Sábado 28 de Abril de 2018 - 12:01 AM

Los espejos de agua

“El espejo que soy me deshabita: un caer en mí mismo inacabable al horror del no ser me precipita. Y nada queda, sino el goce impío de la razón cayendo en la inefable y helada intimidad de su vacío” (Octavio Paz, ‘La caída’, Libertad bajo palabra).

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Nada como la poesía para describir los actuales destellos inquietantes en la pintura de paisajes del artista sangileño Javier Mantilla Pinzón. Su obra reciente incorpora los espejos de agua como principales protagonistas de su cuidado y realista trabajo. Ya no es solo el paisaje que representa los lugares de la geografía santandereana y de Colombia a la manera tradicional del siglo XVII, sean estos del romanticismo, el realismo o el impresionismo. Son algo más que la representación formal y cuidada de la naturaleza tal cual la vemos. Para el maestro Javier Mantilla estos espejos de agua se configuran como un nuevo mundo misterioso, un vehículo mental de autocontemplación, ya no a la manera de Narciso, sino como una verificación mágica en la que nos cuenta que la naturaleza se sabe amenazada por turbios sentimientos humanos. Es como si árboles, montañas y ríos supieran que allá en la lejanía de las urbes desarrolladas, pletóricas de consumo desaforado, se configura un plan latente de exterminio. Así que desde esa “helada intimidad del vacío” pareciera que la sabiduría de la naturaleza utilizara la mano diestra del artista, para que nos advierta que la naturaleza sabe de las oscuras intenciones humanas, obsesionadas con el ávido consumo, y de nuestro olvido obtuso, de la esencia de la vida.

Cada espejo de agua es una entrada a otro mundo. Aquí el paisaje reflejado continua como expresión realista y de recuento minucioso del espacio paisajístico. Cada detalle y cada forma conserva la documentación precisa, pero se va transformando por efectos de la luz y la sensibilidad del artista en una premonición en que la verdad, solo conocida por la naturaleza, se revela en forma de sentencia incuestionable, porque ese reflejo nos anuncia lo inevitable, despojando nuestras máscaras con la que pretendemos cubrir las intenciones de vivir de la naturaleza abusivamente, sin respetar su esencia vital.

Pero estos espejos de agua tienen algo más en la obra de Javier Mantilla: se configuran como un símbolo de autoluminosidad, que si bien, como advertíamos, contienen una sentencia desde el misterio de la naturaleza, reflejan también su perfección, así que podemos observar una intermediación entre el mundo visible y el invisible. El poder de un gran cristal extendido en el piso que simbólicamente no solo deja ver el presente, sino también el futuro. Así, el poder de estos espejos tan pulcramente pintados transmite un sentimiento sobrecogedor, porque no todo el mundo resiste el mensaje implícito, ya que puede uno perderse, dada su exacta representación, en un plano distinto de conciencia diferente e iniciar un peregrinaje sin ninguna certeza de ubicación espacial, ya que los reflejos se comportan como una “pareidolia” que nos confunde visualmente, aunque partamos de la certeza de que el reflejo corresponde a la realidad. Nos deja la sensación de que lo que experimentamos con nuestros ojos no es realmente el mundo que conocemos; y ello nos obliga a descifrar las formas de manera distinta y encontrarnos con asociaciones mentales que no creíamos posibles. Es entonces cuando nos damos cuenta de que estamos frente a una experiencia de autoconocimiento inesperada, y es allí donde la obra de Javier Mantilla cobra una densidad inexplicable. Es una forma de memoria de la predicción, que debemos descifrar a toda prisa, antes de que nuestra absurda mezquindad de consumo acabe con la esencia vital de las montañas.

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Publicada por: DOMINGÓ
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