daba instrucciones a quien lo escuchara, anhelaba contar su historia: “trabajaba en la prostitución. Ahora estoy en Funtaluz. Llegué a la calle a los 14 años por las malas amistades. La vida de la calle es muy dura. La gente lo menosprecia, lo discrimina. Como uno está vestido, la gente lo trata. Hay mucha envida, mucho egoísmo. Por un cigarrillo lo pueden contar a uno”.

Dice que lo más duro que ha vivido está reflejado en una serie de cortes sobre su brazo izquierdo. Algunos se los hizo el mismo.

El final de un recorrido sin fin

No todos perciben la calle como el purgatorio de Dante. Para algunos es una forma de vida. Lo que se necesita es comprensión.

“Normalmente, la gente tiene tres formas de ver al habitante de calle: con lástima, con miedo -me puede atracar- y con desprecio, pero eso no aporta para ofrecer soluciones. Debemos ver qué es estar como habitante de calle. Ojalá en las instituciones entiendan el fenómeno y con conocimiento de causa van a hacer ofertas más juiciosas”, explica Alberto López de Mesa, uno de los escritores del libro ‘La vida en las calles’. Su historia es la del Bronx, en Bogotá. López estuvo el mes pasado en Bucaramanga, en Fusader, invitado por el programa FestiYo, liderado por Gabriel Latorre.

De los 3 mil habitantes de calle de Bucaramanga, según cifras de la administración municipal, alrededor de 300 "continúan con sus procesos de rehabilitación en los hogares de paso con los que tenemos convenio: Shalom, Jerusalén, Levántate y Resplandece, y Funtaluz”, explicó Juana Patiño. 

La personería de Bucaramanga indicó a medios nacionales que algunos habitantes de calle recogen entre 100 mil y 150 mil pesos diarios. Sin embargo, la calle es dura. El concejal Jaime Beltrán denunció que han sido asesinados este año 15 habitantes de calle venezolanos.

Javier Ruíz, director de la Fundación Visibles, que ha trabajado exitosamente con habitantes de calle en Medellín, explica que los programas de arte y cultura son fundamentales en el proceso de resocialización para “generar una motivación en el habitante de calle para que busque alternativas para salir de su situación. Los programas funcionan si se cuenta con redes de apoyo familiares y si se tiene credibilidad”. 

Silvia Nathalia Núñez Rueda y Jenny Katherine Delgado Becerra exponen en sus tesis de grado presentada en 2015 -titulada Población en situación de calle: desafíos de los programas de inclusión social- que las políticas públicas para los habitantes de calle deben estar orientadas “a las capacidades de la población en situación de calle” según sus talentos y a “asumir al habitante de la calle no como un problema, sino como una oportunidad o posibilidad abierta al beneficio de toda la comunidad”, con estímulos para ingresar a la cadena productiva de orden local y regional”.

La poca luz del día ha desaparecido y en su reemplazo, el color amarillo de las farolas alumbra el rostro de un hombre, pelo blanco y pantalones que cuelgan de los huesos de sus caderas habla al viento. La intención es que su voz toque a dos grupos de mujeres que camina por los dos extremos de la calle.

“Lo que más me duele es la indiferencia, lo que siempre hacen. Señorita, venga, regáleme una moneda”, le dice el hombre a una de ellas. El se tambalea. Ella también, un poco, con las zapatillas sobre el pavimento. No saben qué hacer el uno con el otro. Pirro se aleja. Dormirá donde lo encuentre la noche. A su modo, dice, lo que quiere es desafiar al mundo.  

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Publicada por: PAOLA ESTEBAN C.
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