Sábado 23 de Junio de 2018 - 12:01 AM

La dictadura hecha caricatura

En “El gran dictador”, dirigida y escrita por Charles Chaplin, se impone un régimen autoritario que ante el mundo es hermético, pero que, en sus fibras internas, es una caricatura de pies a cabeza.

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Con el sello particular de Chaplin, los espectadores encontrarán en “El gran dictador” una de las propuestas estéticas más configuradas y elaboradas, en donde su ingenio y creatividad no tienen límites. La irreverencia de Chaplin es descomunal: el remedo de aquel famoso dictador es un caricaturesco personaje, torpe, ingenuo, egocéntrico y amante del elogio injustificado. Un soberano que encaja a la perfección con aquel célebre ser del relato “El cuento de la isla desconocida”, de José Saramago, en donde se narra que «Ocupado como siempre estaba con los obsequios, el rey demoraba la respuesta, y ya no era pequeña señal de atención al bienestar y felicidad del pueblo cuando pedía un informe fundamentado por escrito al primer secretario que, excusado será decirlo, pasaba el encargo al segundo secretario, este al tercero, sucesivamente, hasta llegar otra vez a la mujer de la limpieza, que opinaba sí o no de acuerdo con el humor con que se hubiera levantado». Esta imitación de líder es similar a la que los cinéfilos podrán hallar en este filme: un ser déspota que tiene como único juez a su reluciente espejo de grandes proporciones.

Este filme sonoro de 1940 presenta una “humanidad tratada a patadas” que padece, de manera directa, los estragos de una guerra sin sentido. En ese caos generalizado, el absurdo es aún más visible y permite que un barbero judío logre entablar una amistad con un poderoso miembro de la dictadura dominante. Curiosamente, Chaplin representa dos personajes totalmente opuestos, las dos caras de una misma moneda: la humanidad. Por un lado, es el temido y omnipotente dictador que incluso tiene que sortear las dificultades económicas de su gobierno que dilapida sus recursos en situaciones que solamente apuntan a enriquecer el ego de su máximo líder. Por el otro, Chaplin recurre a su famoso personaje, Charlot, con el fin de representar esa fuerza obrera que vive en una condición marginal y que sin recursos ni armas enfrenta sin miedo a sus verdugos. En las dos interpretaciones de este astro del cine, Chaplin analiza las formas de vida de estos dos aspectos encontrados que se observan sin piedad: el victimario y su víctima.

Como ya es característico en la filmografía de Chaplin, los personajes femeninos asumen el liderazgo. Son seres que crecen ante la pantalla grande y que se convierten en esa resistencia ante la impotencia, las arbitrariedades y atropellos que el régimen impone. El barbero judío, habitante del gueto, ve con admiración cómo una humilde mujer enfrenta el poder dictatorial sin importar las consecuencias, pues cada minuto que transcurre se convierte en una oportunidad más para combatir el gobierno absoluto de Hynkel y sus hijos de la Doble Cruz.

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Publicada por: JIMMY FORTUNA
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