2008-10-26 05:00:00

Nueve vidas en 35 metros cuadrados

El único espacio realmente grande en la casa de Odilia Barajas y Jesús Mantilla, es el patio, donde pueden caber, bien hechas, dos habitaciones.

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Nueve vidas en 35 metros cuadrados

Pero como esta pareja de damnificados de la ola invernal que azotó a Santander en 2005 no tiene la posibilidad de costear estas mejoras, por ahora, el patio cumple obligatoriamente su función: es el gran tendedero de ropa de esta familia que agrupa, en la misma casa, a nueve personas.

También es el espacio de las plantas de Odilia, porque eso si, puede que ella no tenga muchas cosas, pero sus “matas no pueden faltar”. Por eso, al fondo, tímidas, crecen una mata de sábila, una ‘lengua de suegra’, unos ‘novios’, un tomate y algo de hierbabuena.

A simple vista, la casa # 4 de la manzana L del proyecto de vivienda de interés social Villas de San Ignacio no es una casa grande; al contrario, es tan pequeña, que si se divide su área en el número de habitantes, a cada uno le corresponderían un poco menos de cuatro metros cuadrados. Es más, si ellos respetaran la distribución original de la construcción, tendrían que acomodarse en la única habitación que se ubica en el segundo piso de la casa.

Pero el ingenio y la necesidad de esta familia han hecho que desistan de tener una sala y un comedor para ubicar una segunda cama y cuatro colchonetas. Y no les preocupa que sea precisamente una cama el mueble que está en toda la entrada de la casa, porque en últimas, en la entrada también hay un televisor, una nevera, el mesón de la cocina, la estufa, un espejo para peinarse, un reloj de pared, la loza, implementos de aseo y unas fotos enmarcadas. Todo junto, apretado y justo al lado del espacio más amplio de la casa; ese que tristemente no pueden ocupar.

Así viven Odilia, Jesús, su hija Liliana con su esposo Charles y sus dos hijos de 5 y 3 años, así como los otros tres hijos de Odilia, Jesús Andrés de 9 años, Fabián Alexis de 8 y la pequeña Nicole, de 3.

En las noches, cuando todos se reúnen, parece una celebración, porque Jesús, que está viendo televisión, se sienta en medio del espacio que ocupa la cocina y Liliana, que prepara la comida, está al lado de Jesús, mientras los niños se reparten entre la cama y las escaleras. Ellos también están al lado de Jesús y Liliana. Odilia tiene dos opciones: O se para en la entrada de la casa, o junto a la puerta que separa la cocina del patio. Igualmente, ella está junto a Jesús, Liliana y todos los niños.

Casa es casa

Villas de San Ignacio es una urbanización que todavía huele a nuevo. Tanto, que sus pisos son de cemento y sus paredes de ladrillo. No hay pintura. De las 1.898 viviendas que se tienen proyectadas construir, hasta el momento se han entregado 332.

Y una de ellas, por suerte, le correspondió a la familia Mantilla Barajas, que la ocupa desde abril de 2007. Ellos lo dicen: “por suerte”, porque después de ver caer su casa (propia) en el barrio Campo Hermoso, herencia de la mamá de Jesús que incluía un lote de “7 de frente por 22 de fondo”, las cosas no han sido nada fáciles.

“Ahí había construido una habitación para que Liliana viviera con su familia. Para que viviéramos todos. Pero ese terreno era un poquito quebrado y lo único que atajaba la construcción eran unos bambúes”, cuenta Jesús. Por eso, la ola invernal de 2005 les pasó una lacónica cuenta de cobro dejándolos sin nada en la madrugada de un día muy triste.

Sin embargo, ese recuerdo parece lejano. Hace rato se opacó con la angustia por empezar de nuevo. Como sea.

Hasta hoy, sobre Odilia, que trabaja como empleada doméstica de 7 de la mañana a 7 de la noche, recae toda la responsabilidad, porque Jesús, que está a punto de terminar de cumplir una condena en la cárcel Berlín del Socorro, está maniatado económicamente.

Cada mes tiene un permiso de 72 horas y por ahora, el espacio que no ocupa durante los casi 30 días de ausencia, es un espacio más para sus hijos. Él lo sabe y por eso le preocupa que el hacinamiento se complique con su salida.

Se cruza de brazos. Está sentado en una silla Rimax y mira a su alrededor en medio de la algarabía de Nicole. Dice que apenas conoció la casa, lo que más le gustó fue el terreno. “Claro, es plano y hay menos peligro para los niños. Yo pensé que había ganado porque aunque tenía una sola piecita se podía construir con el tiempo, pero no se ha podido y realmente lo necesito para que se me acomoden los hijos. Ellos duermen muy mal. La cama se mezcla con los olores a comida y con la basura”, dice.

Liliana agrega que ella intenta que todo esté en orden y limpio pero es difícil cuando llueve, porque “el sifón del patio no es capaz de absorber toda el agua y entonces vivimos encharcados”.

El trabajo de Liliana

Odilia es la persona que menos tiempo pasa en la casa, pero Liliana es realmente quien sabe muy bien lo que es vivir en una ‘caja de fósforos’. Pasa día y noche cuidando a todos los niños (tres hermanos y dos hijos), porque ninguno está en el colegio. Jesús explica que consiguieron lo de la matrícula pero no para el trasporte. “Este año no hubo contrato con la Alcaldía para el trasporte de los niños”.

Liliana vuelve al tema de la casa. “No hay sala y arriba quedamos muy acosados porque tenemos que acomodarnos con mis dos hijos, mi esposo, y a veces, con dos de mis hermanos”, explica.

Liliana, que tiene 21 años, es la reina del segundo piso, donde hay una cama doble, una cuna y un par de colchonetas. Al frente de la cama hay un mueble de madera con un televisor y en las paredes, atravesados, dos grandes tubos que sostienen la ropa de las nueve personas que viven en la casa. No hay otro espacio dónde ponerla.

Justo al comienzo de la escalera, Liliana convirtió una caja en el armario para guardar los zapatos.

Hay que pasar de lado para bajar las escaleras.

“En la cama de abajo, cuando no está Jesús, duermen tres, y arriba serían seis. Uno de los niños duerme en una cuna”, aclara Odilia, haciendo cuentas con los dedos de sus manos, mientras muestra el baño, ubicado también en el segundo piso. “Este sí es espacioso”, dice.

Su hija, que hizo hasta quinto de primaria por pura rebeldía, lava, cocina, hace aseo y es niñera, hermana y mamá a la vez. “A los niños los dejo salir un rato o juegan en el patio, y eso es todos los días. Vivimos todos acosados, pero qué más se hace”.

Odilia es sincera. “Cuando fue la primera reunión nos dijeron cómo iba a ser la casa. Vimos el plano. Yo solo pensaba, Señor, lo que Dios quiera. Siempre supimos que tenía una sola habitación y un baño”.

Jesús, zapatero de profesión, confía en que se haga efectivo el subsidio  de $4 millones que ofreció el Inurbe para poder hacer las mejoras de su casa. Y sueña. Se para en el centro del patio y empieza a dibujar con el dedo.

Sobre las 10 de las noche, los niños aún se pasean por el primer piso. Nicole está cansada y Odilia la carga. Está parada en la puerta principal de la casa donde el espacio parece infinito. Tiene sembrada yuca, limón, papaya. El frente de su casa es su jardín soñado.

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Publicada por: ereyes@vanguardia.comELIZABETH REYES LE PALISCOT