Martes 07 de Agosto de 2018 - 12:01 AM

Juan Manuel Santos

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Columnista: Eduardo Muñoz Serpa

Muchas cosas me distancian de Juan Manuel Santos: su ideario, su naturaleza de clase, gran parte de lo que hizo como gobernante y político.

Santos Calderón, pese a descender de gentes de la provincia santandereana y boyacense, en el gesto de su cara, en su actitud y temperamento, transmite el halo distante y arrogante de la burguesía bogotana, esa que sobrevalora sus ancestros y mira al resto del país ‘por encima del hombro’. A ello suma la dificultad que tiene de expresar verbalmente sus ideas y argumentos. Es la antítesis de un político seductor de masas.

No comparto el modelo económico que en su gobierno impulsó, ni la filosofía de las reformas tributarias que impuso, en fin, mucho me separa de él, pero hoy le expreso mi reconocimiento por haber tenido la audacia de alejarse de sus mentores políticos, de su clase económica y social y haber sido capaz de mirar de frente a la realidad de la Colombia que padece la guerra, pone los muertos, la orfandad y el hambre.

Enaltezco que haya decidido, empecinadamente, hacer la paz, superar las zancadillas puestas por los sectores más recalcitrantes del país y haber logrado llegar a acuerdos de paz con las Farc para secar el río de soldados, guerrilleros y gentes del común muertos, huérfanos, desplazados.

Desgraciadamente estamos volviendo a vivir la pesadilla que muchas veces ha cercenado los sueños de Colombia: se silencian los fusiles, pero sobre las cenizas de una guerra terminada los intolerantes siembran la que sigue. Ese es nuestro sino histórico aupado por los odios, las desigualdades. Lo padecimos de niños, regresó cuando éramos adultos y otra vez está volviendo; solo que esta vez nos sorprende, a aquellos que sufrimos la orfandad, las ausencias y el desamparo en la infancia, siendo viejos.

Pero estas líneas son para reconocerle a un ser de naturaleza indescifrable su lucha franca para que hubiera paz.

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Autor: Eduardo Muñoz Serpa
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