Jueves 26 de Abril de 2018 - 12:01 AM

La grandeza

De manera desafortunada nos hemos acostumbrado a ostentar, olvidando que la sencillez es nuestro mejor perfil.

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No hay que sentir miedo por no tener millones de pesos en el banco, ni mucho menos lamentarnos por el humilde origen de nuestros apellidos.

A lo que sí deberíamos tenerle pavor es a no darnos cuenta de que somos valiosos y de que siempre podremos salir adelante.

La grandeza no radica ni en los títulos nobiliarios, ni en la belleza física o el cargo que desempeñemos en determinada empresa.

Soy de los que admira a la gente sencilla, íntegra y justa.

¡Ahí sí hay grandeza!

Alguien sencillo respeta a los demás y jamás se siente superior en ningún aspecto, por más brillante que sea.

Tampoco menosprecia ni se deja llevar por ese afán que nos asalta a muchos, con tal de destacar o presumir muchas veces una vida que no tenemos.

¿Por qué nos la pasamos ostentando cosas?

Es importante desapegarnos de esas falsas necesidades que nos inventamos.

Es algo como vivir más, invirtiendo menos en las apariencias. Hablo de hallar paz interior, pues esa calma nos permite impregnar nuestra vida de serenidad.

Actuar de una manera sobria y simplificar la vida nos arroja buenos resultados. Además, eso nos hace ver naturales y espontáneos. Es por eso que quienes realmente son humildes rechazan el protocolo y prefieren el gesto amable.

Nos corresponde vaciar nuestras maletas, entre otras cosas, para que el viaje de la vida no nos resulte una carga y podamos disfrutar del recorrido.

La sencillez también implica tener carácter, voluntad, conocimiento y tesón para ir detrás de nuestros sueños.

Todos necesitamos mantener las manos abiertas, llenas de ideales y de esas luces que iluminen nuestros nobles propósitos.

¡Claro! Nada lograremos si no les tenemos fe a nuestros proyectos. Solo así podremos navegar, sea con marea alta o baja.

Si bien debemos usar la ayuda de Dios para recibir su ‘Visto Bueno’ y, por ende, conquistar las metas; todo lo lograremos trabajando. Porque son nuestras manos las que ‘timonean’ la barca de la felicidad.

Es decir, podemos poner todo en las manos de Dios, pero no seamos pusilánimes.

Nuestras ambiciones, nuestros amores, nuestros trabajos y nuestras esperanzas pasan por el corazón de Dios; pero nada late si nosotros no ‘le bombeamos’ las suficientes ganas.

Dios solo se encarga de que tales esfuerzos traigan frutos, así ellos no sean como los hemos planeado de manera inicial.

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Publicada por: EUCLIDES KILÔ ARDILA
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