Jaime Llano González: | Vanguardia.com
Sábado 11 de Noviembre de 2017 - 12:01 AM

Jaime Llano González:

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Después de una larga enfermedad, no nos sorprendió la partida del gran músico antioqueño hacia la dimensión infinita.

Cuando escribo estas notas, acabo de recibir la confirmación del desenlace definitivo de una existencia amable y dedicada con fe de carbonero al cultivo de los aires tradicionales de la música colombiana.

Mi encuentro con el gran maestro data de hace relativamente pocos años, aunque desde mi más temprana adolescencia conocía ya sus realizaciones por medio de la discografía. Para esa época ya había conocido unos viejos discos de vinilo en formato de larga duración de dos maestros colombianos del mismo instrumento, antioqueños también, para más señas: Manuel J. Bernal y Francisco ‘Pacho’ Zapata. Me sorprendía la poderosa y otras veces sutil sonoridad de ese ingenio que reproducía los ecos del antiguo instrumento eclesiástico de tubos, que en mi tierra natal había en algunos templos. La versión moderna, la que conocí primero, era también de tubos, pero de vacío, y que disipaban mucho calor, varios años antes de que apareciera en el mercado el modernísimo instrumento transistorizado que bien pronto casi hizo olvidar a sus predecesores.

Todo esto para decir que Jaime Llano González, titiribiseño raizal, elegante, amable, buen conversador, apuesto, galante con las damas e inmejorable amigo, adoptó como instrumento para su comunicación con el mundo, no el tiple ni la bandola de sus ancestros, sino esta innovación tecnológica que le sirvió en un principio para su sustento en calidad de promotor y vendedor de la firma comercial J. Glottmann, que dio en importarlo para ofrecerlo a los amantes y a los intérpretes profesionales de la música. Se dedicó al oficio, dejando de lado sus inconclusos estudios juveniles de medicina.

Lo que conocí de este artefacto, de oídas, eran los sonidos consignados en los discos llamados long play, por aquel entonces, pero no precisamente las tonadas colombianas tradicionales de mi tierra sureña natal, la de las chirimías y las tamboras, la de las bandolas y los tiples, sino la música guapachosa que interpretaba ‘Pacho’ Zapata para solaz de los quinceañeros, y de los ya no tanto, que por entonces gozábamos de ella en las llamadas radiolas y a través de la radio. Lejos estaba de imaginar que bien pronto caería en mis manos uno de esos discos de larga duración, con los acordes del Intermezzo no.1 de Luis A. Calvo, interpretado por Manuel J. Bernal, el gran músico de La Ceja, y de los bambucos de José A. Morales, sin el canto, interpretados por Jaime Llano González. Desde entonces los conservo como tesoros invaluables. Con los años, a poco andar conocería a otro organista muy respetable, cuyas interpretaciones disfruté desde muy cerca y siempre embelesado, mi inolvidable maestro Gustavo Gómez Ardila.

A donde voy es a destacar que este artista, Jaime Llano González, de apariencia adusta y concentrada cuando lo veíamos en acción frente al teclado, prefirió vertir a través de esas sonoridades artificiales la música que se oía en las voces recias de los duetos bambuqueros de aquí y de allá, sin los acentos del tiple confidente y de la guitarra cómplice de amores y amoríos, y por siempre trasnochadora. Y cuando de esta música se trataba, nada aceptaba Llano González que le sugiriera apartarse tan solo en el más mínimo de los trazos originales pues, quizás a manera de prevención de futuras suspicacias y glosas (que siempre las hubo cuando se pretendía comentar sus versiones); era así cuando adoptaba el tono serio, infranqueable y solemne de un celoso guardián de las tradiciones y no aceptaba el más mínimo desliz de los intérpretes por fuera de la intención original de los autores. Por otra parte, jamás quiso posar con atavíos campesinos, no obstante su firme raigambre montañera.

Curioso esto de adoptar como medio de comunicación de su arte un ingenio moderno de la física electrónica, y al mismo tiempo asumir una férrea postura frente a la intención y a la inspiración de los originales.

Pero esta actitud férrea (se diría que inflexible y obstinada) salvó del olvido para las futuras generaciones la música de José A. Morales, de cuyas cuitas fue sigiloso confidente, la del otro Morales, Pedro, el genial vallecaucano, la de su coterráneo Vieco Ortiz, la de Efraín Orozco, Luis A. Calvo, Francisco Cristancho, Luis Uribe Bueno… en fin, y la de muchos otros, incluidos los compositores de aires tradicionales de nuestras dos ventanas al mar e incluso la de las infinitas planicies orientales. Elegantemente ataviado con impecables ternos, saludando a la audiencia casi siempre con apenas una sugerida sonrisa, se disponía en silencio ante el teclado, ajustaba los controles e inmediatamente inundaba con poderosos acordes y veloces arpegios el ámbito sonoro.

Si se trataba de sus colegas, jamás hubo alguien más fiel y generoso, pues recibía de sus manos y de sus voces esos tesoros de inspiración, unos muy sencillos, otros más audaces, pero todos cargados de identidad, para revestirlos de una discreta pero inobjetable modernidad con el sonido mismo. Y con delicadeza y respeto apuntalaba las voces de los cantantes a solo o en conjuntos tradicionales, para hacerlas brillar en todo su esplendor.

Escasa, hasta donde se sabe, fue su producción original; tal vez muy poco más, que se conozca, que su emocionada canción-tango Si te vuelvo a besar. Cabe sospechar que puede haber otros títulos suyos, que por su modestia proverbial jamás dejó conocer más allá de la intimidad.

ste es mi recuerdo emocionado y cargado de hermosas experiencias compartidas con un colombiano de gigantesca estatura moral, de infinita e inquebrantable entrega a su causa y de ese exquisito humor que con calculadas gracia y elegancia dejaba brotar una vez entraba en confianza.

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Publicada por: JOSÉ IVÁN HURTADO HIDALGO
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