Lunes 19 de Marzo de 2018 - 11:55 AM

Historias de mujeres al volante de Metrolínea

A pesar de las miradas, las críticas e incluso el rechazo, estas mujeres le muestran a la ciudad que pueden hacer igual o incluso mejor el oficio de conducir un bus de Metrolínea. Desde el asiento de control y con mano en el volante, contaron por qué aman su trabajo y lo difícil de hacerlo.

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Elver Rodríguez / VANGUARDIA LIBERAL
Mujeres al volante de Metrolínea
(Foto: Elver Rodríguez / VANGUARDIA LIBERAL)

La ruta AP7 de Metrolínea está a punto de salir. El recorrido es desde la estación de Provenza hasta el barrio Cristal Bajo y viceversa. Los pasajeros se suben y de pronto un señor, de más o menos 60 años, se detiene antes de sentarse, mira para la silla del conductor, abre los ojos en señal de sorpresa y niega con la cabeza. Luego se sienta.

Lo que vio fue una mujer de 50 años, perfectamente peinada y maquillada, sentada frente al volante.

- “La verdad es que no. No me siento cómodo. No creo que sea tan fácil para ellas manejar esto, ya sabe, es mujer”, responde el pasajero aún mirando hacia adelante, como con precaución, a la pregunta de si se siente bien porque va manejando una mujer.

Durante el camino, un taxista que queda justo al lado del bus alimentador mira hacia arriba. Al ver a la conductora hace un gesto de burla.

Unas cuadras más allá, un grupo de niños que va saliendo del colegio se queda mirándola durante el tiempo que se demora en perderse por la siguiente esquina.

Ella no se da cuenta, va concentrada en su labor. En una de las últimas paradas del recorrido, antes de bajarse, una joven se acerca y le dice que hace un excelente trabajo y que la hace sentir orgullosa de su género.

-“Solo por eso que me acaba de decir ella, vale la pena hacer esto”, menciona Beatriz Castrillón, mientras se baja del bus para descansar unos minutos antes de volver a realizar su ruta habitual.

“No están preparados”

Beatriz Castrillón lleva tres años manejando Metrolínea y le fascina hacerlo, porque se siente “como empoderada”. A pesar de las miradas de asombro, algunas de desconfianza y otras de desprecio, dice que se siente diferente.

Después de manejar por mucho tiempo una buseta de transporte escolar, prefiere el articulado del Sistema Integrado de Transporte Público, porque le gusta que las personas se queden mirando a su ventana y se den cuenta que lo hace bien.

-“Aún hay personas que no están preparadas para nosotras. No para nosotras las conductoras, sino para nosotras las mujeres caminando al ritmo de los hombres”, asegura.

Cuenta que una vez se subió una señora con su hija pequeña. La niña le dijo a la mamá que cuando fuera grande le gustaría manejar un bus, así como la señora que iba conduciendo el Metrolínea. La mamá la regañó y le dijo que aparte de que no era un trabajo digno, menos lo era para una mujer.

Eso, y los constantes “tenía que ser mujer”, “machaca”, “lenta” y “bruta” son, según ella, la muestra de que está haciendo las cosas bien, porque está llegando a las fibras de la cultura machista, que aún impera en la ciudad.

Lo mismo piensa Luz Stella Montaña, quien con cinco años llevando pasajeros en la misma ruta, expresa que no podría pedir una mejor manera de mostrarles a los bumangueses que las mujeres ya están listas para cualquier reto.

-“La única manera de que nos den nuestro lugar en la sociedad es mostrándonos en ella. ¿Cree que me importa que me digan que por ser mujer es que el recorrido viene atrasado o que por ir manejando yo es que no avanza rápido el tráfico? Primero se cansan ellos de decirme eso, que yo de manejar. A mí lo que me interesa es que todos mis pasajeros lleguen a su destino, sanos y salvos, y así lo he hecho. Para correr, las carreras”, asegura.

Las dos conductoras están de acuerdo con que lo que hace que amen su trabajo es la felicitación sincera de muchos pasajeros y los gracias tras cada llegada exitosa. También con que en la ciudad y en Santander el machismo aún está muy arraigado.

Para Isabel Ortiz,  asesora de despacho para asuntos de mujer y equidad de género de la Alcaldía de Bucaramanga, no es tan cierto que sea solo en Santander.

“Una sobrina que está en Estados Unidos consiguió trabajo manejando un bus escolar dentro del campus de su universidad. Me cuenta que hay personas, hombres y mujeres, que prefieren esperar al siguiente bus que subirse en el que ella está conduciendo. Entonces no creo que sea un tema solo de acá, realmente es un tema de cultura y educación”.

Para ella, la desconfianza radica en que  aún no se cree que la mujer pueda desempeñar algún papel que la enfrente a alguna adversidad o que implique un alto grado de responsabilidad. Y eso, explica, va a seguir pasando mientras los puestos en las distintas empresas sean ocupados en su minoría por mujeres.

“Mientras sigamos siendo minoría en oficios que han sido desempeñados más por hombres, va a seguir siendo extraño. Si somos capaces de creer en las capacidades de una médica, que tiene la vida de alguien en sus manos, ¿por qué nos queda grande aceptar conductoras de Metrolínea?”, agrega Ortíz.

Un oficio que dejó de ser para machos

Laura Karina Muñoz es la conductora más joven del Sistema. Tiene 24 años y apenas va a cumplir uno de trabajar ahí.  Es enfermera y al no conseguir trabajo en su profesión, acudió a su herencia de buena conductora y mandó su hoja de vida a Metrolínea.

Su papá y su hermano hace varios años son conductores en la empresa y entonces a ella no le pareció mala idea intentarlo.

Su familia la apoyó, salió elegida y decidió hacerlo.

-“Tú eres enfermera y está bien, es un trabajo de mujeres, dicen todos. Conducir un carro tan grande ya no les parece normal, que puede ser peligroso, que hay que saber de carros, que no es lo mismo que un automóvil. ¿Y qué? Yo no nací sabiendo tomar muestras de sangre, lo tuve que aprender y si tengo precisión para eso, un bus es lo de menos. Lo difícil es que las personas lo entiendan así”, se queja.

Recuerda que le ha pasado que  señoras de la tercera edad ven que es ella la que conduce y prefieren no subirse;sin embargo son más las que se acercan y la felicitan por demostrar que es capaz también.

Hace rato que dejaron de incomodarle las miradas desconfiadas, las de risa y las de asombro.

En vez de eso se está capacitando para manejar el padrón (bus más grande) y sigue aprendiendo cada día más sobre el lenguaje automotriz que va más allá de revisar el motor, las llantas, el agua y el aceite, cosas que sabe hacer a la perfección. Como sabe también mantenerse siempre sonriente, segura de lo que hace y, por supuesto, perfectamente maquillada.

 

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Publicada por: IRINA YUSSEFF MUJICA
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