Martes 11 de Septiembre de 2018 - 11:34 AM

Así vivió un periodista santandereano el atentado del 11 de septiembre en Nueva York

17 años después del atentado del 11 de septiembre en Nueva York, publicamos de nuevo el relato de un periodista que trabajó en Vanguardia Liberal y se acababa de ir a vivir a Estados Unidos. Él contó lo que vivió ese trágico día.

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Archivo/VANGUARDIALIBERAL
Así vivió un periodista santandereano el atentado del 11 de septiembre en Nueva York
(Foto: Archivo/VANGUARDIALIBERAL)

“Podría ser la descripción de Colombia”

Un periodista santandereano que hasta hace poco trabajó en este diario y renunció para irse a vivir a Nueva York, relata cómo vivió la tragedia la gente del común.

En el periodismo no es conveniente escribir en primera persona, pero cuando el reportero oye, ve, huele y hasta pisa los elementos fundamentales de la noticia, no hay forma de evitarlo, hay que contarle a los lectores de lo que se trata:

Es mi ‘Day off’, es decir, día de descanso. Puedo disponer de mi tiempo, no tengo que trabajar y el amanecer es espléndido en Nueva York. Vivo en ‘Washington Place’, el corazón de la Universidad de Nueva York y me preparaba para todo, menos para vivir la expresión más diciente del terrorismo fundamentalista.

Explosiones, gente corriendo, llantos, sirenas y edificios cayendo. Podría ser la descripción de uno de los lugares más violentos de Colombia, pero no. Es Nueva York, la ‘Capital del Mundo’.

“Un avión de esa envergadura no se supone que deba  volar tan bajo”, fue el comentario de un puertorriqueño que trabaja como portero en el edificio de tan sólo seis pisos en el que vivo.

Y al instante...... ¡Pum! una gran explosión que nos sacó a todos a la calle para mirar sin dirección a ver qué se encontraba. La humareda empezó a ubicarnos y los ojos de todo el mundo se posaron sobre una de las dos Torres Gemelas. Eran alrededor de las 8:30 de la mañana aquí (una hora más que en Colombia).

Muchos corrieron en sentido contrario al lugar de la tragedia, otros buscaban cómo llegar allá para observar o tratar de ayudar (no sabían a quién ni cómo, pero querían ayudar). Yo la verdad sentí hielo en las piernas. Mis pies pesaban más que el cemento. El humo, la algarabía y mis pensamientos dirigidos hacia lo que podría pasar con mi esposa y mi hijo, no me dejaban actuar.

Las teorías callejeras en relación con lo que podría haber pasado con el avión y el porqué del ‘accidente’, estaban en su punto máximo cuando otra gran explosión revolvió el ambiente. Para entonces estaba sentado en el lobby del edificio escuchando radio y viendo televisión.

Otra vez las carreras nos llevaron a la calle y mientras algunos gritaban que el edificio se había caído, el humo empezó a moverse y permitió advertir que otro avión había golpeado, esta vez más fuerte y más abajo al World Trade Center. La otra torre también había sido impactada.

Más gritos, más carreras y más sirenas se tomaron la ciudad. Yo estaba a tan sólo 40 cuadras aproximadamente del lugar y el olor a quemado ya dominaba el ambiente.

Desde otra visión Jean Pierre Pimiento  es un estadounidense de padres bumangueses. Él se dirigía a su trabajo por el Long Island Express Way, una de las vías rápidas y elevadas que comunican a Manhattan con el resto de la ciudad. “Escuché en la radio que un avión se  había estrellado con las Torres Gemelas y empecé a dirigir mi mirada hacia allá. Estaba relativamente lejos, pero la vista desde la vía era inmejorable. No vi el segundo avión, pero cuando giré de nuevo la cabeza mientras despejaba uno de los carriles para dar paso a las ambulancias, carros de bomberos y de Policía, oí la segunda explosión y vi cómo las dos torres ardían en llamas.

Lo que nadie se imaginaba, era que las Torres Gemelas (y cuatro edificios más en las horas de la tarde), caerían por las consecuencias del impacto, los incendios y la destrucción.

