2008-07-13 10:50:12

Dos novelistas y una despedida

He estado metidito de cabeza en las novelas del escritor húngaro Sándor Marai. Es el novelista de moda. Tiene la peculiaridad de haberse pegado un balazo a los 81 años. Pensó que con los adelantos médicos tendría que vivir el doble de su vida y repetir episodios. Es el axioma de que la historia se repite como parodia y otras como tragedia. Es un escritor clásico en un siglo de letras desabridas, donde el amor no cuenta, y él escribe del amor. Del sexo, sobretodo del sexo. De aquel que es distinto para cada quien, sin los estereotipos modernos que plantean las revistas a los hombres y mujeres desaborisados de él. Ahora que el sexo es virtual y los jóvenes parecerían candidatos seguros a un asilo de pervertidos sexuales, el amor y el sexo en Sándor Marai son un bálsamo repartido en palabras de ternura y perfumadas sábanas de holán. Además Marai defiende la burguesía desamparada en la literatura por siglos. Nos gusta porque en cada uno de nosotros anida un pequeño burgués, así sea en el gusto de comer dulce de breva en la noche. Estando en esas lecturas me llegan vía Cotrasmagdalena dos novelas de un par de amigos escritores, Raúl Pacheco Blanco y Manuel Rey Sanmiguel. La del primero titulada: Siervos de Dios Esclavos del Demonio, la de Rey no la titula, cosa que no es raro pues él pertenece a la franja lunática descrita por Jaime Gutiérrez, el malo. Este par de amigos escritores se aventuran en la novela en un siglo en donde la gente no lee y el mercado del libro lo saturan las historias de actrices de la farándula criolla seducidas por las cadenas de oro de los traquetos. La redondez de un fruto con la que nos estremecía Porfirio Barba Jacob, hoy es el cuento canceroso de un seno desinflado a tiros chorreando silicona en una noche de coca y rumba. Raúl Pacheco y Manuel Rey escriben bien. La edición de la novela de Pacheco en SIC es impecable. La trama está muy bien llevada. El tema causaría un escándalo en las universidades del siglo pasado, hoy no, la universidad es el espejo de una sociedad utilitaria. Se lee de un solo tirón. La novela cortisima y sin nombre, de Manuel Rey, tiene la influencia de Sándor Marai, se preocupa del amor idealizado y las fragancias afrodisíacas de los guisos de cocina y sobre todo, tiene un desenlace inesperado como el de los buenos cuentos. Les deseo éxitos. Ahora tengo que despedir a un amigo, a Hernando Martínez, ya se han hecho obituarios sentidos sobre su inesperada muerte. Yo quiero hacer un corto relato. Hernando Martínez sabía oír con paciencia a todo el mundo. Un día llegó Armando Serrano con el encargo de conseguirle puesto en la Corporación Financiera a una preciosa niña de Zapatoca. Comenzó diciéndole Armando. ¿Y sabe de computadores? No, eso no tiene importancia. Las piernas sin boliche, son redonditas, como torneadas en la carpintería de Luís Miao.Los brazos ni siquiera tienen la cicatriz de la vacuna de la viruela, un encanto de mujer, no es una secretaria, es un florero para que adorne esta oficina desolada. Paz en su tumba.

Comparta este artículo ›

Dos novelistas y una despedida
Publicidad
Publicada por: Sergio Rangel Consuegra