Miércoles 01 de Agosto de 2018 - 12:01 AM

HAGASE OIR

Anteojos

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Anteojos

Los niños llevan gafitas, para ver mejor las mamitas, que con enseñanzas exquisitas nos abrigan en nuestras casitas.

Los jóvenes usan lentes, porque quieren ser diferentes, las lecturas cultivan sus mentes en un mundo con ideas calientes.

Los espejuelos son elementos que mejoran y aclaran la visión, para que los adultos mayores encuentren siempre su dirección.

Los pensionados usan a menudo las necesarias y benditas antiparras, porque así se alejan de muchas garras que quieren quitarles hasta las arras.

Las gafas hay que cuidarlas, porque nos ayudan a conocer, y si se nos llegasen a perder, un milagro nos las puede traer.

Padre Alfredo Vesga D.

Extra clase

El aula máxima de toda universidad es la cafetería. Allí se reúne un grupo heterogéneo de personas con distintos saberes y expectativas cognoscitivas diversas como individuos irrepetibles que son. Se intercambian opiniones sobre temáticas en forma democrática y libre, favoreciendo el diálogo con su respectiva discusión.

Deben los estudiantes cuestionar -entre otros tópicos- el plan curricular de estudio, y ver si cumple con la misión de incorporar al egresado en el mercado laboral; para que su esperanza no se trunque, ni se pierda el esfuerzo de la familia, por el alto costo de la educación cada vez más privatizada.

Son muchos los profesionales desempleados o ejecutando labores distintas a su perfil.

Otro sitio privilegiado es la biblioteca, donde reposan los libros esperando que, ese conocimiento tome vida y que su autor no haya perdido el tiempo.

Con razón se dice: “La verdadera universidad está en los libros”. Por más salas de computación que existan, el libro es irremplazable. No sobra recordar que Internet se alimenta con libros.

En el salón de clase, el profesor no es más que un facilitador y guía.

Debe despojarse de autoritarismo, arrogancia y estatus, entre otros impedimentos, para que la clase sea dinámica, de interés y provechosa, cuyo fin no sea solo la nota.

Ramón María Correa Ariza

Imperio de los gritos

Me decía un amigo especialista en esa parte anatómica del cuerpo humano, que estaba observando en sus consultas más trastornos de las cuerdas vocales, y que él creía que a pesar de todo lo que escribe el Dr. Jaime Forero en su columna, como causa de esto, creía que había otros factores.

Indudablemente le dije, sin ser un experto en esta parte de la medicina, que además de los mencionados, químicos, había que tener en cuenta los físicos resultantes del repetido trauma que producen los alaridos -para un profesor mío manifestaciones zoológicas- que se escuchan por todas partes y recintos, como se dice hasta en las mejores familias, cuando no hay argumentos para contestar cuando se hace alguna afirmación con la cual no se está de acuerdo.

Pareciera que no estamos en el imperio de la palabra que caracteriza nuestra civilización, sino en el de los gritos.

Carlos Cortés

Un hecho notable

Los oasis de humanismo sí existen acá en Bucaramanga. Cada semana un pequeño furgón entrega 150 almuerzos dos veces a la semana a las personas más vulnerables de la ciudad: a los informales, los del rebusque incierto, aquellos que luchan en un semáforo. Habitantes de la calle, aquellos víctimas de la exclusión; los que suman la estadística de la extrema pobreza.

Aquellos que apenas son una fracción de la inmensa desigualdad del país. Ese furgón es el anhelo de una empresa asadero de pollos, que no discute con el país, sino que ayuda a hacer país.

Ernesto Rodríguez Albarracín

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Publicada por: REDACCIÓN VANGUARDIA LIBERAL
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