Domingo 05 de Junio de 2016 - 12:01 AM

Domitila, 18.250 días reciclando

Durante 18.250 días Domitila ha vivido en medio de desperdicios de basura, entre jornadas que la sumergen en la misma rutina, haciendo de ella una experta en reciclar.

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 Fabián Hernández / VANGUARDIA LIBERAL
Domitila toma una buena cantidad de basura y la riega sobre la mesa. Allí la selecciona de acuerdo a donde deba ir, segun sea el material.
(Foto: Fabián Hernández / VANGUARDIA LIBERAL)

La encontró entre toneladas de basura en Rionegro. Tenía 30 centímetros, cabello rubio claro desgastado, no se veía nueva, tal vez esa fue la razón por la que la tiraron a los desperdicios. Pero a Domitila no le importó. La guardó y la hizo su mejor amiga, eso sucedió cuando tenía 10 años. Fue su compañía en las noches y la distracción en aquellas tardes de juego luego del colegio, bajo el calor rionegrano, en Santander.

Hoy, cincuenta años después, en otro basurero, El Carrasco, Domitila Vargas de Lozano no recuerda dónde quedó su muñeca.

A sus 60 años tiene sus manos desgastadas, ajadas, su principal herramienta de trabajo; sus ojos cafés bajo dos tatuadas y delineadas cejas reflejan la emoción que le produce hablar de su trabajo y de su familia, la cual formó con esfuerzo y dedicación.

Aunque para ella las condiciones de vida fueron difíciles, las recuerda sin tristeza. Casi siempre estaba descalza, pocas veces con zapatos que le regalaban. Domitila debió ponerle la cara al trabajo, al estudio y ser una adulta, cuando tan sólo era una niña.

Sin embargo, aunque parezca irónico, Domitila considera que le debe a esa muñeca y a toneladas de basura, su formación y la de su numerosa familia. Durante 18.250 días, Domitila ha vivido en medio de desperdicios de basura, entre jornadas que la sumergen en la misma rutina, haciendo de ella una experta en reciclar.

Convertir los desechos en nuevos productos o en materia prima que se puede volver a utilizar, es un arte que domina. Para ella la basura no es lo que no sirve sino su material de trabajo. Todo es útil y sabe con certeza que la tarea que ejecuta ayuda a reducir el uso de la energía, disminuye la contaminación del aire y el agua, así como merma la emisión de gases.

Su familia y su día a día

Cada mañana esta mujer, que alguna vez soñó con ser monja o enfermera, se levanta a las 5 o antes, con los primeros rayos de sol. Desde el barrio Carlos Toledo Plata toma un bus que la lleva al Carrasco, en la vía que de Bucaramanga conduce a Girón.

Es inevitable que sus mejillas no achinen sus ojos cuando sonríe y con propiedad recibe a quien quiera aprender cómo reciclar. “Ahora sirve casi todo. Todo se puede reutilizar, como dice mi jefe: basura no hay, lo que hay es mala cultura”. Se abandera por su conocimiento y en su “oficina” y hasta en su barrio, incentiva a unos y otros a asumir con cultura el oficio.

Sin títulos o cursos, en el basurero es la experta, quien recibe a estudiantes bachilleres y universitarios que quieren conocer el proceso de reciclaje en el relleno sanitario El Carrasco. Trabajo con el que orgullosa cuenta, les dió estudio a sus cuatro hijos.

Domitila está casada hace 37 años. Tiene cuatro hijos vivos y dos muertos. Su día a día inicia muy temprano, camina más de ocho horas por las calles de Bucaramanga en busca de material reciclable y casi termina tras el carro donde deposita los desechos. Su energía le da para eso y mucho más, no se amilana ante sus compañeros más jóvenes, le gusta su oficio, ese por el que “vale la pena hacerle frente”.

Ahora su motivación son sus nietos, los mismos que la consideran una nona caprichosa y amorosa. Por ellos no pierde la energía, por ellos no se cansa. Sus manos se mueven con rapidez separando a mano limpia plásticos, tarros, cables, papel y cartón, envolturas, vidrios, botellas, entre otros.

Ellos son su inyección de energía y vitalidad, el amor de su familia es el incentivo que a diario la lleva hasta El Carrasco.

El chulo le aportó defensas

“Cuando estaba arriba en El Carrasco llegábamos a las 2 ó 3 de la mañana y nos quedábamos hasta conseguir lo del diario y así llevar comida a la casa”, afirma Domitila mientras con un recogedor desgastado y sin palo pone sobre una mesa de madera la basura que debe clasificar en cada una de las canecas.

Es esa época, muchas veces su comida fue una buena sopa de chulo con verduras, papa y yuca, ingredientes cuidadosamente seleccionados de la basura que llega de las plazas de mercado. Los tarros de leche se convierten en platos, los costales en una cómoda posadera y una “buena totumada de guarapo” en el mejor cierre de la jornada.

Según Domitila, el sabor del animal es muy similar al del pollo y la gallina. “Tiene mucha vitamina, por lo tanto no se recomienda para personas débiles, pues puede producir sudoración y hasta desmayo”, asegura.

Según ella, un caldo de chulo puede curar gripas y hasta el asma.

Así no piensa el médico y docente de la Facultad de Medicina de la Universidad Industrial de Santander, UIS, Camilo Contreras, quien aseguró que “esto se basa meramente en una creencia de las personas, pues no hay ningún estudio científico que sustente sus beneficios. Así como hay gente que habla, por decirlo de algún modo, con fe de este animal, hay otros que lo consumen y no les sirve”.

Una vida entre la basura

Escavar entre montañas de basura hace parte de la rutina de Domitila y cientos de recicladores más.

Pero no todo es monotonía. Muchos amigos de Domitila encontraron joyas, armas o hasta dinero. “En cierta ocasión encontraron una bolsa con dólares, y minutos después la dueña llegó desesperada a buscarlos. La dicha duró poco”, cuenta la recicladora.

Domitila, una mujer enjuta de no más de 1 metro con 68 centímetros, es respetada en su trabajo. Ella sabe el oficio, así como de primeros auxilios. También hace parte de la Cooperativa Bello Renacer desde hace más de 20 años. Esta Cooperativa la integran más de 150 recicladores, quienes reciben un aproximado de 200 toneladas de material reciclable al día.

Si bien las condiciones de trabajo han cambiado, la tarea es la misma. Su oficina, como la llama, consta de una mesa de madera rodeada por varios costales, que le da la espalda a una montaña de basura de donde, con disciplina, gana 30 mil pesos en el día.

“Amo mi trabajo, y mi familia se siente orgullosa. Nunca se han avergonzado de lo que hago. Por el contrario, lo hablamos con respeto porque es algo que da muchas fuentes de empleo, ayuda al sustento y además cuando uno lleva toda una vida en esto, se da cuenta del bien que le está haciendo a la ciudad y al planeta”, asegura.

Domitila Vargas de Lozano se siente satisfecha con su vida y le pide a Dios que le de otra tanta más con mucha salud para seguir trabajando. No pide ni desea nada material, aunque no puede evitar emocionarse imaginando que alguna vez pueda subirse a un avión.

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Publicada por: JHOAN CALDERÓN BAYONA
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