Sábado 26 de Mayo de 2018 - 12:01 AM

Cazadora de

Desde que nació, Rosa Castro González, futura cazadora de hormigas culonas, tuvo que enfrentar la política de cazadores y cazados de la época de La Violencia.

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El juego de roles cambiaba de acuerdo con la autoridad regional que gobernara. Si se montaba un conservador, los liberales corrían; y si se montaba un liberal, los conservadores huían. Así le tocó a Rosa, correr y dormir en el monte para salvar su vida, siendo apenas una niña. Su delito fue ser hija de campesinos que por el cáncer del bipartidismo se volvieron conservadores y enemigos a muerte de sus vecinos, campesinos liberales.

Hoy Rosa tiene 76 años. Apenas araña los ciento cincuenta centímetros. Su piel morena está resquebrajada por el sol. Sus manos recias y con callos son prueba del trabajo en el campo. Hace unos días la operaron de cataratas y “pterigio”. Sus ojos verdes cedieron ante el paso de los años, pero su memoria responde con el efecto contrario: a mayor cantidad de años, más sabiduría. Al oírla, lo compruebo: «Soy nacida en Onzaga, el 28 de noviembre de 1941, y llegué a Charalá hace 50 años. Llevo medio siglo cazando culonas».

Onzaga es netamente agricultor, pero allí Rosa padeció los primeros años de su vida. Hoy, sentada en una silla amarilla de plástico, me confía: «En esa época se mataban más por política que por la yuca y la carne. Recuerdo clarito que un día mi papá vio rebullir un árbol, y eso eran los liberales que venían por nosotros. Todos, con mi mamá y mis hermanos, nos fuimos a dormir al monte tres días». Menos mal ese tiempo de guerra ya acabó, y la cacería ahora es solo de hormigas.

La charla con Rosa transcurre en el ambiente tranquilo de la tienda familiar que tienen frente al colegio que lleva el nombre del charaleño más emblemático: José Antonio Galán. El negocio funciona en una casa ocre con blanco, hecha de tapia en el primer piso, y reforzada con ladrillo en el segundo. Allí Rosa menciona que le bastó una temporada de culonas para aprender a saborearlas y a llorar de dolor. En su primera batalla, la cadena alimenticia se volteó, y los pies de Rosa se transformaron en la presa: «A esa hormiga de cabezón rojo le gusta el trozo de carne, se descabeza para dejar la roncha e’ sangre, y yo iba descalza». Con sufrimiento, Rosa aprendió que una cazadora debe llevar armadura, por eso todos los años posteriores usó cotizas y luego botas de caucho.

Después de cinco décadas de oficio, la voz de Rosa es autoridad en el tema. Ella mira el cielo nublado y lanza su pronóstico: «Ya no tardan en salir. Cuando se viene el agua duro, el comején avisa, la naturaleza es muy sabida». Rosa se refiere a la relación directa que tiene el clima con la salida de las hormigas culonas. Las lluvias obligan a que emerja todo lo que hay bajo tierra. El comején, en búsqueda de calor, protagoniza un eclipse particular: cubre la luz eléctrica. En la sabiduría popular esto es señal inequívoca de que al día siguiente las culonas ascenderán.

Los guanes no se quedaron pegados

Comer hormigas culonas es una tradición que ya estaba antes de que Colón hiciera gala de su pésima condición de marinero y terminara en este continente, mientras buscaba las Indias. Los indígenas guanes las nombraron ‘Copricó’, que, en su lengua y según la investigación seminal de Víctor Martínez Villalba, quería decir ‘comida matrimonial’. Esta relación entre el vuelo nupcial de la reina y el alimento nupcial de los guanes permite comprender el vínculo de los indígenas con la naturaleza, pues en la época en que las hormigas salían a aparearse, los guanes se las comían para el mismo fin.

El trabajo investigativo de Martínez Villalba tuvo su continuación en la labor del historiador Horacio Rodríguez Plata, quién hurgó en los archivos de la nación para ubicar los textos de dos cronistas de Indias fundamentales: Gonzalo Jiménez de Quesada y Fray Pedro Simón. Rodríguez rastreó estos textos coloniales y consiguió pruebas que le permitieron señalar que, para los guanes, las hormigas eran un preciado obsequio de bodas. También encontró que estaban directamente asociadas a la procreación de hijos sanos y fuertes. Ese es el fundamento histórico de la sustancia afrodisiaca de la que tanto les hablan por estos días los vendedores de culonas a sus clientes.

Ante esta revelación histórica, me siento en la obligación de desmitificar la creencia que le impidió a Rosa cazar en Semana Santa: las hormigas culonas indican la época de apareamiento en Santander, en Semana Santa salen las hormigas culonas; entonces, Semana Santa es la época de apareamiento en Santander. El mandato de las culonas desmiente el mito religioso que reza: toda pareja que tenga relaciones sexuales en los días santos se queda pegada por castigo divino. Los guanes jamás se quedaron pegados y concibieron descendientes colmados de fortaleza física.

Rodríguez Plata también encontró en esos mismos documentos, escritos entre 1555 y 1627, que la hormiga culona era un alimento asociado a la salud y a la longevidad, pues quienes la comían no enfermaban y sus vidas se prolongaban. Pero si el relato histórico aporta veracidad sobre los beneficios de las hormigas, la tradición oral no se queda atrás. El citado escritor costumbrista, Víctor Martínez Villalba, recogió y transcribió unas coplas del folclor santandereano que, palabras más, palabras menos, afirman que las hormigas también les ayudan a las mujeres a tener cuerpazos:

Cuando llegue la cuaresma,

hagan buena provisión

de las sabrosas hormigas,

que hacen su mejor salida

el jueves de la Ascensión.

Guárdenlas bien guardaditas

en cajitas de cartón,

pa’ comerlas todo el año

con gusto y satisfacción.

Y verán el resultado

si aprenden bien la lección:

que tendrán lindo su cuerpo

y alegre su corazón.

Delgaditas de cintura

y de busto lo mejor,

y que armonice sabroso

con la parte posterior.

Con estos datos en mente, le pregunto a Rosa si ha oído alguna de esas bondades de las culonas. Ella, con franqueza, contesta: «De eso yo no he oído, pero si lo dicen esos señores debe de ser cierto. Lo que yo sí sé es que las culonas sirven mucho pa’ la cabeza. Al que estudia le ayudan a la inteligencia». Rosa finalizó la charla agregándole este beneficio a las culonas. Ahora es su turno, si tiene la posibilidad de probar las hormigas culonas, hágalo, usted verá si las usa para estudiar, pensar en la longevidad, por salud o para procrear.

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Publicada por: FAROUK CABALLERO
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