Sábado 17 de Febrero de 2018 - 12:01 AM

La creación y el incesto

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Columnista: Anastasia Espinel

Contrariamente al carácter exclusivamente patriarcal de tantas otras civilizaciones antiguas, en el Egipto faraónico la mujer no sólo era igual al varón en todas las esferas de la vida política, económica, social, religiosa y familiar, sino también era considerada superior a él en algunos aspectos, incluyendo algo tan importante como la sucesión dinástica y el acceso al poder. Se creía que mientras el faraón reinaba, era la gran esposa real que legitimaba su poder, pues para ser oficialmente coronado cada nuevo rey tenía que casarse obligatoriamente con alguna familiar (hija, hermana o viuda) de su sucesor, aunque ella fuera la propia hermana, sobrina, tía o incluso madre del nuevo monarca. La explicación de aquel “incesto real” se remonta al mito más antiguo de la cosmogonía egipcia la cópula celestial de Nut, diosa del Cielo, “la grande que parió a los dioses”, con su hermano Geb, dios de la Tierra, ambos hijos de Shu, dios del aire, y Tefnut, diosa de la humedad. Mientras en los mitos de la mayoría de los pueblos al Cielo se le suele otorgar el principio masculino y a la Tierra, el femenino, en la versión egipcia sucede todo lo contrario. Se supone que semejante inversión de papeles se debe a que desde el Neolítico, la época de los primeros experimentos agrícolas, el hombre suele asociar la Tierra con el útero femenino que, para ser fecundado, debe ser regado por la lluvia, sustancia que en la conciencia del agricultor primitivo se asociaba con la “esperma mágica” de un poderoso dios que habitaba en el Cielo. Pero en Egipto con su clima sumamente árido, las cosechas dependían únicamente de la generosidad del Nilo, cuyas aguas no caían desde el Cielo sino brotaban, según creían los egipcios, de una cueva al interior del continente africano y, por lo tanto, tenían la naturaleza terrestre y no celestial. Como consecuencia, Nut, una divinidad femenina, asumió todas las funciones de la gran madre celestial y, en todas las versiones del mito sobre su unión con el dios Geb, desempeña un papel dominante: “¡Yo soy Nut, soy tu diosa hermana y te ordeno, Geb, que te tumbes bajo mi cuerpo!”. Por evocación a aquel mito, casi todas las imágenes de escenas eróticas del Antiguo Egipto presentan a la mujer encima de su amante, en la misma posición en que se habían unido por primera vez el Cielo y la Tierra.

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Autor: Anastasia Espinel
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