2008-11-09 05:00:00

Una noche en la LĂ­nea de Emergencias

En los dos salones donde funciona el Sistema Integrado de Seguridad Ciudadana, SIS, que comĂşnmente se conoce como la LĂ­nea de Emergencias 123, flota denso el ruido de un taxĂ­metro amplificado. Es como si fuera uno multiplicado por diez. Y no para, nunca para.

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Una noche en la LĂ­nea de Emergencias

Pero ese susurro quisquilloso, interminable, puede tener varios tonos segĂşn el dĂ­a y la gravedad de las emergencias. Si es fin de mes, el ambiente se agudiza. O por ejemplo, si hay un muerto y resulta ser un policĂ­a, asĂ­ sea a media noche, el asunto obliga a despertar al General Pineda, el comandante. Nunca se sabe.

Es viernes. Algo más de las 10 de la noche. Y a juzgar por las cámaras de la Policía, Bucaramanga se acostó temprano. No hay mucho qué mirar en el salón de la vieja casona del Comando de la Policía Metropolitana, en pleno centro de la ciudad, donde enfiladas están las pantallas que multiplican lo que sucede desde el CAI de La Virgen, vía a la Costa Atlántica, hasta la Puerta del Sol, rumbo al sur.

Los agentes de turno miran y vuelven a mirar las pantallas en una operación mecánica. Los ojos se irritan. Aparecen las travestis de siempre, algún habitante de calle arrastrando los pies, los vigilantes meciéndose en sus butacas, carros apretujados afuera de los bares –más bien pocos-, el borracho de tienda, jóvenes metaleros sentados en plena calle cerca a la Universidad Industrial de Santander. Sí, lo de siempre.

Desde la sala, uno de los operadores hace zoom sobre la placa de un automĂłvil en el sector de Cabecera del Llano; confirma la informaciĂłn en el sistema y continĂşa. Nada.

A esa hora, cuando la ciudad no hace mucho que comenzó su noche de fiesta, la única novedad ha sido una falsa alarma sobre una bomba en la cárcel de mujeres de Chimitá.

La llamada la recibió José Moreno, un auxiliar bachiller que lleva ocho meses de servicio y cinco en el SIS. “La hicieron desde un fijo, fue una de las internas”, dice. Él le informó al subintendente Wilson Galeano, jefe de turno y de inmediato enrutaron la llamada al agente profesional encargado de Girón.
“Era una bolsa de basura”, aclara el agente Anastasio Espinosa, encargado de ponerse al frente de las emergencias, informarles a los mandos, mandar unidades, cerrar establecimientos, requisar, requisar, requisar. “Soy el jefe cansón”, dice.

“Sí, una bolsa de basura y movilicé al comandante de la Policía de Girón, vigilancia, al grupo antiexplosivos, la Sijin, la Sipol. Haciendo cuentas fueron unas 25 personas”. Y nada. Falsa alarma.

Las siguientes llamadas no inmutan a los operadores.

Moreno contesta: “Policía Metropolitana de Bucaramanga. Buenas noches”. Y sonríe. Es una ‘gusana’, dice a media lengua, que es como llaman a las mujeres que les gusta coquetear por teléfono. Y no son pocas.
Activa el altavoz.
- …mi pollito divino, si Moreno…”
- Estoy ocupado.
El auxiliar termina rápidamente la llamada y la registra como “caso negativo”.
La siguiente.
- Tengo un CD para la venta.
- ÂżCĂłmo?
El hombre en la línea repite la frase y le agrega un madrazo. Moreno pide respeto y cuelga. ‘Caso negativo’.
Y otra más.
- ¿Si? El teléfono de El Centro.
- ¿Cuál Centro?
- Pues en Barrancabermeja.
Moreno tiene la paciencia blindada. Clasifica en el computador llamada tras llamada. Hurto, disparos, niños molestando, persona sospechosa, actos traviesos en la vía pública, vagancia, animal peligroso, no culta, violencia intrafamiliar, demencia, persona tendida en la vía, porte ilegal de armas, persona pidiendo auxilio, alteración de la tranquilidad pública. Caso negativo. Caso negativo. La lista es enorme.
Él está justo al frente de la sala de las cámaras, junto a un grupo de 12 auxiliares bachilleres, que atienden el mismo número de canales habilitados para la Línea 123.
Le digo que hace poco un niño damnificado del invierno en la vía a Cúcuta, llamó al 123 pidiendo ayuda, ayuda real y le contestaron que “no molestara”. Y explica que los auxiliares ya están prevenidos porque son muchos los niños que llaman como si se tratara del juego más divertido. Este viernes, por ejemplo, se registraron 1.773 llamadas de niños molestando.  

