Domingo 02 de Abril de 2017 - 12:01 AM

Perubólica

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Cuando la gente me pregunta por mi infancia, no sé qué responder. A veces digo que fue muy tranquila, la típica de clase media con sus problemas cotidianos y privilegios. Otras veces invento historias varias. Respondo que crecimos en el campo, rodeados de vacas, gallinas y cultivos de papa. En otras ocasiones mato a mis papás de un plumazo, y digo que fallecieron en un accidente de tránsito cuando era pequeño. La verdad es que siguen los dos por ahí, jodiendo, y de mi infancia –a la larga– solo puedo decir que fue una porquería.

Verdaderamente lo fue. De ella recuerdo las peleas constantes de los dos a toda hora. Peleaban mientras me enviaban a dormir, almorzando, en paseos, por teléfono… Los pocos amigos que conocen a mis papás solo tienen presentes sus caras malhumoradas y los dardos irónicos que aún se lanzan entre ellos. Yo los evito y ellos me evitan. Así está mejor. Por fortuna, las cosas se ponen en perspectiva en la adultez y se atesoran otros hechos que sí importan. Por tal razón, si alguien me preguntara (seriamente, no por cortesía) qué decir de mi infancia, respondería que la perubólica es algo digno de mencionar.

Mientras aquellos dos seres frustrados se enfrascaban en matarse a golpes e insultos, yo destinaba mi tiempo a la televisión peruana. Me formé, como muchos que no tenían para el cable gringo, viendo Frecuencia Latina, Panamericana y América Televisión. Odié Global por aburrido; es la realidad. Aprendí a querer a Perú por sus documentales; me entretuve con sus ciclos de películas repetidas una y otra vez; apoyé a rabiar su selección de fútbol, y deseé probar la Inca Kola o un helado D’nofrio. En resumen, desde niño quise ir a Perú y conocer lo que veía en la pantalla. Incluso, a los diez años redacté una carta a Fujimori con la esperanza de que me regalara un pasaje de avión apenas supiera mi historia.

Naturalmente, mi papá estalló en carcajadas con aquella ocurrencia, y mi mamá a cambio prometió enviar la carta. Tiempo después la encontré guardada en un cajón, y aún la leo de vez en cuando. La nostalgia tiene esos inconvenientes. En aquella letra infantil, con una ortografía que no mejoró con los años, exaltaba las maravillas naturales, resumía el orden y la cultura que existían en el país hermano; nada sobre colchones bamba en Chiclayo o los cholos del Callao. Después de todo, comparaba con los canales que apenas había en Colombia: su programación aburrida y llena de atentados por el narcotráfico, los desplazamientos forzados y las masacres. La guerrilla sí era guerrilla de verdad en Perú, y el progreso era palpable, no como acá.

Revisé la carta cuando me confirmaron en el trabajo que iría en una comisión a Arequipa. Empaqué esa misma noche, y esperé con ansias el día de la partida. Viajaría con unos colegas con los que apenas hablaba, pero eso me tenía sin cuidado, ya que los recuerdos de aquellos programas y la realidad de ese país me tenían embebido. La noche indicada llegó, y empezamos el recorrido en un vuelo con escala en Lima. Ya hacia la tarde, nos encontrábamos tomando fotos en la Plaza de Armas y contemplando al Misti y su soledad.

Una semana después estaba solo en Puno, medianamente intoxicado, con unos pocos soles en el bolsillo y las vacaciones acabadas. Mientras caminaba por enésima vez al frente del Palacio de Justica de esa minúscula ciudad, pensé en los días previos. Recordé las reuniones en Arequipa hace unos días, más aburridas de lo que esperaba, con sus incontables cifras contables y datos empresariales. Recordé los restaurantes elegantes y toures con los que probamos la tal comida prehispánica y conocimos la versatilidad del sillar en la Ciudad Blanca. Sin embargo, yo estuve a la caza de otros cosas, y sentía lo que me mostraban como algo edulcorado y esnobista.

Soporté estoicamente todo eso gracias a que tenía presente mis faenas televisivas de la niñez y el saber que dispondría de un par de días de vacaciones por mi cuenta. De esa forma podría estar solo, inmerso en mi Perú añorado. Quería conocer de primera mano el Titicaca, el cañón del Colca, en fin, todo lo que me habían mostrado los especiales de Alejandro Guerrero. Quería subirme en una combi y andar por una vía poblada de niebla y rodeado de barriadas en las lomas peladas. Con la gente que me acompañaba sería imposible, y por eso callé hasta que los vi coger el avión con sus souvenires rumbo a Bogotá.

Hoy es el último almuerzo que puedo costear. Hay pocos sitios de comida abiertos porque continúa la protesta por el agua, y la comunicación hacia Bolivia, Arequipa o Cuzco está bloqueada. Los demás turistas, alemanes, gringos, chinos, se han escabullido como ratas en la madrugada de ayer. Cogieron vías alternas, en periplos que seguramente aderezarán sus reportajes y sus blogs de viajeros. Algunos de ellos se ofrecieron a llevarme, pero preferí no hacerlo. La verdad es que me gusta así como está Puno, aislado de todo y de todos. Me duele la cabeza todavía por el soroche, pero tampoco eso me importa.

Mejor diviso ese lago eterno, el océano que se gestó en mis sueños. Pienso en la calma que transmiten sus aguas, la similitud con los paisajes que observé en bus desde Arequipa. Cuando venía hacia acá, mirando por la ventana, fui indiferente a la niebla, los buses varados, el accidente entre dos combis, los letreros solitarios que invitaban al progreso o a votar. Pensé más bien en la velocidad del sorteo de la Tinka, los programas de humor los sábados, la camiseta rosada del Sport Boys. Omití los recuerdos, porque sé que están por ahí, de los bombazos en Miraflores, los moretones de la cara de mi mamá y cómo los disimulaba con maquillaje, la toma y la retoma de la embajada, los manoseos impunes de mi papá en la oscuridad, la imagen del presidente Gonzalo encerrado como el demonio que profetizaban todos.

Ahora que el hambre acosa, me pregunto si es hora de claudicar y llamar a casa, o recurrir a algún conocido en Colombia. Pero lo que termino haciendo es pensar cómo contemplé extasiado el caos de Juliaca y Puno, un caos que anhelaba con su pobreza y abandono. Aquí estoy, observando orgulloso al labriego, al indígena y al mestizo en sus miserias de día a día. Omito a los españoles invasores y a los terratenientes con sus promesas y prebendas de siglos y siglos. Oigo las cumbias, recorro en balsas de totora sus aguas, y me enfermo con lo que como o bebo.

Pero cuando vuelvo por mi mochila para registrar la salida del hostal, me entero de algo que percibía en el ambiente. Me acaban de decir que el paro ha terminado, que todo vuelve a la normalidad. Reviso internet, y noto que en el correo del trabajo ya preguntan por mi regreso. Mis padres en cambio quieren saber, seguramente por educación, cómo me encuentro. Sin embargo, no respondo correos, no llamo a la casa. No le veo el caso. Ahora aguanto el hambre como mis hermanos, y resisto. Soy Túpac Amaru, el Señor de Sipán, las momias Sarita y Urpicha. Ya nada me importa. Soy el hijo del Sol. He vuelto a casa.

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Publicada por: ARTURO CASALS-VIDAL
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