Sábado 28 de Abril de 2018 - 12:01 AM

Un viaje hacia la plenitud

Pablo Montoya presenta ‘La escuela de música’, de Penguin Random House Grupo Editorial, novela que fusiona de manera sublime dos universos paralelos, la música y la literatura, condensados en la vida de Pedro Cadavid, su protagonista

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La literatura, al igual que la música, madura con el tiempo. ‘La escuela de música’, de Pablo Montoya, es una obra que recoge la experiencia y el profesionalismo de este gran escritor nacido en Barrancabermeja, Santander, en 1963, año mágico para el mundo de la poesía, debido a que en esta importante fecha fueron publicados ‘Estoraques’, de Eduardo Cote Lamus, y ‘Morada al sur’, de Aurelio Arturo.

Al indagar un poco acerca de la infancia de Montoya, de sus primeros contactos con la poesía y de ese momento cumbre para la literatura, cuando Julio Cortázar revolucionó el mundo de las letras con su enigmática y libertaria ‘Rayuela’, el escritor confiesa que “los primeros textos poéticos que leí fueron las fábulas de Esopo y de Samaniego. Luego vinieron las de Rafael Pombo. Pero entre una lectura y otra, cayó en mis manos ‘Edipo rey’, de Sófocles. Era un resumen que aparecía en una revista, pero quedé impactado no solo por la historia, sino por la carga poética de sus reflexiones. A mi madre, mi guía en esas primeras lecturas, le gustaba recitar a José Asunción Silva y a Julio Flórez. Creo que eso fueron los primeros poetas colombianos que conocí. Tenía nueve o diez años. Y ambos me gustaron mucho”.

Pablo Montoya, ganador del prestigioso Premio Rómulo Gallegos con su nueva obra, logra ubicarse en ese templo dorado de la gran novela latinoamericana. Al igual que Mario Vargas Llosa, configura con ‘La escuela de música’ esa “novela total” en que todo tiene cabida. Por su contenido y su extensión, podría generar una conexión especial con ‘La guerra del fin del mundo’, pero, en esencia, tiene mucha más cercanía con ‘La ciudad y los perros’, pues, al igual que esta joya de la literatura, todo su entramado narrativo gira en torno al mundo académico que experimenta un grupo de jóvenes, unidos por la diversidad de sus vidas. En la obra de Vargas Llosa, la violencia y el matoneo, junto a todas las instancias del poder militar, se imponen. En el caso de la novela del escritor santandereano, la música, con su arquitectura especial y con su don de seducción absoluta, se apoderan de las 466 páginas que la conforman. A su protagonista, Pedro Cadavid, al igual que El Poeta en ‘La ciudad y los perros’, “lo atraía la literatura”. El lector, bajo la voz sonora del narrador, va ingresando al mundo de Cadavid, que fluctúa entre el gusto por las letras, la musicología, la flauta, el Romanticismo, el amor y pasión que sentía por Manuela Cardona. En cada uno de los siete capítulos, número que se asocia con la perfección, las referencias al terreno musical son constantes. En la novela, posiblemente, debido a ese gran conocimiento que el escritor tiene por la narrativa de Alejo Carpentier, construye un universo musical en donde cada palabra, cada imagen, tiene origen y fundamento en la música, sus alcances, sus intérpretes y compositores (Beethoven, Mozart, Lehár, Wagner, Bruckner y Orff, entre tantos otros).

Ante este perceptible hecho –la presencia constante de la música–, era inevitable preguntarle al autor por este vital aspecto: «Antes de ‘La escuela de música’ –expresó– he escrito varios libros también dedicados a la música: el libro de cuentos ‘La sinfónica’ (1997), los libros de ensayo ‘Música de pájaros’ (2005) y ‘La música en la obra de Alejo Carpentier’ (2013), y el libro de poemas en prosa ‘Programa de mano’ (2014). En esta nueva novela, las preocupaciones literarias y musicales presentes en los pasados libros confluyen y adquieren una cierta madurez. En realidad, en ‘La escuela de música’ hay una continua intertextualidad con mis libros pasados. Y como se trata de una novela de formación, en la tradición propiamente alemana (piénsese en Thomas Mann y ‘La montaña mágica’, en Robert Musil y ‘Las tribulaciones del estudiante Törles’), en ella narro el aprendizaje de la música y la literatura de Pedro Cadavid, su personaje principal, que es, en gran medida, mi alter ego. Por ello mismo, este libro, la primera novela colombiana enteramente dedicada a este tema, está lleno de música, desde la primera hasta la última página. No en vano, el epígrafe que abre las puertas de su mundo es un verso de Paul Verlaine: “De la musique encore et toujours!” (La música todavía y siempre)».

Por otro lado, el lector encontrará que la música, además de asumir este claro protagonismo en esta novela, ofrece también el espacio para explorar esa realidad circundante en la que transcurre la historia de Cadavid. El narrador, en un momento de la obra, cita las palabras de un personaje que manifiesta de manera directa que «nuestra hegemonía está fundada en el ruido. Somos, en realidad, una plaga sonora». En otro momento, se menciona que «Cadavid, a la sazón, sospechaba ya de esta artimaña entre Dios y militares, que tanto golpeaba al mundo. Tunja era una ciudad castrense y una ciudad eclesiástica y una ciudad sumisa». El protagonista, gracias al poder incuestionable de la música, redescubre su realidad y la transforma. No es simplemente el medio para evadir la realidad, sino para cuestionarla. Muy al estilo de lo que en el arte realizó Picasso, autor de la imagen de cubierta de la novela, con su pieza ‘Los tres músicos’, en que fusionó todo un sistema cultural entre lo popular y lo clásico.

En torno al hecho de que en sus obras los artistas son los grandes protagonistas de sus historias, Pablo Montoya comenta que esto se debe «tal vez a que crea que el arte es mi mejor medio de expresar mi descontento y mi entusiasmo con la vida, mi perplejidad y mi repugnancia por el mundo. Luego también está el deseo de oxigenar una literatura, como la colombiana, tan atravesada por mafiosos, sicarios, militares de todo tipo, curas y empresarios, y una gama de mujeres calenturientas que aparecen en las páginas para simbolizar la tragedia o la resignación. Me he resguardado en el arte, y he seleccionado pintores, fotógrafos, músicos y poetas en mis libros, para darle espacio a diferentes reflexiones sobre el arte que ellos realizan, y para tratar de expresar el misterio de la belleza en medio de épocas sombrías».

Finalmente, al preguntarle sobre la literatura, la pintura y la música como formas de expresión del ser humano, Pablo Montoya expresa que «las tres son herramientas maravillosas para hablar del hombre, de los animales, de las plantas, de las rocas y de todo lo que existe en las coordenadas de esas realidades que palpitan más allá de lo físico. Porque mientras estoy escribiendo siento que habito el terreno de la dificultad permanente. Con todo, considero que la música es el arte supremo. Los goces estéticos más intensos los he tenido cuando ella me envuelve o me diluye, o me fragmenta o me prodiga eso que llamamos plenitud».

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Publicada por: JIMMY FORTUNA
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