Domingo 18 de Febrero de 2018 - 12:01 AM

No gracias, no quiero ser guerrillero

Hace cuatro años, lo primero que vi al llegar a la universidad en mi primer día de clase fue un mural del cura Camilo, un sacerdote revolucionario que perteneció a la guerrilla y que fue muerto en combate por soldados a mediados de los años sesenta en zona rural de Colombia.

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A solo unos metros, estampado en blanco y negro sobre un edifico más allá, vi otro mural, pero esta vez con el rostro del Che Guevara, otro líder revolucionario latinoamericano. Pero en ambos casos, decenas de estudiantes miraban alelados, como idos, los rostros de los exguerrilleros. No supe si esos estudiantes que le brindaban admiración y respeto a los murales eran principiantes de la U, como yo, pero cuando seguí mi ruta buscando el salón de clases, dije un tanto sorprendido: “La madre si en el siguiente edificio también me encuentro un mural revolucionario”. No lo vi, pero me tropecé con el líder de los estudiantes, Esteban Litio, que repartía, al paso de todos nosotros, un folleto sobre las juventudes revolucionarias de la universidad.

Fue entonces cuando me dijo: “Mire pingo, lea muy bien para que nos apoye; póngase pilas porque ahora mismo vamos a las aulas a promover nuestra lucha, y necesitamos gente como usted”. Y siguió repartiendo el documento, mientras yo tomé rumbo a mi salón de clases.

Y así fue. En mi primera clase, que debía ser Introducción a la Ingeniería, lo que oí fue un sermón de varios estudiantes con ínfulas revolucionarias, que pedían la participación de todos nosotros en la marcha del miércoles por el aumento infame que autorizó el Gobierno Nacional del salario mínimo, que según ellos no alcanzaba para otra cosa distinta que empobrecer más a la clase media y trabajadora del país.

̶– Estamos en la física olla, sin poder echarle más vitamina al caldo que una papa. La carne no podemos comprarla con ese salario tan bajo. La carne, amigos estudiantes, nos la pasan frente a nuestra narices para que la olamos nada más y nos hagamos sueños mentales de que la estamos comiendo –dijo el muchacho visiblemente enojado.

– Así que manos a la obra; a marchar pasado mañana. Lleven pasamontañas. Debemos pasar inadvertidos, porque ustedes saben cómo son las autoridades; apenas nos identifican, no siguen, nos fastidian, y hasta nos amenazan.

– Ah, y se me olvidaba: aquí tengo una lista de dos estudiantes nuevos que nos pueden ayudar como nuestro representantes ante la Junta Directiva de la U, y de pronto lanzó una frase que me dejó perplejo–. Uno de ellos es Juan Bastidas –y ahí fue cuando me señaló. Me miró, mientras yo abrí los ojos, tan sorprendido, que me quedé callado.

– Juan, sabemos que usted ganó el concurso de oratoria el año pasado, organizado en el ámbito intercolegial. Eso lo valoramos, porque aquí lo que necesitamos son líderes con capacidad de convencer, y de eso usted tiene mucho –dijo.

Apenas eran las seis de la mañana del lunes, y una tenue llovizna caía sobre la universidad. La claridad del día se percibía en esa mañana fresca de febrero.

Tras la reunión con los estudiantes, nos comprometimos a ir a la marcha el miércoles, pero en lo que yo particularmente no me comprometí fue en lanzarles piedras a las autoridades. Y eso fue lo primero que los estudiantes revolucionarios hicieron, una vez vieron a la Policía parqueada frente a la Alcaldía. Los antimotines parecían ‘Robocop’, y fue una batalla campal de bolillo que va y piedra que viene. Yo me quedé escondido tras un árbol; no llevaba pasamontañas, y lo único que hice fue tomar fotografías. Al rato, algunos compañeros que sí tapaban sus rostros con camisetas empezaron a tirar ‘papas bomba’ que ellos mismo fabricaron, y sus explosiones nos hicieron correr de un lado a otro, preocupados porque eso parecía más una balacera.

Al final del día de protesta, supimos que veinte estudiantes fueron retenidos; algunos eran menores de edad. Dos policías quedaron heridos, y tres estudiantes tuvieron que ser remitidos al hospital de la ciudad.

A la mañana siguiente me llamaron a descargos los líderes de los estudiantes. Que dónde me había metido, que no ayudé en nada… Y yo tan callado como una lechuga. Al final solo les dije de manera tajante y segura: “Es que yo no vine aquí a echar piedra y hablar mierda; solo tengo dieciséis años, y vine a estudiar. No, gracias; yo no quiero ser guerrillero”. Cogí mi morral y salí del aula tan rápido como pude, y me fui directo a la rectoría a denunciar los hechos.

La verdad es que apenas llegué a la puerta de la rectoría me devolví y tomé rumbo a mi casa. Le conté lo sucedido a mi padre, quien, ya sobresaltado por la historia, me dijo alarmado: “Tú eres menor de edad; debes retirarte de esa universidad. Esos jóvenes no son estudiantes sino milicianos, y es mejor cortar el problema desde la base.

Así lo hice. Me retiré de esa universidad y me matriculé en otra más autónoma. Ahora estoy a punto de graduarme como administrador de empresas. Jamás volví a una protesta estudiantil, y solo participé de las marchas por la paz, por la que tanto clama mi país. Pertenezco al equipo de baloncesto, y solo me falta un año para terminar mi carrera. Tengo que decir que mi experiencia con mi nueva universidad ha sido valiosa; es mi segunda casa. Tengo excelentes amigos y profesores, y padres y hermanos que me aman.

Ahora mismo tengo una empresa que comercializa aves y peces ornamentales, que va por buen camino. Una vez me gradúe cursaré una maestría en negocios internacionales. Apenas tengo veinte años y unos deseos inmensos de sobresalir, aportarle positivamente a mi país y convencer al mundo, y en especial a los jóvenes de hoy, de que la revolución no se hace a punta de piedra, sino con emprendimiento, innovación y creatividad; siendo propositivos y con la energía destinada a favorecer más que a destruir.

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Publicada por: JUCENIOR
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