Domingo 21 de Febrero de 2016 - 12:01 AM

Conejo

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Columnista: Andrés Mejía

Conocí Conejo y sus vecindades en el año 2011, cuando hice un trabajo de caracterización socioeconómica de la región. Lo menciono porque tengo hermosos recuerdos de la zona y es en serio que recomiendo a todos los lectores conocerla.

Es la zona vallenata de La Guajira, el sur del departamento. Muy diferente a la alta y media Guajira (también hermosa): el sur es una zona fértil, con paisajes muy verdes en los que sobresale una afortunada circunstancia: la zona es una especie de valle que se encuentra entre la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá. Esto da lugar a la abundancia de impresionantes paisajes.

Cuando visité la región en 2011, en Conejo y sus corregimientos vecinos (Pondorito, Cañaverales), se vivía de manera muy tranquila. Existía, y era conocida, la presencia de las Farc en la Serranía del Perijá. Ocasionalmente, grupos de esa guerrilla bajaban a la zona plana, aunque no realizaban allí muchas acciones. Concentraban sus ataques contra el ferrocarril y la infraestructura de El Cerrejón, mucho más al norte, en Albania, Maicao e incluso Uribia.

Se sabía, también, que el factor que permitía ese asentamiento de la guerrilla era la proximidad de la frontera. Conejo, por ejemplo, queda a pocos minutos en carro de Venezuela. Es sumamente fácil transitar adentro y afuera de la frontera, en la zona montañosa donde el control es difícil. Esto a pesar de que, a diferencia de lo que ocurre en otras zonas del país, la presencia militar en la región no es débil. Sí lo es la presencia estatal, y hay pobreza, aunque no tanto como en la alta Guajira.

Pase lo que pase, lo ocurrido en Conejo no debe conducir a una crisis insuperable del proceso de paz. Debe sin embargo ser materia de una conversación firme entre las partes para que se siente un principio muy claro e inequívoco: no debe haber ni un solo acto de proselitismo político con armas.

Si esto no queda suficientemente claro, las zonas de concentración serán un fracaso, pues abundarán las denuncias de actividad política acompañada de hombres en armas. No se cimentará la confianza que los colombianos necesitan para aprobar la transición de las armas a las tarimas, en la cual la probabilidad de equívocos y confusiones será mayor. El plebiscito podría en tal circunstancia votarse en contra y este vital esfuerzo nacional se quemaría en la puerta del horno.

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Autor: Andrés Mejía
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