2008-11-14 05:00:00

¡Qué vivan las feas!

No hay remedio. Pase lo que pase en el país, desde hoy todo el mundo va a hablar despiadadamente de senos operados, narices largas, culos caídos, piernas cortas, espaldas anchas y dientes torcidos.

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¡Qué vivan las feas!

Como todos los noviembres, un grupo de incautas niñitas le darán a la gente “circo”; a la postre será justo que lo hagan una vez al año, pues cuadrillas de varones le dan semanalmente “circo” de domingo a la gente, persiguiendo frenéticamente un balón.

Bueno, ¿a quién no le gusta ver mujeres bonitas? Tampoco se trata de hacerle el juego a doña Florence Thomas y a esa partida de agresivas feministas que por reivindicar la intelectualidad, la libertad y la dignidad de las féminas, terminan pretendiendo degradar el valor estético de las hijas de Eva. Si los “masculinistas” fuéramos tan dramáticos, estaríamos haciendo una marcha (con Ingrid a bordo) en protesta por la explotación a la que se someten nuestros congéneres cada domingo, sobre la verde gramilla de los estadios.

Lo que pasa es que lo estético es, definitivamente, parte -y muy buena- de lo cultural. Fe de ello es que la neo-cultura de la era post-narco ha dado un rimbombante giro a la estética urbana. Por ejemplo, esa “exótica” combinación de espejos con pilastras tipo dórico en casas cuya altura no resiste ni una viga criolla, constituye una buena muestra.

En esas casas “mami” predica a los cuatro vientos que “ya no hay mujeres feas sino pobres”, porque el Plan Obligatorio de Salud no paga las cirugías. Por supuesto, de esas mismas casas es que salen quinceañeras famélicas rumbo al cirujano, a instalarse unas nalgas enormes que combinan con unas ubres plásticas que envidiaría una Holstein y, desde luego, acompañadas de “mami”, se dirigen luego al ventorrillo de ropa china más cercano, a apretujar formas y desnudar prótesis para lograr alcanzar la cúspide cultural del momento: que les digan reinitas –sea en un concurso, o en la casa de un “traqueto”-. “Mami” se encargará de borrar cualquier sencillez colgándole a la impúber un reloj que la nena sólo podría comprar veinte años luego y las quincallas más vistosas del mercado.

Claro, esas artesanías fabricadas por “mami” dicen cruelmente que las naturales, desnalgadas y sin pintura, son las feas, “pobres” e invisibles, mejor dicho, unas firmes candidatas para un “falso positivo”.

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Publicada por: Samuel Chalela O.