Lunes 09 de Abril de 2018 - 09:10 AM

El otro ataúd de Jorge Eliécer Gaitán

El 6 de junio de 1960 fue lunes. Poco antes de las ocho de la mañana, los vecinos del tranquilo y señorial barrio Santa Teresita de Bogotá, notaron un ajetreo inusual. Uno a uno, carros oficiales se fueron apostando al lado de las aceras de la calle 42 entre carreras 15 y 16, hasta invadir buena parte de la cuadra.

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Colprensa /VANGUARDIA LIBERAL
El otro ataúd de Jorge Eliécer Gaitán
(Foto: Colprensa /VANGUARDIA LIBERAL)

De ellos, asomaron hombres de traje, corbata y sombrero, todos con el inconfundible porte de funcionarios. Su tarea: desenterrar a Jorge Eliécer Gaitán Ayala doce años después del magnicidio de que fue objeto el día aquel que los colombianos acostumbraron a llamar, a secas y para siempre, “el 9 de abril”.

En fila, y casi de puntillas, los encargados de la exhumación ordenada por el juez 11 de Instrucción Criminal entraron en la casa del costado norte marcada como 15 - 52.

Antes del mediodía los obreros contratados para excavar ya habían levantado el piso de madera, parquet en realidad, para dar con una placa de mármol de Carrara que, al ser removida de su lugar, arrojó un secreto bien guardado: un féretro metálico que guardaba los restos del Jefe, depositados a su vez en un cajón de madera. Una sorpresa para algunos de los presentes, tan grande como la extensión de la caja de zinc: 2 metros con 25 centímetros de largo.

En apariencia, un detalle menor frente al gran propósito de lo que pretendía el juez: dar con el tercer proyectil que se alojó en el cuerpo de Gaitán “en la médula espinal, hacia la séptima costilla” y que, por premura o por las difíciles condiciones en que se realizó la autopsia en el viernes aquel de 1948, no había podido ser hallado.

 ¿Había salido ese tercer proyectil de ese revólver ordinario casi hechizo que Roa Sierra había martillado cuatro veces (una sin dar en el blanco) o existía la posibilidad de un segundo tirador (como se preguntaron y se siguen preguntando los americanos con Kennedy y sobre Oswald)? 

¿Cuántos secretos sigue guardando el 9 de abril, ahora que se cumplen 70 años de ese (para parodiar el título de un libro) día de cólera? Muchos, comenzando por el debate de toda la vida: si Roa Sierra obró por exclusiva cuenta propia o por alguna fuerza que lo empujó y luego supo esconder su responsabilidad.

En ese sentido, el detalle de la tal caja metálica parece una simple anécdota pero a la vez sirve para demostrar las inmensas proporciones que alcanzó ‘El Bogotazo’, entre otras en el tema más serio: la pérdida de vidas humanas.

Ese asunto ha sido sepultado, valga la expresión, por el impacto de las imágenes del centro de la ciudad convertido en ruinas. Pero poco tiempo se ha dedicado a mirar con detalle cómo se movieron las fuerzas que combatieron en la lucha en inmediaciones del Palacio de gobierno, más allá del saqueo y el pillaje que se pasearon por, la entonces, zona comercial más importante de la capital de la república.

¿Cómo, o mejor, por qué fueron a parar los despojos del caudillo liberal a ese extraño tipo de urna funeraria? El legendario cronista Felipe González Toledo dejó algunas pistas en una de sus crónicas.

Tras permanecer en la noche del 9 el cuerpo sin vida de Gaitán en la Clínica Central de la calle 12 con carrera 4a, por la imposibilidad de llevarlo a su casa en el barrio Santa Teresita en medio de una ciudad sumida en una batalla, doña  Amparo Jaramillo ordenó el traslado del cadáver de su marido a la casa de residencia en Santa Teresita, en la madrugada del sábado 10. La caja de madera fue conseguida por Pedro Eliseo Cruz, persona muy cercana a Gaitán, en medio del motín.

Cruz, médico de profesión, era una de cuatro personas que acompañaban a Gaitán en el momento del atentado. Y, además, fue el primero en comprobar que las heridas eran de suma gravedad, luego de auxiliarle apenas cesaron los disparos de Roa Sierra.

Al despuntar el día del 10, el único vehículo que el doctor Cruz pudo hallar para hacer el tránsito al barrio donde vivían los Gaitán Jaramillo fue una ‘zorra’ que, como fantasma y con el caballo a manera de escudo, se aventuró por las calles céntricas cubiertas del humo de los incendios y de la bruma de un día de invierno, en medio además del acecho de francotiradores trepados en los tejados y de patrullas del Ejército que aplicaban, por igual, la pena de muerte a todo lo que se moviera.

De todas esas tareas en las que se vio envuelto Cruz, la de conseguir el ataúd de madera no fue la más fácil.

En la noche del 9 de abril, hacerse a un objeto así fue un imposible. La demanda había superado cualquier cálculo. ¿Cuántas personas murieron de manera violenta el 9 de abril en Bogotá, a partir de la una y media de la tarde, cuando los médicos dan la noticia del fallecimiento de Gaitán en la puerta de la Clínica Central?

