Domingo 11 de Junio de 2017 - 12:01 AM

El compa

Revisando el cd de mi memoria esta mañana evoqué a Carlos Alirio, el Compa, como yo lo he llamado cariñosamente, no por mera casualidad, sino porque un montón de años atrás él apadrinó al tercero de mis hijos, cuando ya bien grande, casi que adolescente, resolvimos bautizarlo dentro de una de las ceremonias que organiza el rito católico, que se efectuó en la catedral de un pueblo de provincia.

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Recuerdo, como si fuera hoy, que el chino, bastante tímido para esa época, quería morirse de vergüenza cuando el cura le pidió a la multitudinaria concurrencia de la misa de doce que aplaudieran al pelado que recibía, algo tarde, ese sacramento, por lo cual resultó casi que imposible que el Compa lo alzara cuando el cura le echaba en su cabeza el chorro de agua sacada de la pila bautismal y los aplausos retumbaban en el templo, mientras las mejillas de mi hijo se inundaban de rubor y daban casi la sensación de la señal de pare de los semáforos que ubican en las esquinas de las concurridas calles de una metrópoli. Ese día nació el compadrazgo, que se celebró con una torta, unas copas de vino y un suculento sancocho en la casita, como le decíamos al refugio que el padrino tiene en su parcela.

Nos vemos muy raras veces, pero el Compa ocupa un muy buen sitio en el añejo baúl de mis recuerdos. Nació en un pueblito incrustado en el corazón de la provincia que hace honor a nuestros antepasados guanes, en el seno de una familia numerosa, y creció acatando las directrices de su madre y embelesado con la creatividad artística y empírica de su padre que era quien, en las tradicionales fiestas del Corpus de su terruño, diseñaba las mejores carrozas que recorrían las empedradas calles, que dejaban boquiabiertos a propios y extraños con la genialidad de sus creaciones.

De niño, con sus compinches de la época, el compa jugó canicas, trompo y a los tipos y apaches, juego este último en el que se montaba en su caballo de palo elaborado por las manos de su padre con un desgastado mango de escoba y una media vieja, y se jactaba de ser el mejor vaquero de la región, mientras degustaba recortes del manjar de guayaba que artesanalmente se elaboraba en casi todas las casas del poblado.

El Compa en sus años mozos fue seminarista, y soñaba viéndose con su resplandeciente traje de luces, su mitra y su báculo, dejando que sus fieles, postrados a sus pies, besaran el ostentoso anillo que ornaba el dedo índice de su mano derecha. Pero de pronto se desvió de camino y terminó acrecentando sus conocimientos al otro lado de la llamada cortina de hierro, conformada por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, en donde dio sus primeros pasos para convertirse en sociólogo. Sí, en un sociólogo medio chifloreto, jocoso y agradable, pues haciendo honor a la verdad ha sido un innato mamador de gallo. Como había renunciado a su estricto voto de castidad y obediencia, y no quería morirse siendo virgen y mártir, resolvió cualquier día embarcarse en la nada fácil aventura del matrimonio y sembrar su semilla, en dos oportunidades, en el vientre de Rosalba, como se llama su compañera de travesía. Se especializó el Compa en el tema de las cooperativas, y en una entidad de esta naturaleza laboró acuciosamente hasta que le llegó la hora del retiro. Hoy, como siempre, sigue siendo informal y despojado de todo acartonamiento, actuando de payaso en las reuniones, aprovechando para ello su facilidad para hacer las más horrorosas de las caras e imitar a todos los bobitos de la región, haciendo reír a carcajadas a los contertulios. También aprovechó su retiro y el hermoso paisaje que bordea la casita para dejar fluir su vena artística, y se dedicó a plasmar con óleo en el lienzo y en cáscaras de troncos, con gran acierto, todas las ocurrencias de su imaginación. Aunque nos vemos con el Compa muy raras veces, lo considero uno de esos personajes inolvidables que perduran por siempre en nuestras memorias, y estoy seguro de que cuando le llegue la inevitable fecha de vencimiento, ojalá mucho después del centenario, pondrá en el otro mundo, si es que existe, a reír hasta desternillarse, a todos los que se le anticiparon en el viaje y se encuentren temperando en el seno de Abraham mientras llega la tan cacareada resurrección de los difuntos.

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Publicada por: CARLOS HUMBERTO TORRES BARRERA
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