Pero antes, las escenas de terror se tomaron los lugares más refinados de la sociedad  estadounidense. Hombres de saco y corbata reconocibles de lejos como de mucho dinero, se  tiraban al piso, gateaban, gritaban y pedían ayuda. Y esto a más de 20 cuadras del lugar de la catástrofe, porque luego de la primera explosión, la Policía acordonó al menos 15 cuadras a la redonda para evitar más riesgos. Por eso mismo los primeros muertos en tierra fueron ellos: cientos de policías, bomberos y miembros de la Cruz Roja que habían llegado al lugar para hacerse cargo del ‘incidente’ alrededor de las 9:00 de la mañana.

No, no, no ohhhh ¡My God! (Dios mío!) fueron los gritos que casi en coro los impávidos  observadores exhalaron cuando la primera torre se desplomó. Era como recrear una de las escenas del film ‘Dia de la Independencia’. La calle era un campo de guerra, y aunque nunca he estado en uno de ellos, es lo más cercano que han visto mis ojos.

45 minutos después

Habían pasado más de 45 minutos,  una ola de humo y lo que se podría describir como arena de concreto corría por las calles. Los más afortunados conseguían hacer llamadas desde sus celulares para avisar en casa o a sus familias que estaban bien. Los otros, sollozaban por lo que podría haber pasado.

Una estación de radio logró comunicación con un trabajador dentro de la torre que aún estaba en pie: “Ok. Yo puedo contarle que esto se mueve demasiado, no sé si son mis piernas o es el edificio, pero estoy bien. Quiero decirle a mi familia que estoy bien, atrapado en el piso 86 pero  bien”.

Otra cosa se veía desde la calle. Al menos 15 cuerpos caían como hojas de árboles desde diferentes alturas. Un centenar de personas pedía auxilio con pañuelos y camisas por las ventanas,  mientras que otras por la desesperación decidieron lanzarse al vacío de la muerte.

El hombre que quería decirle a su familia que estaba bien, no pudo finalmente bajar. Instantes después que la estación de radio le cortara la comunicación, el edificio desapareció del panorama. Otro ‘hongo’ de humo y materiales de todo tipo coparon la visual desde casi todos los puntos posibles.

Con el paso de las horas, quienes no estábamos llorando empezamos a sentir el nudo en la garganta. El temor, la desesperación y confusión determinaban las acciones a seguir.

Miembros de la Policía y los bomberos se pasearon por el alto y bajo Manhattan para pedir a los habitantes que salieran de la isla. Amigos, familiares o conocidos en los demás condados servirían para resguardarse.  

Puentes, túneles, el metro y las vías carreteables de acceso a Manhattan, fueron cerradas. La gente, en su mayoría, debió salir de la isla caminando.

Los heridos coparon rápidamente los hospitales y hasta New Jersey fueron a dar. Yo me resguardé en Queens, desde donde escribí esta nota. La gente está en las calles como nunca antes se había visto, conversando con su vecino, aireándose de los 27 grados y del calor que la sangre caliente produce en los cuerpos.

Los muertos son y serán incalculables, especialmente porque en edificios tan importantes como los del World Trade Center, suelen ir a trabajar de madrugada cientos de mexicanos indocumentados en labores de limpieza. Así que si es una odisea encontrar un cuerpo en una montaña de escombros de casi 30 pisos, pues mucho más lo será si no tiene ningún tipo de documentación, registro dactilar o dental en este país.

La noche empieza a caer y muy seguramente un alto porcentaje de la población de Nueva York no dormirá. No habrá luz en Manhattan. Yo no creo que concilie el sueño. El deseo de saber más al respecto me carcome.  

De todas maneras, “esto ya no es Nueva York”, dicen muchos en la calle. Y es obvio, Manhattan sin las Torres Gemelas es como Colombia sin café.

Por JOHN E. ROJAS A.

Especial/ VANGUARDIA LIBERAL

NEW YORK, NEW YORK, ESTADOS UNIDOS

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Publicada por: NICOLÁS JIMÉNEZ BLANCO
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