Miércoles 11 de Abril de 2018 - 05:00 AM

La nueva oportunidad de vida para Enrique Cruz, un paciente con párkinson

Enrique Cruz Vásquez es un paciente con párkinson que se sometió a la Estimulación Cerebral Profunda para reducir el temblor y la rigidez que lo afectaban. Vanguardia.com habló con él para conocer su historia y demostrar que la vida no acaba con esta enfermedad.

Comparta este artículo ›

Hace pero muchos, muchos años,

Una linda jovencita conocí.

Con el transcurrir del tiempo,

hoy sigue queriéndome igualmente como ayer la vi.

Muchas gracias, señora, por brindarme hoy calor de hogar,

muchas gracias, señora, por llenar mi vida de felicidad.

Solo a mi Dios le pido

que me ayude a conservar

este amor tan tierno y puro,

que un día me dio al andar.


De la voz de Enrique Cruz Vásquez salen estos versos vallenatos compuestos por él para su esposa. Su canto no es prodigioso, se cataloga más como un compositor aficionado, pero sus ojos entrecerrados, concentración y delicadeza con que expresa cada sílaba hacen irrelevante si tiene o no afinación.

Con gran placidez expresa su amor por el Vallenato y trae a su memoria las épocas en que compuso algunas canciones para el grupo Los Chiches y para sí mismo. “Con un amigo empezamos un grupo y grabamos algunas canciones, pero no fue nada serio. Lo hacíamos más por entretenernos, que por buscar una carrera profesional”.

Está notoriamente emocionado por los acontecimientos recientes en su vida: la operación a la que fue sometido para tratar su párkinson resultó todo un éxito, y producto de ello fue seleccionado para dar su testimonio ante cientos de personas en Bucaramanga, en el Día Mundial del Párkinson este 11 de abril.

Pero esta intervención especial estará acompañada de un espacio para demostrar sus dotes musicales junto al maestro Egidio Cuadrado, acordeonero de Carlos Vives. Cantará, entre otras, la composición a su esposa. El objetivo del evento será demostrar que la vida no se acaba con la enfermedad de párkinson; por el contrario, es un motivo más para seguir viviendo.

Esta enfermedad neurodegenerativa es la segunda de su clase -después del Alzhéimer- con mayor prevalencia en el mundo, según la Organización Mundial de la Salud. En Colombia, la Asociación Colombiana de Neurología calcula que afecta a más de 220 mil personas, con una incidencia dominante en personas mayores de 65 años.

Su historia

Enrique Cruz Vásquez es un hombre de aspecto jovial, tez morena y pecas en el área de su frente y pómulos; con cabello negro –las canas son mínimas, a pesar de su edad–, corto al estilo militar. Cubre su cabeza con una gorra azul, la cual lleva escrita en su parte delantera, con la tipografía original, la palabra Anthrax: nombre de una banda de ‘Heavy Metal’, un género musical que se sitúa en las antípodas del Vallenato. Esto le da una apariencia cómica a Enrique, quien, quizás, no tiene idea de lo que significan esas palabras.

Los movimientos involuntarios, breves pero notorios, que realiza con su mano izquierda y pie derecho evidencian que el párkinson llegó a su vida para no irse nunca más. Sin embargo, el mismo Enrique valora que estos movimientos son mínimos en comparación a los que lo agobiaban antes de realizarse la intervención quirúrgica donde le implantaron un neuroestimulador que envía señales eléctricas a su cerebro y reduce las alteraciones de su sistema motor.

Hoy siento una mejoría entre el 85% y 90% en la enfermedad. Los cambios son notorios y mi vida ahora es mucho más tranquila”, explica.

Enrique nació hace 69 años en Yondó, Antioquia, pero desde muy joven recorrió los demás municipios del Magdalena Medio y la Costa Atlántica en busca de mejores oportunidades. Se crió en Barrancabermeja y aprendió de su padre el oficio de la soldadura. A los 14 años viajó al municipio de El Banco, Magdalena, para trabajar junto a un amigo vendiendo energía a los pobladores a través de una planta eléctrica.

