Miércoles 11 de Julio de 2018 - 01:50 PM

Sonrisas que superan la discapacidad en Santander

Más de seis mil personas con discapacidad viven en Bucaramanga y Girón. Muchos de ellos son víctimas de la discriminación social. Vanguardia Liberal narra la historia de dos jóvenes que rompieron esas barreras.

Comparta este artículo ›

Elver Rodríguez / VANGUARDIA LIBERAL
Sonrisas que superan la discapacidad en Santander
(Foto: Elver Rodríguez / VANGUARDIA LIBERAL )

Tan solo nueve kilómetros de distancia separan las marcadas curvas que atraviesan los rostros de Cristian y Zully. Un trayecto relativamente corto en comparación a la infinitud que guardan sus sonrisas. 

Ninguno de los dos se conoce, sus nombres no son familiares, no han compartido escenario juntos y, tal vez, aún no saben que sus historias de vida son ejemplo de superación.

Pese a ello, tienen muchas cosas en común. Algo que va más allá de las barreras o juicios sociales.

Lea también: La vida con un corazón ajeno en Santander

Es que no es necesario compartir con ellos por más de un par de minutos para saber que tienen algo que los hace especiales.

Quienes los conocen dicen que es el carisma y la alegría que irradian, mientras otros creen que es un regalo que la vida les da a aquellos que tienen el don de ver las cosas a través de otros ojos. Unos un poco más brillantes, llenos de esperanza y capaces de superar las barreras de la discriminación de quienes le temen a lo diferente, a lo que se sale de los estereotipos.

Ellos, quienes desde sus pequeños rincones, uno en Girón y otro en Bucaramanga, le dan rienda suelta a sus talentos e imaginación, parecen felices.

Ambos aseguran serlo a pesar de los retos a los que diariamente se enfrentan con sus discapacidades, esas que les tocó afrontar con la valentía y un ‘no sé qué’ lleno de optimismo que los hace creer que nada es imposible de lograr.

Lea también: “Una buena mujer de Dios”, de Estados Unidos a Santander

Es así como en extremos diferentes y con dificultad, Cristian sube las escaleras blancas en forma de espiral que conducen hasta el segundo piso de su casa. Una baranda fría y lisa, más delgada de lo que debería ser, le sirve de apoyo para no caerse durante la misión que debe hacer por lo menos dos veces al día.

Zully, en cambio, atraviesa el parque, esquiva una que otra franja que hay sobre el suelo y trepa algunos escalones antes de llegar al callejón en cuya esquina hay una miscelánea con su nombre. Ese es su hogar desde que recuerda.

Los pasos que él da son lentos y a pesar de la dificultad que deja notar cada vez que mueve sus piernas, parece hacerlo con seguridad. Los de ella no son muy diferentes, pero sí un poco más firmes.

Y es que casi como si fuese un engaño ante los ojos de quienes los ven, las rodillas de ambos, más flacas y huesudas que el resto de sus cuerpos, tienen una curvatura que desvía el ángulo de sus pies.

Sostenerse, sin ayuda de alguien o una guía, parece ser un deporte extremo. Sin embargo, la tarea les resulta divertida aunque de vez en cuando haya uno que otro golpe que les mueva el piso.

Lea también. Cinco décadas de primavera en la Plaza de mercado Guarín

Pero ellos no se quejan, pues hace muchos años recibieron la noticia de que caminar no estaba dentro de sus posibilidades. Ese fue el primer ‘imposible’ que superaron gracias a la perseverancia y el deseo implacable de levantarse luego de cada caída.

Ahora no solo caminan, también le demuestran a la sociedad que las personas con discapacidad se pueden convertir en ‘humanos fuera de serie’.

Pinceladas sin fronteras

Un sutil movimiento y el espectáculo de una muñeca que se desplaza de arriba a abajo dejando a su paso un camino de pintura verde, un poco más oscura que el tono anterior, llama la atención del público que se acerca curioso.

La mano del artista sostiene con fuerza un pincel de madera y la presión que hace se refleja en sus venas, que ahora están un poco más inflamadas.

Lea también: El fotógrafo santandereano que inmortalizó a Galán

El pintor es Cristian Felipe Ardila Becerra, tiene 23 años y su sonrisa habla por él. No solo porque la tiene casi tatuada de ‘oreja a oreja’ sino porque sus cuerdas vocales no funcionan de manera correcta y pronunciar alguna palabra, por más simple que parezca, le es complejo.

Pero sentado sobre un taburete, concentrado en cada detalle del lienzo y ajeno a los comentarios de quienes lo observan, podría pasar desapercibido.