Los datos aportados por distintas fuentes son bastante dispares. Según el denominado anuario de estadística de la ciudad hubo en ese fin de semana 1.043 entierros correspondientes, casi todos, a personas muertas en el transcurso de El Bogotazo.

Para El Tiempo y El Espectador, la cifra osciló entre los 550 y los 600 fallecidos de manera violenta. Pero según investigación del historiador Paul Oquist la cifra real fue de 2.585.

Sea cual fuere el verdadero saldo, la cifra asombra. De hecho, sobre una base de ocho millones de habitantes (cifra superada hace rato), hechos del 9 de abril dejarían hoy en Bogotá entre 4 mil muertos (si de tomar los cálculos conservadores de El Tiempo y El Espectador se trata) o 20 mil, en caso de que los datos de Oquist tengan suficiente sustentación.

Pero, ¿por qué a la frenética de un cajón, el inicial, se le sumó otra, la del metálico? Quizás, como una forma de preservar su imagen y memoria del hombre que se autodefinía como un pueblo, pero también como una medida mínima para evitar la acción de posibles profanadores de su tumba o frente a un eventual intento de rescatar el cuerpo por parte de sus seguidores. Hay que recordar que mientras el cuerpo del dirigente político estuvo exánime en la clínica surgió la idea (que doña Amparo no permitió que prosperara), de marchar con sus restos por delante rumbo a Palacio para exigir la renuncia del entonces presidente, Mariano Ospina Pérez.

La caja metálica tiene también su historia antes de pasar a servir a Gaitán. Ocurre que años atrás, contó Felipe González Toledo en una de sus célebres crónicas, una vecina de la familia Gaitán en su barrio natal de Las Cruces - a la que quizás Jorge Eliécer conoció de joven - había hecho un significativo capital con un negocio de tamales, pieza fundamental de la gastronomía bogotana de entonces.

 Antes cocinera y ahora próspera empresaria, la mujer decidió emigrar y eligió Nueva York como destino, donde se hizo acompañar de una hija para que disfrutarán de la fortuna hecha a punta de trabajo y ahorro.

Solo que el cuento de hadas se deshizo en un puñado de semanas cuando, de súbito, una enfermedad le arrancó a su heredera. Frustrada y agobiada, volvió a Colombia para darle sepultura.

Las autoridades de los Estados Unidos autorizaron la vuelta en barco del cuerpo sin vida con el único requisito que lo trasladara en las disposiciones sanitarias para ese efecto, una caja metálica.

El día del sepelio en Bogotá, fue imposible introducir el armatoste en la estrecha cripta que se había dispuesto para ese fin en uno de los cementerios de la ciudad. Los deudos debieron entonces adquirir de urgencia un ataúd criollo y proceder al cambio.

Alguien, posiblemente el propietario de la misma funeraria, se quedó con un objeto que nadie iba a requerir, sin sospechar que serviría como último abrigo al jefe político de millones de colombianos.

Pero la historia del cajón metálico tampoco termina ahí. O al menos no se sabe si esa protección tuvo algo que ver en otro hecho sorprendente que acaeció aquel 6 de junio, día de la exhumación.

Mejor que lo cuente el profesor Luis Carlos Pérez, citado por el abogado Rafael Galán Medellín, apoderado de la parte civil en los últimos años del proceso, en su libro ‘El crimen de abril’ (1986), diligencia que, además, fue llevada a la literatura por Juan Gabriel Vásquez en su libro ‘La forma de las ruinas’.

“Se abrió la tumba, apuntó Pérez, y se rompieron las cajas de madera y de metal. Salieron gases de embalsamiento y Gaitán apareció como dormido, con el color del bronce, crecido su cabello lacio y sin canas, cicatrizadas las heridas de las dos autopsias, flexibles los músculos del tronco y de las extremidades de los dedos, blandos los párpados que fácilmente se levantaron para mostrar los ojos intactos con la mirada de quien despierta…”.

Los médicos dijeron que el cuerpo estaba casi momificado, a lo mejor, concluyeron, por la labor de embalsamamiento a que fue sometido antes de la inhumación. ¿Tuvo algo que ver la caja metálica en ese proceso de permanencia del cuerpo del caudillo en las mejores condiciones, luego de doce años de inhumado? A lo mejor no, pero quién puede negar que asalta la tentación de decir que sí.

Como pasa con casi todo lo que sucedió el 9 de abril del 48, donde, tras 70 años de historias, hay que concluir que sobre ese, el crimen del siglo, nada está concluido a partir del hecho que, como dijo el propio mismo Galán Medellín, el caso quedó “en nada, en legajos de cuadernos descoloridos”, pese a que “hay (o hubo) indicios graves, testimonios y refrendaciones comprometedoras, personas que no fueron a la cárcel por obra y gracia de la justicia comprometida, ingenua o blanda”.

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Publicada por: COLPRENSA, BOGOTÁ
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