***

En toda la entrada al SIS, el agente Espinosa de tanto en tanto repite, sentado frente a una pantalla que registra las comunicaciones con los policías que están en la calle, las prioridades de la noche: “Pendiente de La Juventud (barrio), de la vía a la Costa, requisar, requisar, requisar”.

“Cuando yo hablo me escucha todo el área metropolitana. Yo manejo el canal general, como quien dice, me escuchan en Lebrija, en la Mesa de los Santos”.

Espinosa lleva 15 años haciendo este trabajo. Para él, el día más difícil de toda la semana es el viernes. “Cuando es quincena es mucho más complicado, y cuando hay cierre de bancos, aún más. Esos son los días de billete, la gente sale a rumbear y ahí es cuando empiezan los problemas. Hoy empieza la ley seca a las tres de la mañana (había consultas internas de partidos políticos), y hay que estar pendientes de los puntos críticos de la ciudad”.

Por ejemplo, si hay un hurto, Espinosa ratifica la emergencia y manda las unidades necesarias al lugar. “Apenas se da el caso, yo lo dirijo y cuando termina, con resultados o no, cojo el Avantel y llamo a mi General”, explica.

Ya pasan de las doce y el cuaderno donde Espinosa registra los casos urgentes tiene cerca de tres lĂ­neas escritas.

Bromea sobre la tranquilidad de la noche. “¿Un viernes? Esto no es así. Aquí por lo general todo el mundo habla al tiempo y como estamos tan pegados se arma un bullicio fenomenal. Yo un día, tuve que irme porque no aguanté de lo acelerado que estaba. Es que cuando hay un atraco, no entra solo una llamada, a veces son más de diez. Ojalá no haya, pero espérese y verᅔ.

***

Es la 1:01 de la madrugada del sábado y acaba de entrar una llamada. Un vigilante informa sobre la caída de un motociclista en la Quebrada Seca con carrera 13. El auxiliar enruta la llamada al agente profesional encargado de la zona Centro y este le pasa el caso a uno de los operadores que está en la sala de cámaras, porque desde allí se registra perfectamente lo que está sucediendo.
Esto sí es una emergencia, la primera de la noche, aunque no pasará a mayores.
¿Qué pasó?
La PolicĂ­a llega.
- 910 (lesionado) grave.
El hombre está sobre el pavimento y no se mueve. No lleva casco, ni chaleco. Entonces piden una ambulancia que se demora cinco minutos en llegar.
- Se cayó sólo. Se estrelló contra el andén.
A la hora, el jefe de turno pregunta por el caso y un agente le responde que el hombre estaba tan ebrio que no fue capaz de pararse del piso.
- ¿Y entonces?  
- Pues nada. Laceraciones en el rostro, responde el agente sin ganas.
Y todo continúa. Los auxiliares siguen pegados al teléfono. Cerca se les une un funcionario del CTI, una mujer de bomberos y un hombre de tránsito. Todos esperan.

***

Wilson Galeano, el jefe de turno, dice que lastimosamente la falencia que tiene la Línea 123 es la misma comunidad. “Aquí se reciben un promedio de 10 mil llamadas diarias, de las cuales el 80 por ciento no son de emergencia. Ni siquiera utilizan la línea para pedir información. Son personas molestando. Llama un niño a preguntar la hora o a insultar. Les gusta decir groserías a los policías”.

Pero lo que no saben aquellos que llaman por nada, es que el sistema registra la ubicaciĂłn de la llamada y cada semana la PolicĂ­a hace una selecciĂłn para hacer amonestaciones en privado.

“Se le hace llamado de atención al ciudadano para que corrija. Se envían a las unidades de vigilancia para que ellos hagan las notificaciones personalmente, en su casa, y se les cita en el Comando”, explica Galeano.

Uno pensaría que la gente no puede estar tan desocupada para llamar en la madrugada a una línea de emergencia, sólo para colgar el teléfono. Pero sí. O tal vez exista una necesidad muy íntima de saber que por lo menos, al otro lado de una línea telefónica, hay alguien que va a responder. ¿Pero, para qué?
Mientras tanto, muchos se quejan de que no contestan. Y sĂ­, la LĂ­nea 123 se congestiona con frecuencia. Seguro ese hombre que quiere vender un CD ocupe la lĂ­nea y evite que una ambulancia llegue justo a tiempo.

Son casi las tres de la mañana y los teléfonos siguen sonando. Anastasio Espinosa mira su cuaderno de casos y se rasca la cabeza. Estira las piernas. Al fondo continúa ese susurro sin fin. Direcciones y más direcciones. Ninguna emergencia.

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Publicada por: ereyes@vanguardia.comELIZABETH REYES LE PALISCOT