Sin embargo, cuando intenta ponerse en pie, hablar con alguien o posar para la cámara, su realidad se hace más que evidente: Cristian tiene una discapacidad

Sus padres recuerdan el día en que nació y la nostalgia viene a ellos casi como si quisieran retroceder el tiempo para volver a sentir la alegría que los invadió en aquel momento por partida doble, pues Cristian es mellizo.

Ambos niños nacieron sanos, fuertes, llenos de vitalidad y trajeron a su hogar un nuevo rayo de luz. Pero ocho meses después algo inesperado cambió el estado de salud del mayor de los hermanos. A Sandra su instinto de madre le decía que algo estaba mal.

Lea también: Catorce horas con las manos en el corazón en Santander 

Bronquitis, fiebre, llantos y falta de apetito fueron las primeras señales de una patología que cambiaría para siempre la vida del pequeño. Los médicos hicieron el diagnóstico: Síndrome de Leigh, una enfermedad con secuelas irreversibles.

A causa de ello, Cristian solo caminó hasta cumplir doce y pese a que su pronóstico de vida era máximo de cuatro años, él le ganó el duelo a la muerte. 

Y aunque no tuvo la oportunidad de estudiar, pues muchas puertas le fueron cerradas, en el arte encontró un camino lejos de la discrimina-ción gracias a la Fundación SuperArte Colombia, que lo acogió hace cuatro años.

Ahora, es reconocido como un artista de talla internacional, sus obras han llegado a Estados Unidos y España y ya forja dentro de sí un nuevo sueño: el de llegar a las grandes galerías europeas.

Le puede interesar: La noche en que el público de Bucaramanga vio llorar a ‘Tongorito’

Sabe que el camino para lograrlo aún es largo, pero  el pincel, la pintura y el caballete, serán su mejor compañía mientras espera el apoyo de algún patrocinador que vea en él al artista cuya sonrisa superó la discapacidad y traspasó fronteras.

Una máster fuera de serie

Hace 35 años, en la madrugada del 28 de mayo, Saúl Rueda recibía una noticia que le quitaría la calma: su esposa estaba en trabajo de parto y debido a las complicaciones era probable que su pequeña bebé no sobreviviera.

Pese a todo pronóstico y luego de una larga espera, el panorama dio un giro brindándole una oportunidad de vida a Zully, ese nuevo ser que llegaría para llenarlos de enseñanzas.

Y aunque a ella la muerte también le fue esquiva, no nació bien de salud.

La falta de oxígeno le causó un daño conocido como distonía generalizada, una enfermedad que no tiene cura, afecta el sistema muscular y causa movimientos involuntarios y torsión.

Lea también: Un corazón que une una ‘Amistad de titanio’ en Bucaramanga

Su destino era pasar el resto de su vida postrada en una cama mientras su cuerpo se negaba a permanecer erecto. Pero la ‘berraquera’ y el deseo de ser una profesional la hicieron salir adelante.

Pasó 17 años de su vida en terapias y aunque el proceso no fue nada fácil, sabe que valió la pena. Gracias a ello habla con claridad, camina con la coquetería que la caracteriza y por supuesto, sabe que su mejor adorno es la sonrisa, esa nunca desaparece de su rostro y le alegra el día a quienes la ven.

Desde pequeña se enfrentó a la discriminación y aunque su lucha por estudiar parecía cada vez más difícil, lo hizo.

Recuerda que debido a su enfermedad debía estar amarrada a los pupitres, que sus compañeras la empujaban para hacerla perder el equilibrio y que algunas maestras le cerraron las puertas. Pero ella nunca tiró la toalla. Se graduó, ingresó a la universidad y alcanzó su título como psicóloga, una de las mejores de su generación.

Su mayor deseo en la vida es sentirse útil, ayudar a otros en su misma condición y recorrer el mundo llevando un mensaje de superación.

Por eso, se le midió a una maestría en psicología familiar. Ha trabajado en diferentes proyectos sociales y de vez en cuando hace las veces de conferencista. Aunque lleva un año desempleada y ninguna puerta se le abre por su discapacidad, no deja que su sonrisa se borre. Es perseverante, sigue buscando opciones.

Tiene la esperanza de llegar lejos, de motivar a otros y gritarle al mundo que la discapacidad no es más que una simple condición que los hace especiales, no faltos de habilidades. Y espera  demostrarlo de la mejor manera posible: haciendo las cosas con amor, entrega, alegría y mucha convicción.

Publicidad
Publicada por: VALESCA ALVARADO RÍOS
Vanguardia Liberal no se hace responsable por las opiniones emitidas en este espacio. Los comentarios que aquí se publican son responsabilidad del usuario que los ha escrito. Vanguardia Liberal se reserva el derecho de eliminar aquellos que utilicen un lenguaje soez, que ataquen a otras personas o sean publicidad de cualquier tipo.