Viernes 26 de Enero de 2018 - 12:01 AM

Las gordas milenarias

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Columnista: Anastasia Espinel

Cada vez que paso frente a la estatua de la Gorda de Botero en el Parque San Pío, pienso que no hay nada nuevo en este mundo pues nuestros antepasados en plena Era de Hielo solían retratar a las mujeres con las mismas proporciones exageradas. Se conocen numerosas estatuillas femeninas, llamadas tradicionalmente las Venus prehistóricas y halladas en un extenso territorio desde Francia hasta Siberia, que desfiguran el cuerpo humano con una libertad y confianza que no se volvería a vería en el arte hasta la época actual.

Todas estas representaciones femeninas tienen las mismas características: voluminosos pechos y caderas, un vientre abultado como en el último mes del embarazo, un rostro apenas esbozado, brazos y pies estilizados. Sin embargo, cada una posee una individualidad que la hace inconfundible con el resto de la extensa familia de las Venus prehistóricas. El significado de aquellas “gordas milenarias” sigue siendo motivo de controversia, pero casi todos los expertos creen que son símbolos de fertilidad, imágenes estilizadas de una diosa madre, adorada por la humanidad prehistórica como fuente y protectora de todas las formas de vida; una diosa defensora del hogar y la guardiana de la caza. Incluso es posible que hubiera sido considerada la progenitora del género humano o la creadora del universo. También era ella la que engendraba una nueva vida y la traía al mundo.

¿Creían los hombres prehistóricos, al igual que algunas tribus actuales de cazadores primitivos que las mujeres no necesitan de los varones para tener hijos? ¿Sabían relacionar una excitación momentánea y un súbito placer con aquella extraña hinchazón que dura nueve meses y termina con el nacimiento de un nuevo ser? El escritor Lorenzo Mediano en su polémico libro “El secreto de la Diosa” afirma que la humanidad descubre la importancia del varón en la reproducción tan sólo en los albores del Neolítico, cuando los cambios climáticos han provocado una drástica disminución de grandes animales y la humanidad entera se ha visto obligada a dejar sus prácticas cazadoras y recolectoras para dedicarse a los nuevos oficios, la agricultura y la ganadería. Precisamente en aquella época la Diosa Madre deja de ser la divinidad única, pues el hombre comienza a asociar la tierra cultivada con el útero femenino y la lluvia que la riega y fertiliza, con una especie de esperma mágica. ¿Será que precisamente en el Neolítico el ser humano dirige por primera vez sus oraciones no solo a la Gran Madre sino también a un “Padre nuestro que estás en el Cielo?”

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Autor: Anastasia Espinel
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