“Yo era inquieto. Un amigo me dijo que si era capaz de prender una planta eléctrica y trabajarla. Le dije que sí. Después se me ocurrió organizar corralejas en los pueblos, y con eso me mantenía”, expresa Enrique entre sonrisas.

Esa inquietud lo llevó a conocer, en esa época, a quien cataloga como su amor más grande y hasta hoy esposa: Noelia Gutiérrez Mora. Junto a ella, y a escondidas de sus padres, se mudaron a Aguachica, Cesar. Desde entonces hicieron de este municipio su hogar permanente y allí tuvieron y criaron a sus tres hijos.

No obstante, su esposa no fue la única con quien extendió su descendencia. Junto a tres mujeres más tuvo 11 hijos, para un total de 14. Enrique prefiere no hablar mucho de esto, y cierra el tema afirmando que todos sus hijos son igual de importantes para él y que, incluso, ha organizado reuniones donde todos acuden entorno al cariño que le tienen.

Lea también: Conmemorarán en Bucaramanga el Día Mundial del Párkinson

La llegada de la enfermedad de Párkinson

Enrique Cruz no recuerda con certeza la fecha exacta del primer síntoma del párkinson, pero sí afirma que todo habría empezado tras un accidente de tránsito en el que salió gravemente herido.

Ocurrió en Aguachica, el 3 de enero de 2011, cuando él le pidió a un amigo que lo llevara en moto hasta una empresa de encomiendas para enviar unos documentos hacia Cali. En el camino, una señora que viajaba en su vehículo evadió un alto y se estrelló de frente contra la moto. Enrique salió expulsado por encima del auto y cayó al asfalto. Sufrió fractura de clavícula y contusiones en la cabeza, pues no llevaba casco, por lo que fueron necesarios 47 puntos de sutura para cerrar la herida.

A pesar de que los médicos le reiteran que las causas de su párkinson no se deben a dicho accidente, él cree que de alguna manera pudo acelerar la aparición de la enfermedad. “Más o menos 10 meses después de ese suceso empecé a sentir que mi mano izquierda temblaba. Yo no me di cuenta al principio, pero la gente con la que hablaba sí lo notó y me lo señaló”.

Lea también: Avances en tratamientos al párkinson dependen de las mejoras tecnológicas

Con el pasar de las semanas, la enfermedad se hizo más notoria en el cuerpo de Enrique. La rigidez de su cuerpo ya no le permitía caminar, subirse a un auto o motocicleta; los temblores descontrolados hicieron que sus visitas al baño, incluida la ducha, para realizar sus necesidades fisiológicas fueran toda una odisea; comer por su cuenta era imposible. Las paredes de su casa se convirtieron entonces en su refugio permanente, del cual no quería salir por temor a ser el centro de atención de las miradas de extraños y hasta de sus propios amigos.

“Las personas acá siempre me han conocido como un hombre alegre, recochero, pero la enfermedad me quitó todo eso y preferí alejarme de mis amigos porque me sentía inútil”, comenta.

Tras dos años de las primeras manifestaciones del párkinson, y del posterior diagnóstico oficial de la enfermedad, la calidad de vida de Enrique había empeorado al punto de no poder levantarse de su cama ni realizar prácticamente ninguna actividad que implicara manipular objetos. El tratamiento médico que le habían asignado no tenía ya ningún efecto.

El procedimiento

A través del neurólogo Armando Castellanos Prada, que llevaba los controles periódicos de su enfermedad, Enrique conoció al neurocirujano William Contreras López, quien le ofreció una alternativa quirúrgica a su enfermedad, pues ya ningún tratamiento farmacológico servía para minimizar los efectos neurodegenerativos.

Se trata de la Estimulación Cerebral Profunda, un procedimiento que consiste en implantar en el paciente un dispositivo similar a un marcapasos.  En palabras de Contreras, “lo que se busca con este aparato es la estimulación de circuitos cerebrales que mejoran los síntomas como la rigidez, lentitud de movimientos y temblores en este tipo de pacientes”.

