Domingo 19 de Marzo de 2017 - 12:01 AM

Yamulé

Yamulé y su compañero habían crecido juntos; jugaban juntos con los otros niños de la aldea; se bañaron siempre en el río, y escuchaban atentos a los ancianos sobre las tradiciones de su raza.

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Bambiqué sabía ya que Yamulé iba a ser entregada a Bambula esa misma noche. Estaba triste, pero debía participar de la fiesta de los amigos del novio. Danzaba, aunque su corazón estaba en el corazón de Yamulé.

Aislada con sus amigas, Yamulé se preparaba para la ceremonia mientras sus ojos intentaban traspasar las paredes de caña para ver a Bambiqué, que había salido solo a las profundidaes de la selva para llorar su tristeza. Por la tarde, regresó con una sarta de pescado como regalo para la fiesta. Nadie reparó en su mirada.

Como una reina, Yamulé paseó por la aldea en compañía de sus amigas, también ataviadas con vestidos coloridos y las caras pintadas con franjas blancas en sus mejillas. Al llegar a la Maloka, el sumo sacerdote inició el ritual quemando incienso para que el novio entendiera que debía salir en compañía de sus amigos hasta el centro de la fogata principal. Yamulé sabía que pronto vería a Bambula y a Bambiqué. Ella fue la única que notó la tristeza de Bambiqué en sus ojos cuando entraron danzando alrededor del novio.

Hacía ya muchos años que se habían jurado amor eterno con un beso escondido bajo la luna llena de la aldea. Eran aún niños, pero se amaban más allá de lo que ellos sentían como amigos. Para ella no había duda de que detrás de la pintura del rostro de Bambiqué se ocultaban las lágrimas de un llanto imposible de mostrar en ese momento.

Después de la fiesta, los novios debían salir a su nueva casa para consumar su amor. La madre de Yamulé la había preparado para el ejercicio de la entrega y la sumisión absoluta para su esposo. Yamulé escuchaba atentamente a su madre sobre cómo debía comportarse aquella noche tan especial para ellos. Yamulé escuchaba mientras sabía que estaba condenada a ser para siempre la esposa de Bambula. Pero el corazón de Yamulé estaba en el corazón de otro hombre: Bambiqué. En medio de una recóndita aldea del África central, Yamulé ya estaba en edad de merecer, y según la tradición debería ser la mujer de un joven escogido por su padre. Así ocurrió. En la total oscuridad, ella resistió en silencio y sin llanto su primer acto de amor. Sus pensamientos estaban afuera. En el beso de Bambiqué cuando eran niños. En el rostro arrasado por la tristeza infinita de Bambiqué durante la danza. No podían ni mirarse, pero se sentían como un presentimiento. Satisfecho, Bambula quedó profundamente dormido después de pintar en su frente un hilo de sangre del cuerpo de Yamulé.

Yamulé cumplía su función de mujer casada en la aldea. Ya no era una doncella ni podía reunirse con las solteras. Ayudaba en la preparación de las comidas para todos los aldeanos y con el cuidado de los niños que solían moverse libremente por el polvo de la pequeña plaza.

Bambiqué no podía mirarla. Cuando sus miradas se cruzaron una tarde, dijeron todo lo que habían guardado por mucho tiempo. Bambiqué no salió con los hombres a cazar ni a pescar porque estaba enfermo. Su enfermedad lo llevó en silencio, como pantera al acecho, a la puerta de Yamulé. La oscuridad y el silencio eran totales. Yamulé sintió todo por el olor de aquella sombra grande que se acercaba silenciosa sobre ella. Ella esperaba desnuda. Esta vez la entrega y la sumisión fueron absolutas y felices. Unidos por la sangre, se amaron silenciosamente hasta el cansancio. Repitieron aquel beso de niños, y se despidieron adivinando sus miradas de felicidad en la penumbra. Bambiqué regresó sin ser escuchado hasta su lecho; no había duda: estaba enfermo de amor. Entretanto, Yamulé soñaba que se bañaba desnuda en el río con Bambiqué bajo el tapizado de estrellas de colores en una aldea perdida y remota de su África ancestral.

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Publicada por: DÁMASO LONDOÑO
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