Domingo 24 de Junio de 2018 - 12:01 AM

Sentir el

Muchos desean comunicarse con Dios, pero no son capaces de hacerlo. Eso les pasa porque creen que orar es solo “pedir y no actuar”. Además, elevan plegarias al cielo sin la fe necesaria.

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Usted, yo y en general todos, de una u otra forma, atravesamos por momentos difíciles durante ciertas etapas de nuestra existencia.

Algunos tienen dificultades con el dinero, unos cuantos más están sin empleo, otros padecen quebrantos de salud y no faltan los que no encuentran los rumbos de sus vidas, en fin... Si bien todas estas situaciones nos atosigan, nada sacamos con desesperarnos.

Existen muchas personas que, en medio de las dificultades en las que están sumergidas, están bloqueadas y se atreven a decir de manera errada que ‘Dios no las escucha’.

Es importante recuperar la fe y, sobre todo, tener presente que el Altísimo jamás nos da la espalda. Sus oídos están atentos a nuestras voces.

Ruego el favor de no leer esta recomendación desde una perspectiva religiosa, aunque le confieso que yo profeso la mía en particular.

Lo digo porque, por encima del concepto que podamos tener o del nombre que decidamos darle, al Señor se llega por la vía de la fe.

¡Es así de literal! El Dios de cada uno siempre toca las puertas del corazón y se preocupa genuinamente por quienes le siguen.

Lo que sucede es que, en medio del abatimiento, ni siquiera nos damos cuenta de que el Creador quiere que tengamos una relación personal con Él para darnos luces y ayudarnos a resolver las cosas que nos atormentan y para que experimentemos su bendición.

La oración es una de la modalidades con las que nos relacionamos con Dios.

Más allá de quienes seamos o de lo que hayamos hecho, cada plegaria tiene el debido eco espiritual. Es decir, podemos cambiar nuestra vida ahora mismo si incluimos la oración en nuestra agenda.

Hay que advertir, eso sí, que orar es algo más que pedir lo que necesitemos a Dios. Debemos tener presente la regla de oro: hay que orar y actuar al mismo tiempo.

Estaríamos equivocados si nos quedáramos con los brazos cruzados esperando a que todo nos baje del cielo.

En ejercicio de nuestro libre albedrío podemos decidir actuar para conseguir nuestras metas.

Dios no nos obliga, nos advierte; y no nos da todo en la oscuridad, nos permitir vislumbrar el camino. Dicho de otra forma, con su Bendición se nos abren las posibilidades, pero cada uno resuelve lo que quiere hacer y en cada caso asume las consecuencias.

Por eso, debemos aceptar que los problemas son nuestros y que con un rayo de sabiduría podremos saber qué hacer para superarlos y, de esta forma, asumir el control de nuestra propia vida.

Lo más importante para Él es la actitud de nuestro corazón. De nuestra fe y de la honestidad con la que actuemos dependerán los resultados que alcancemos.

Tenemos que pedirle a Dios que nos dé el Espíritu Santo y que nos cambie y moldee para ser personas de bien y mejores seres humanos.

Destinémosle el tiempo personal a Dios para elevarle una plegaria, tal vez para leer los apuntes de la Biblia o incluso para entablar una conversación con Él antes de acostarnos o a la hora de despertarnos.

Si llegó a esta parte del texto, quiero invitarlo a leer con devoción la siguiente oración:

Señor: Perdone mis errores. Deme valor para entender lo que me sucede, tanto lo ‘malo’ como lo ‘bueno’. Le pido su Bendición y Sabiduría para controlar mi vida y para que jamás me extravíe. Amén.

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Publicada por: EUCLIDES KILÔ ARDILA
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