Domingo 28 de Mayo de 2017 - 12:01 AM

El hombre del sombrero blanco

Don Cosme abrió su tienda, que estaba en el marco de la plaza del pueblo.

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Su tienda era su vida. Madrugaba, tomaba su baño, y desayunaba cualquier cosa. Veía desde su puerta cómo su pueblo venía cambiando con una rapidez asombrosa. Las grandes casonas del parque se estaban vendiendo, y sus dueños partían para no regresar nunca. Muchas cosas habían cambiado, y él empezó a sentirse mal. Su pueblo y su tienda lo eran todo para él. Viudo y sin hijos, era un hombre que disfrutaba de su soledad en aquella casa de patios y solares llenos de sol, de árboles y plantas. Todos los recuerdos de su vida estaban allí amontonados en los diferentes salones y en las habitaciones de la casa.

Una tarde, llegó a su tienda un hombre alto y grueso, de sombrero blanco, acompañado de cinco hombres vestidos de paisano. Dos se quedaron a la entrada y tres acompañaban al hombre del sombrero en la mesa. Don Cosme ya sabía de quién se trataba, por todos los chismes que llegaban a su vieja tienda. Pero no estaba preparado para su visita.

–– ¿En qué les puedo servir? –dijo el tendero.

–– Sírvanos seis dobles de aguardiente –respondió el hombre del sombrero blanco.

Don Cosme lo hizo meticulosamente, y regreso detrás del mostrador. Era el hombre que estaba comprando las casa grandes para construir hostales y hoteles, también restaurantes, desde que el pueblo empezó a convertirse en un atractivo turístico nacional. Don Cosme solo sabía que él no iba a vender porque quería morir en aquel lugar del que nunca había salido. Además, quedaban aún dos casas más de las antiguas y grandes en el marco de la plaza, cuyos dueños también estaban dispuestos a vender.

–– ¿Cuánto vale esta casa? –preguntó el hombre grueso de sombrero blanco.

–– No está en venta –respondió con seriedad don Cosme.

–– Tráiganos otros dobles, don Cosme, que apenas queremos conversar –y esbozó una sonrisa de contrariedad que notaron todos en la tienda.

Don Cosme sirvió, pensando en por qué un desconocido lo llamaba por su nombre. “En los pueblos todo se sabe”, pensó con algo de tristeza.

–– Ponga cualquier precio, y le pago de contado –dijo el hombre del sombrero blanco.

Don Cosme le repitió que no iba a vender por nada del mundo.

–– Es que quiero morir aquí –dijo para acabar una conversación cuyo rumbo no le gustaba.

El hombre del sombrero blanco se puso de pie, pagó los tragos, y no esperó los vueltos. Se detuvo en la puerta, y miró a don Cosme con una frialdad absoluta.

–– Vamos a respetar su deseo; ese de morir aquí mismo.

Los compañeros sonrieron socarronamente mientras subían a un vehículo que estaba al otro lado del parque.

Don Cosme lo entendió todo. Y como era hombre sin miedo y de edad, se preparó para lo peor. Prestó su servicio militar durante la violencia en aquella región, y aprendió para siempre a no temerle a nada ni a nadie. Por primera vez en su vida, echó el revólver entre la pretina, y cerró la tienda para la misa del domingo. Alguien me dijo después que lo vio distinto, preocupado.

Su saco dominguero ocultaba bien el arma. Al terminar la misa, cuando bajaba las escalinatas empedradas de la iglesia, don Cosme tuvo un presentimiento maluco que le hizo sentir un nudo en el estómago. Vio al hombre del sombrero sentado en una banca del parque y, de repente, cinco hombres dispararon sobre la humanidad de don Cosme, que terminó desgonzado sobre la carretera. En medio de la estampida y la confusión, el hombre del sombrero blanco se acercó en un ademán presuroso y le susurró al oído: “Se da cuenta, don Cosme, que le respetamos su deseo de morir aquí”.

Fue lo último que oyó el viejo tendero del pueblo.

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Publicada por: DÁMASO LONDOÑO
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