Domingo 11 de Junio de 2017 - 12:01 AM

Mujer hermosa

Llegué a mi morada cuando aún no esclarecía el cielo.

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Estaba totalmente sucio, algo asquiento, y muy dichoso. Había un punto en que la sangre en mi vestimenta podría ser mía o de mi presa; probablemente ambos compartíamos esa obra de arte. En mi despensa no tenía más que una lata artesanal con arvejas; sin embargo, yo ya estaba saciado, y la dejé para otro momento, talvez mi desayuno, talvez mi última cena.

Ese día, como el resto de los anteriores, me dispuse en mi única ventana a esperar los pájaros que sugerían saludarme cuando salía el sol. Aquella mañana no vinieron; primera señal del fin del inicio, o del inicio del fin. Alcé mi mirada a la lata, pues mi estómago empezaba a rugir por el hambre, pero carecía de un cuchillo. Mis ojos buscaron mis uñas y mis dedos, pero en ellos había aún restos de súplicas, himen y piel. Los pedacitos de esa piel se distinguían mucho de la mía; era blanca y limpia, suave y fresca: era una mujer hermosa.

No solamente me rehusé a comer; no tomé una gota de agua, no pasé los dedos por mis cabellos, no me enjugué el rostro. Estaba seguro de que alguien me descubriría, que me condenarían a la horca y todo acabaría; junto al charco carmesí de su último aliento en el callejón estaba mi esencia, mi culpa. La vida para mí ya se había extinguido, y estaba allí, esperando lo mejor, porque lo peor era seguir respirando en la sangre de la inocencia.

Yo no era un loco; yo era un hombre, como los demás. Tenía el instinto, el pecado de guardarlo todo y liberarlo en la mente, demostrarlo en los ojos, describirlo en la sonrisa y reprimirlo entre las piernas. En mi caso, quise convertirlo en mi historia más grande, la del final, el único que se puede esperar.

La puerta se abre, y en el momento se oye un grito, una acusación, y mujeres ancianas llorando, odiándome y maldiciéndome hasta por sus entrañas. No las miro porque no me importan, ni ellas ni a mí mismo. Alzo los brazos, y siento rozar una cuerda en mis muñecas. Me llevan con ellos, y al salir solo puedo observar por última vez el lugar que alguna vez me acogió, y se resignó amablemente a aceptarme por lo que yo era.

Al llegar a la plaza del pueblo encuentro a todos allí: al panadero con su mirada fría y piel pálida; al granjero Willie ocultando sus gallinas; al cantinero que se encontraba observando mi espectáculo por la ventana del bar. Con exactitud los conocía a todos; veía sus almas desde adelante y por los lados; eran iguales de malditas a la mía.

De ese mediodía solo recuerdo la venda en mis ojos y la gente gritando que no se tardaran en quitarme la cabeza. Sentí la hoja como un tierno abrazo, certera y rápida, una amiga, como un buen sexo o una garrafa de licor; como si no fuera un castigo: algo placentero.

Sin embargo, ahora estoy en un buen lugar, en el infierno, junto a la mano izquierda del diablo, vestido con las mejores ropas y rodeado de las mejores putas. No saben lo vivo y miserable que me siento; soy un esclavo de mis deseos y dueño de los otros; soy la luz del mal y la oscuridad del bien; soy lo que todo hombre desea llegar a ser y perder. Yo soy tú, pero por ahí, a los lados.

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Publicada por: CHARLOTTE
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