El sistema completo funciona mediante la colocación de un aparato neuroestimulador bajo la piel del pecho o abdomen del paciente, y se conecta con dos electrodos que llegan a los hemisferios del cerebro. Allí, estos electrodos se implantan en el núcleo subtalámico, asociado a las funciones motoras de las personas, y se lanzan impulsos eléctricos controlados que bloquean las señales nerviosas anormales que causan el temblor y los síntomas de la enfermedad de Párkinson.

Enrique tuvo dudas al principio sobre la conveniencia de esta operación: “algunos conocidos me dijeron que me iba a volver loco, que si el papa Juan Pablo II o el boxeador Muhammad Ali no pudieron curarse del párkinson, mucho menos yo. Pero mi familia me apoyó e impulsó a hacerlo”.

Una vez tomada la decisión, decenas de exámenes y papeleos siguieron antes de realizar la operación. Finalmente el neurocirujano William Contreras estipuló el 5 de diciembre como la fecha en que Enrique recibiría la estimulación cerebral profunda.

La fecha llegó y todo estaba dispuesto para intervenir a Enrique, quien se encontraba en bata, en una habitación de la clínica Foscal Internacional, esperando el llamado al quirófano. Contreras entró para darle las indicaciones finales y por rutina le preguntó qué tipo de medicamentos había ingerido en los últimos días. Enrique le contestó que hace dos días se había tomado una Aspirina. De inmediato, Contreras aplazó la operación y le explicó a Enrique que no podía intervenirlo porque está prohibido ingerir Aspirinas al menos una semana antes de este tipo de procedimientos, pues aumenta los riesgos de una hemorragia durante la intervención.

Resultados exitosos

Desde el incidente de la Aspirina, dos meses tuvieron que pasar para que Enrique finalmente fuera operado. El 5 de febrero, durante alrededor de ocho horas, el neurocirujano Contreras, en compañía de un grupo de profesionales de la neurología, anestesiología y enfermería implantaron en el cuerpo de Enrique el dispositivo que habría de girar el curso de su historia y le devolvería la tranquilidad y felicidad que lo caracterizaban.

Fue un procedimiento extenso, en el cual se mantuvo despierto al paciente durante casi la totalidad de la operación, con el objetivo de corroborar que todas sus capacidades motoras permanecieran intactas y que los impulsos eléctricos del dispositivo que estaban implantando surtieran el efecto deseado.

Para Enrique, la operación trascurrió sin mayores in convenientes, tan solo sintió “una cosquillita por aquí, una cosquillita por allá” en su cerebro. Pero en un momento determinado tuvo un fuerte dolor en su cabeza y le pidió al médico William Contreras que abortara el procedimiento porque no soportaba más. Contreras lo tranquilizó y le pidió que aguantara solo un poco más.

Una vez terminada la operación, el paciente fue trasladado a una habitación para encontrarse allí con los especialistas que analizaron los resultados, monitorearon los movimientos y calibrar mediante un computador la intensidad de los impulsos eléctricos lanzados a su cerebro por el dispositivo recién implantado.

Ya pasaron dos meses desde la operación de estimulación cerebral profunda y los resultados son evidentes en el cuerpo de Enrique. Se muestra vigoroso y dispuesto a ir de cualquier lugar a otro con sus pasos rápidos como de un bebé que recién aprende a caminar. Procura no estar sentado durante mucho tiempo para evitar que la artrosis de sus rodillas se intensifiquen.

Enrique expresa que un nuevo aire de juventud llegó desde la operación. Ahora dedica más tiempo para disfrutar en familia y el deporte se convirtió en una prioridad: junto a su hijo Juan David salen a recorrer la ciudad en bicicleta casi todos los días.

Quiere recuperar el tiempo perdido y por eso se impacienta al permanecer mucho tiempo lejos de su amada esposa, a quien agradece por medio de versos el calor de hogar que le ha brindado durante tantos años y a pesar de todas las dificultades.

Publicidad
Publicada por: Daniel Ávila León
Vanguardia Liberal no se hace responsable por las opiniones emitidas en este espacio. Los comentarios que aquí se publican son responsabilidad del usuario que los ha escrito. Vanguardia Liberal se reserva el derecho de eliminar aquellos que utilicen un lenguaje soez, que ataquen a otras personas o sean publicidad de cualquier tipo.