Domingo 07 de Mayo de 2017 - 12:01 AM

Los helados

Por las polvorientas, por las encementadas, por las asfálticas calles de la helada capital, raudas, relucientes, vistosas, pasaban las nuevas busetas ejecutivas de servicio público en busca del anhelado pasajero.

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Después de la cancelación de las operaciones del atirantado trolebús, que reinó durante la década de los años 70 y 80 en la capital de la República, en la fría Bogotá, apareció la flota de busetas que fueron el deleite de los peregrinos pasajeros.

El deteriorado, el estropeado trolebús, le dio paso a estos nuevos medios de transporte.

Este transporte colectivo nos demostraba renovación, modernismo y civilidad; con él se archivaban los fastidiosos, los estorbosos atirantados buses.

Las busetas ejecutivas, al comenzar sus labores, se veían limpias, y con diligencia el señor conductor aplicaba unas fragancias agradables, perdurables y refrescantes; olían a nuevo. Sus sillas estaban en buen estado; la registradora funcionaba a las mil maravillas. Los conductores, los profesionales del volante, fueron adiestrados en cursos temporales de urbanidad, y estos trataban a sus pasajeros con amabilidad y cortesía.

Los atentos conductores engalanaban sus busetas con diferentes insignias: con el logo de su equipo de fútbol preferido, con la foto del vástago menor de la casa, y otros con menos escrúpulos pegaban calcomanías con mensajes grotescos, alegóricos, ridículos, espurios o risibles. Recuerdo algunos mensajes: “Si el niño es hijo del conductor no paga”; “Que Dios le dé el doble de lo que le desea al conductor”; “Si tiene afán, mañana madrugue más… Su madre lo espera”. Incluso otros un tanto piadosos llevaban en sus espaldas, en un biombo transparente, de manera legible, el reflexivo salmo 91.

En otras busetas, en el techo, encima de la cabeza del conductor, se apreciaban unas enormes consolas donde de manera venerable exhibían efigies de los santos de su devoción. Era fácil apreciar en esas consolas un tierno Niño Dios con sus manos en ofrecimiento, el caído Señor de Monserrate y la infaltable Santísima Virgen del Carmen con su niño entre los brazos, y este a su vez llevaba un protector escapulario.

Las modernas busetas en sus ventanales llevaban unas asépticas y limpias cortinas, bien ajustadas, que con el tiempo, lamentablemente, terminaron siendo el pañuelo social. Del cursillo de urbanidad al que asistieron los conductores, poco o nada les quedaba. El olor fresco del recinto colectivo se evaporaba. Las busetas poco a poco perdían el centelleante color, y este se desvanecía. ¡Como todo en la vida!

Esa gélida, esa helada mañana, iba aposentado cerca del conductor de la buseta. Iba mirando, iba poniendo cuidado, iba fisgoneando, iba contemplando el panorama y detallando el escenario. Era un consuetudinario usuario de la ruta 23. Esta ruta partía de las afueras de Bogotá, por el sur, y llegaba al Capitolio Nacional. Conocía el particular recorrido, y más o menos a los acompañantes de este matutino viaje. Entablaba conversación con alguno de ellos, y nos escuchábamos nuestras cuitas, nuestros proyectos, nuestros dolores o la opinión política de la última embarrada de un honorable parlamentario… En fin.

Pasando por el próspero municipio de Usme, dos paradas más adelante, cerca del parador Brisas del Llano, esperaba que se subiese Pascualito; un conocido, un paramuno, un buen hombre. Por su vestimenta, por su atavío, se mostraba como un ser elemental, como un ser sencillo, sin prejuicios, fresco y vivaracho; por estos rasgos profetizaba que este buen hombre era oriundo de una población cercana a la capital.

