Domingo 03 de Junio de 2018 - 10:24 AM

La vida con un corazón ajeno en Santander

Un cardiólogo pediatra, una mujer y una pequeña de dos años son el reflejo del éxito de la donación de órganos en Santander. Una historia que invita a donar vida después de la muerte, para quienes esperan en un lista de trasplante.

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Valesca Alvarado/ VANGUARDIA LIBERAL
La vida con un corazón ajeno en Santander
(Foto: Valesca Alvarado/ VANGUARDIA LIBERAL )

Subiendo la pendiente por el costado derecho, a mitad de curva, justo sobre la cancha de minitejo de un barrio de la ciudad, una casa de paredes sin pintar encierra las carcajadas de una pequeña de dos años.

‘Sammy’, como es conocida por los vecinos y amigos, es la encargada de alegrarle el día a quienes la ven pasar por las calles junto a su madre, dando pequeños pasos y sonriendo tan plácidamente que nadie creería que su vida ha estado llena de retos.

A la pequeña, de tez trigueña, ojos oscuros y pestañas tan largas que casi tocan las cejas, le gusta caminar como modelo, menear el cabello, posar con sus manos sobre la cintura y pasar desapercibida pocas veces es posible.

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Es una niña risueña, juguetona, inteligente y a la que la que la vida le dio una segunda oportunidad en forma de corazón y latidos donados.

Y ella, sin siquiera saber hablar claramente, parece entenderlo bien.

Nació a 204 kilómetros de Bucaramanga, en Güepsa, Santander, en el seno de una familia humilde pero muy trabajadora.

Sin embargo, desde sus cinco meses, libra una batalla con la vida, que la obligó a dejar su hogar en busca de respuestas a un mal silencioso que le impedía ser como los demás bebés.

Algo dentro de su pequeño cuerpo no funcionaba bien.

La lucha de una madre

Con su niña al hombro, las pertenencias básicas dentro de una vieja maleta y con el deseo de hacer lo necesario para descubrir qué estaba mal con su hija, Sandra Milena Mateus, partió de casa.

Y fue esa ‘berraquera’ que motiva a las madres a luchar por sus hijos, que la llevó a Valledupar en julio de 2016.

Una Unidad de Cuidado Intensivo esperaba por Sammy. La misma en la que Sandra recibiría la noticia.

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Su hija fue diagnosticada con miocardiopatía dilatada del ventrículo izquierdo.

El corazón de la pequeña era enorme para su edad y la fuerza de sus latidos era cada vez más débil. La sangre no llegaba al cuerpo y poco a poco se deterioraba. Su probabilidad de vida disminuía rápidamente.

Sin embargo, Sammy nunca dejó de sonreír, se mostraba fuerte. Pero eso no cambiaba la realidad: su falla cardiaca era severa.

Por eso, los especialistas determinaron enviarla a un centro médico especializado en trasplante cardiaco pediátrico.

El Instituto del Corazón de la Fundación Cardiovascular de Colombia, FCV, era el más indicado.

Un vuelo Chárter trajo a madre e hija de nuevo a tierras santandereanas. Era el 26 de agosto de 2016.

En suelo firme, los médicos esperaban a una paciente moribunda, pero para su sorpresa, Sammy llegó caminando, solo necesitó un poco de oxígeno durante el vuelo. Se veía bien.

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Sin embargo, los resultados del ecocardiograma mostraban el gran tamaño del corazón. Era grave.

Pese a los tratamientos, la salud de la pequeña no mejoró. Su única alternativa era el trasplante cardiaco.

Otra vez, una Unidad de Cuidado Intensivo esperaba por ella, pero ahora, la estadía se prolongaría por cinco meses. Su salud empeoraba y el pequeño corazón no aparecía.

La cuestión era de vida o muerte.

Lágrimas de amor

Durante los cinco meses en los que Sammy estuvo en la UCI, Sandra fue su más fiel compañera. Pasaba las horas en la habitación, al lado de la camilla, mimando a su pequeña.

La espera parecía tan larga que la bebé ya era ‘de la casa’. Su ternura le robó el corazón a más de uno, pero el que ella necesitaba seguía sin aparecer. No había donantes.

Pero el ‘milagro’ sucedió aquel 14 de mayo de 2017, a las 6:00 p.m.

“Encontramos un posible donante”.

De inmediato, empezaron los preparativos. Pruebas, papeleo y la expectativa por el vuelo que traía el órgano desde Bogotá.

Para Sandra aquella noche fue fugaz. Pero al día siguiente, la espera le pareció eterna.

El reloj marcaba las 8:00 a.m., y su hija estaba sobre la camilla. Era domingo. La cirugía tardó poco más de diez horas y las lágrimas de la mujer  eran prueba de las emociones que reprimía en el pecho.

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Su hija tendría una nueva oportunidad de vivir, gracias a ese pequeño órgano que alguien donó.

Y al fin sucedió: una señal positiva hecha con el dedo índice del médico, asomado por el vidrio de la sala cirugía, indicó el final de esa jornada. Nuevos latidos se escuchaban en el pecho de la pequeña.

Sammy, finalmente, le ganó la batalla a la muerte.

‘Papi Castro’

Un año después de su trasplante, la vida de la pequeña es diferente.

Su nuevo corazón trabaja con normalidad. Sin embargo, los controles deben ser contantes.

No obstante, a Sammy la idea de visitar el consultorio médico del ‘papi Castro’ la llena de emoción cada mes.

Él, en realidad, no es su padre. Es su médico, Javier Castro Monsalve, el cardiólogo pediatra de la FCV.

Pero su carisma y amor por cada uno de los niños es tan grande y evidente que todos lo ven como un padre y en su corazón hay suficiente espacio para ello.

Es un hombre sereno, apasionado por lo que hace, enamorado de sus pacientes y el patrocinador número uno de las picardías de Sammy, quien lo derrite con solo mirarlo.

“Llegó mi bella, bella”, dice sorprendido cuando la ve entrando a la  oficina y sacando los juguetes de la caja que antes estaba ordenada. No es día de consulta, pero Sandra pasa a saludar y a agradecerle nuevamente por todo lo que hace.

Sabe que es gracias a él que su hija está con vida. Y a él le parece increíble que hayan transcurrido 365 días de nuevos latidos y oportunidades para la valiente de Sammy.

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“Pero la lucha no se acaba, esto no para nunca”, recuerda el hombre de traje azul.

Y es verdad, ahora, ambas santandereanas deberán afrontar una nueva batalla: la del sistema de salud, en busca de los medicamentos que debe tomar toda la vida.

Trasplante en niños

Si bien la donación de órganos y tejidos se ha triplicado en el Oriente Colombiano, el caso de los niños sigue siendo complejo.

Además de las pruebas de compatibilidad, uno de los aspectos más importantes es el tamaño del órgano. En el caso del corazón, por ejemplo, debe ser lo suficientemente pequeño para que quepa en el tórax del niño.

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Luego del trasplante, los menores deben tomar inmunosupresores por el resto de su vida. Esto, con el fin de que el cuerpo no rechace el nuevo órgano. Algunos de estos medicamentos son no POS y otros generan efectos secundarios como la aparición excesiva de vello, daño en los riñones, variación de la presión y susceptibilidad a las infecciones.

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Publicada por: VALESCA ALVARADO RÍOS
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