Sábado 19 de Mayo de 2018 - 12:01 AM

La decadencia de Nerón Golden, radiografía de una sociedad enferma

La decadencia de Nerón Golden, del sello Seix Barral, es la representación de una nación enferma, y para no caer en aspectos abstractos, o más bien, en generalidades, todos los males de esta sociedad se encuentran en Nerón Golden

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descrito por su joven narrador como «un rey septuagenario y sin corona procedente de un país lejano y acompañado de sus tres hijos huérfanos de madre para tomar posesión de su palacio en el exilio».

Nueva York es el escenario de esta obra, una ciudad mezquina y salvaje con quien la contempla y la padece, una urbe cuyo único dios es el dinero. Un espacio en donde el capitalismo es el verdadero rey y sus habitantes son sus fervientes esclavos. A esta ciudad decadente, pero de buen aspecto, llega un hombre, llamado Nerón Golden, «que en realidad no era un rey, y al final de cuyo imperio hubo un enorme –y metafóricamente apocalíptico– incendio», según el narrador en quien el lector tendrá que confiar.

Dentro de los elementos que componen esta nueva ficción de Rushdie, que ha acostumbrado a sus lectores a reír y sonrojarse con su sarcasmo y espíritu crítico, la figura de René, el narrador, no podría pasar desapercibida. La novela lo presenta como un vecino de la afamada familia Golden: «A todos los que lo teníamos de vecino nos daba bastante miedo, aunque él hacía unos esfuerzos enormes y torpes por ser sociable y buen vecino, agitando su bastón frenéticamente hacia nosotros e insistiendo en los momentos más inoportunos en que fuéramos a su casa a tomar cócteles». El narrador es un artista, un cineasta en ciernes que ve la oportunidad de su vida al conocer al enigmático y todopoderoso Nerón Julio Golden y su histórica llegada a Greenwich Village, «en una limusina Daimler». Debido al gusto marcado del narrador por el arte y, en especial, por el cine, la narración está plagada de eternas e infinitas referencias a películas, directores, actores, actrices y al mundo mediático que de ellos surge. En un momento de la obra, él señala que «y en nuestras películas y cómics –en esos cómics en los que se han convertido nuestras películas–, ¿acaso no celebramos a diario, acaso no honramos la idea misma de la Identidad Secreta? Clark Kent, Bruce Wayne, Diana Prince, Bruce Banner, Raven Darkhölme, os amamos». Puede que antaño la identidad secreta fuera una noción francesa –el ladrón Fantômas y también el fantasma de la Ópera–, pero hoy en día ya ha echado unas raíces profundas en la cultura americana.

En 523 páginas, Salman Rushdie emprende una carrera frenética por mostrar la vulnerabilidad de una nación que, ante la mirada mundial, luce radiante y vigorosa, pero que en realidad padece de todos los males. Es una sociedad en cuidados intensivos, que vende una imagen saludable al mejor postor.

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Publicada por: REDACCIÓN VANGUARDIA LIBERAL
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