Pascualito era un habitual usuario de las busetas ejecutivas. Se sabía las rutas, conocía sus apeaderos, y hacía una descripción al dedillo del tránsito y del laberíntico camino de la ruta número veintitrés. Con él ya había cruzado y compartido varios paliques de diferentes temas y proyectos. Él siempre portaba un atuendo singular, una jeringonza propia y un acento cantado, pero entendible. Como de costumbre, ahí estaba Pascual Bailón Díaz, al amanecer, esperando el anhelado transporte. Debía subirse, coger puesto, y disfrutar el recorrido.

Pascual Bailón Díaz sintió mucha alegría al ver que se aproximaba la buseta de su ruta preferida. Yo lo estaba oteando; tenía la panorámica suficiente para divisarlo a la distancia. Pascual siempre se mostraba radiante, a pesar del frío reinante y la baja temperatura. Apostado sobre el andén, con la mano extendida, le indicó al busetero que detuviese la marcha del vehículo. Esta vez, se topó con una novedad. A estas horas, como cosa rara, iba la buseta atestada, y Pascual creyó que hoy la buseta no lo llevaría.

Unas paradas atrás un grupo grande de trabajadores de una ínclita empresa se encaramó en la buseta, porque se les varó su particular medio de transporte, y esta aún llevaba espacio para albergar gente, pero de pie. Pascual subió de un intrépido salto, con una inusual y enorme mochila. Intentó cruzar la registradora, pero el curioso conductor no le permitió el ingreso inmediato. Con dos, tres preguntas, asaltó a Pascual, y cual investigador indagó por el contenido de la talega. Pascual, sereno, tranquilo, sin titubear y con sinceridad, respondió que ahí llevaba unos deliciosos helados; que no se preocupara que estaban bien empacados y bien cubiertos.

El conductor de la buseta enarcó sus gruesas cejas, dudó, carraspeó, y no lo quería llevar. En un diálogo corto le puso algunas condiciones: que tendría que dejar a la entrada, cerca de su contorno, la enorme mochila con los helados y evitar ocupar más puestos o molestar a otros pasajeros. Pascual no dudó, y pagó el pasaje. “Busque dónde sentarse, le dijo el chofer; cuando se vaya a apear, me da un grito con anticipación, y con mucho gusto yo le colaboro”. Firmado el tácito acuerdo, con un “sí señor” algo tibio por parte de don Pascual Bailón para aceptar las condiciones, replicó: “Eso sí, tenga cuidado con la mochilita, que no se la roben; yo estaré atento, le daré un berrido, y usted, don, me hace el favor de pararme, que yo salgo por la puerta de atrás, usted me espera, yo recojo la mochila de fique, y así quedamos”. Sin más demora, sin más protocolo, Pascual Bailón Díaz puso su enorme mochila al costado derecho del conductor y se acomodó en un lugar cercano al chofer donde vigilaba el lío. Primero de pie, y después de un corto recorrido logró sentarse en una cómoda silla. Esta vez, por lo repleto de la buseta, escasamente nos cruzamos un monosílabo saludo con el Pascual.

El bus fue abandonado por los peregrinos pasajeros de la ínclita empresa, y la diferencia del número de pasajeros que entraba y salía iba despoblando el colectivo.

Pascual se sentó. Oteaba su mochila. Estaba un poco más distante, pero iba más cómodo. Iba sentado encima del puesto de las llantas, con sus piernas recogidas detrás de un par de bogotanos que no negaban su procedencia; por su talla, por sus cachetes colorados, su cara redonda y su particular garla. Pascual seguía vigilante; dominaba la escena. Llevaba el conteo de las cuadras que había transitado y las que le faltaban por recorrer. Disfrutaba de todo. Hacía cuentas quiméricas; se imaginaba episodios comerciales favorables, la venta total de sus helados, y potenciaba las ganancias. Silbaba, y se deleitaba en el recorrido. Lo envolvía la frescura del día.

