Domingo 23 de Abril de 2017 - 12:01 AM

Cuitas de un esposo triste

Esta historia le sucedió a un hombre que se llamaba igual que yo, pero seguro no era yo; “me toca decir así porque si no mi mujer me mata”; par’estas que es santandereana y pa’ más señas chucureña; mejor dicho peligra el cuerpo del cristiano, y por cierto muy duro, que está de tanto cargar la cruz del matrimonio.

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Bueno entremos en materia, como dijo el bacteriólogo. El señor al que hago referencia se llamaba Casimiro del Lago, ¿y su verdugo o verduga, como se dice ahora que tanto está de moda la igualdad de género? Ay, perdón, no es su verduga; me refería a su esposa Petronila. Mantenían una relación de veinte años en la que a trancas y mochas se soportaban por las muchas diferencias e injusticias vividas. Pasaron los años y los desengaños hasta que por fin la piedra terminó rompiéndose. Don Casimiro, un hombre virtuoso para unos y pendejo para otros, terminó rebelándose ante tanto castigo que por muchos años logró soportar, y empezó a tener otra conducta; se acicalaba, y salía sin decir para dónde. Ella, no dispuesta a perder lo que por años representó un inútil y mal esposo, movió cielo y tierra para retener lo que hacía rato había perdido, pero seguía con la misma actitud grosera y violenta. Pero la suerte ya estaba echada. Doña Petronila le recrimina constantemente a su marido el hecho de no darle mejor calidad de vida, más aún en presencia de sus hijos, a los que comúnmente les daba malas referencias de su progenitor. Que la plata se la gastaba con la amante cuando él no tenía ni ánimo o tiempo para eso. Don Casimiro se partía el espinazo de sol a sol para llevar el sustento diario a su familia, y con mucho esfuerzo logró comprar una pequeña parcela donde construyó una humilde vivienda; pero doña Petro nunca estuvo conforme con lo que su marido realizaba en su vida. Ella quería una gran finca con alberca incluida y grandes potreros para salir a pasear y montar en sus caballos de paso; “no le bastaba tener un burro en su familia”. El pobre hombre logró conseguir un trabajo de noche, aparte del que realizaba en el día, para complacer a su esposa, pero a ella nada la tenía contenta; dejaba perder el mercado que con mucho esfuerzo él compraba para su sustento, y luego salía a decir a los cuatro vientos que su marido los tenía aguantando física hambre; que él era un desgraciado que no daba la talla. Sin embargo, don Casimiro, con la paciencia del santo Job, seguía luchando por sostener a su familia. Como si fuera poco, lo que ella ganaba de las ventas de empanadas y fritos que preparaba, nunca los compartía con su familia, y menos con su “amado” esposo, y en cambio sí recriminaba y recriminaba “que no la sacaba a pasear”, aunque con gran esfuerzo la llevó junto con su familia a Bogotá, Medellín, Santa Marta, Barichara, Guane, Villanueva, San Gil, Socorro, Tunja, Barranca…, por no citar más lugares para no alargar el cuento. Pero no, ella quería era viajar a las extranjas, ver al papa celebrando misa en el Vaticano; “qué ironía, si no iba a misa cuando la había en el campo o bajaban al pueblo”…; ver al Barça en su estadio, cuando no dejaba al pobre Casimiro ver los partidos por televisión: que eso era una pérdida de tiempo, que quería que la llevara a Gringolandia a conocer la tierra del Tío Sam; pero, eso sí, que del bolsillo de ella no saliera ni un quintal.

Pasó el tiempo, hasta que este hombre entró en depresión y se vio obligado a ir al especialista. En la consulta, frente a él, había una paciente bonita esperando turno, y ante la demora se pusieron a conversar, y entre palabra y palabra, y simpatía y afinidad, pues ella venía de un problema similar, poco a poco se fueron compenetrando hasta que las citas fueron frecuentes y terminaron enamorándose. Un día cualquiera Casimiro llegó a su casa, y doña Petro siga con la cantaleta y la cantaleta, así que entonces él le dio la noticia: “Ya no vivo más contigo; sigue peleando con tus pulgas, que yo me voy a otro rascadero”. Y cogió su mochilita, y, hasta el sol de hoy, no se sabe si se organizó con la “otra” o está solo; lo cierto es que doña Petro no deja de refunfuñar por no tener ya a su “amado” esposo.

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Publicada por: EXPEDITO ARDILA RUEDA
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