2009-01-11 06:10:52

A fiestas, ni mujeres ni bestias

Zapatoca est√° de fiesta. Como todos los a√Īos en los primeros d√≠as de enero celebra sus ferias y fiestas.

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A fiestas, ni mujeres ni bestias

A la hora que escribo este art√≠culo todav√≠a escucho la m√ļsica de los que amanecen. Es una fiesta bonita donde los habitantes y los turistas bailan en el parque al ritmo¬† de las orquestas de moda. Tiene otra caracter√≠stica. No hay corrida de toros.

Zapatoca es la segunda ciudad en el mundo que prohibió los toros por decreto. Confieso que fui un apasionado.

Pero ese fervor por la fiesta brava se fue apagando y de ello no me queda sino el recuerdo de su m√ļsica, los ojos de una morena que se peinaba como una gitana,¬† el condumio en la tasca de Espa√Īita, y las largas conversaciones con su due√Īo sobre toreros famosos y la guerra civil espa√Īola, y por supuesto, querid√≠simos amigos¬† taur√≥filos, como Ludy Dur√°n, Jorge Chac√≥n Chapriotti, los Ortega y tantos otros.

No sé por qué me he ido  por los tendidos de sol  de esa bárbara fiesta imaginaria, si yo iba a escribir sobre la Revista Zapatoca.

Despu√©s de 60 a√Īos, todav√≠a aparece esta publicaci√≥n¬† en su modesto formato de revista cosida a ganchos, vi√Īetas que recuerdan¬† la √©poca de la impresi√≥n con plomo,¬† pero de¬† contenido y¬† presentaci√≥n impecables.

Su director, el ingeniero Saulo Toledo Plata, lamentablemente por problemas de visión, tuvo que abandonar la brega con esta revista que iba desde escribir los artículos, conseguir el patrocinio y venderla puerta a puerta.

Hoy lo reemplaza otro quijote Francisco Javier G√≥mez Silva. Zapatoca, ese trozo de tierra arisca santandereana, cuna de te√≠stas y ateos, m√ļsicos, literatos, empresarios, tiene en esta modest√≠sima publicaci√≥n un tesoro, el valor de las cosas hechas para el esp√≠ritu.

 Cómo no deleitarse en la lectura de una crónica de 1828 en donde unos extraviados del camino, encuentran una mina de sal, elemento precioso en aquellas lejanías cuyo valor era comparable a los metales preciosos. Mina que jamás se volvió a encontrar y que quizás solamente estuvo en la imaginación de esos desesperanzados, como el elixir de la eterna juventud de Albar Cabeza de Vaca, o las selvas del País de la  Canela de Orellana.

Así tantas cosas del ayer y de hoy. Este pobre Hospital de Zapatoca agonizante, herido de muerte por la desidia, tiene en la crónica de la revistica de oro, una puntilla un tanto oxidada como con la que se despacha a la otra vida al toro.

Un benefactor por all√° en 1898, deja en el testamento bienes para¬† la construcci√≥n y sostenimiento¬† del hospital, y una cl√°usula resolutoria, por si acaso, como suele suceder¬† con lo que se le da al Estado, que no se cumpla, dice: ¬ď Si para mayor desgracia de este pa√≠s colombiano, volviese a imperar el c√≠rculo demagogo¬Ösi volviese pues tan desgraciada √©poca, pasar√° todo el patrimonio del testador a poder del bien ilustrado y poderoso Gobierno Norteamericano, con destino a establecimientos de caridad y beneficencia ¬Ö¬Ē El testador es un cl√°sico zapatoca que asegura el √©xito de los negocios hasta¬† el m√°s all√°.

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Publicada por: Sergio Rangel Consuegra