El frío de la capital se espantaba; el sol estaba radiante. La bruma se despejó; el día se calentaba, y un ligero sopor de calor invadía la buseta. Unos parroquianos se iban desprendiendo de sus chaquetas o de sus sacos, y como bebés los portaban sobre sus piernas. La temperatura se elevaba, el radiante sol nimbaba la capital. Todo transcurría de manera normal.

Después de hacer un pare en un semáforo, el conductor de la buseta aceleró. Se oyó un ruido inusual en el motor del vehículo, y el conductor del colectivo de la buseta cambió el rictus de contento por cara de preocupación. Disminuyó la velocidad del vehículo, apagó el equipo de sonido, y estuvo atento al ruido del carro. Aguzó el oído, y soltó un irrepetible, muy propio comentario; un epíteto poco halagüeño.

El colectivo bus se recalentaba; se sentía que algo no estaba funcionando. La buseta, en la parte delantera, en la parte del motor, echaba humo, y se oía un ruido constante, latoso y metálico, impropio de un bus nuevo. El chofer con destreza orilló el vehículo. Detuvo la marcha. De un salto, pasó sobre la registradora, y apresuradamente bajó con una garrafa de agua. Levantó el capó del vehículo, y de allí salió una profunda nube de humo que envolvió al conductor. Con una envejecida lanilla, el chofer espantaba la humareda que lo circundaba.

Acto seguido, tomó la lanilla, y con ella envolvió su mano para protegerse. Después abrió la tapa del radiador. Ya había destapado la garrafa de agua, y le aplicó todo el contenido al estómago del radiador. Pensó que ya se había solucionado el problema. Antes de ingresar a su puesto de conductor, bajó el capó, limpió sus manos, sacudió la lanilla, y se montó a la buseta. Introdujo la llave, encendió el vehículo y aceleró la marcha. El carro anduvo sin problemas como unos cincuenta metros, y el conductor mostró una temporal cara de satisfacción. Se animó, pero por un corto trayecto. La buseta no marchaba bien.

El reloj marcaba las siete y cuarenta y cinco de la mañana; ya llevábamos más de ochenta minutos encaramados en este colectivo. El calor reinante se hacía insoportable. Los haces de luz del sol se colaban por las ventanas de la buseta. Sin embargo, la buseta seguía avanzando. Ya emanaba menos humo, pero la temperatura en la parte del motor se sentía. Pascual, en sus dedos como un ábaco, llevaba la cuenta regresiva del número de cuadras faltantes. Le faltaban aproximadamente ochocientos metros para llegar al sitio indicado, por allí por los contornos del Capitolio Nacional.

Transcurrido este trayecto, se aproximó cerca de la puerta trasera. Faltaban unos cuarenta metros, y con un tremendo alarido le recordó al conductor de la buseta el protocolo convenido, y este no demoró en detener la marcha del vehículo en la parada indicada. El conductor abrió la puerta trasera de la buseta, esperó que Pascual Bailón Díaz bajara, e ingresara por la puerta delantera para que recogiese la mochila. Así lo hizo.

Pascual Bailón le sonrió al conductor. Miró su mochila. Ahí estaba. La vio algo diferente. Su cara reflejó un insatisfactorio gesto, que mostraba, por demás, una expresión de asombro. Aplicó una fuerza exagerada para alzar la mochila, pero notó que le sobraba fuerza, que la mochila estaba vacía, que no pesaba nada; pero, al contrario, de ella escurría un hilo de agua, con una rara coloración, como un jarabe. La mochila se veía sucia y empapada.

Pascual Bailón Díaz mostraba su enfado, con desaire, poco contento. Engatilló al chofer, que lo contemplaba. Lo encandiló, lo retó con sus lámparas de ojos, y con una mirada lánguida y derrotada le gritó: “En este pueblo no se puede vivir; esos malditos, esos malhechores, no solo se robaron los deliciosos helados… También se mearon sobre la mochila”.

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Publicada por: RENZO ORLANDO GUTIÉRREZ RIVERA
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