Miércoles 30 de Mayo de 2018 - 12:01 AM

Hedor

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Columnista: Fabio Humar Jaramillo

Los relojes se convirtieron en los nuevos símbolos de los magistrados que, además de dinero, ahora buscan que los saluden en los clubes bogotanos y les rindan la pleitesía que de niños ellos rindieron. No busca reivindicación, sino venganza. El juez no es el que llega para convertir la toga en uniforme y el mallete en la venganza. No. Qué dolor, exclaman los incautos. Qué rabia, exclaman las víctimas. Pero yo ya lo sabía. Lo supe desde el consultorio jurídico.

En 1999 llegué al Juzgado -uno que tramitaba asuntos menores- y desde ese momento entendí que muchos jueces estaban ahí no para servir, sino para cobrar venganza. La mirada, la forma de saludar (o de no saludar, mejor) y otras actitudes me indicaron que ellos no se percibían como servidores públicos, sino sirvientes públicos, y ello los autorizaba a maltratar al usuario.

Lo supe yo, que mi tarjeta profesional aún estaba sin usar. Y ellos ascendieron, muchos pagando favores a políticos que producen aún más nauseas. Llevaban su muñeca sin decorado, y sabían que el respeto se lograba cuando en ella pudieran ostentar un buen Rolex. Brillante, límpido, y reluciente, para que contrastara con su alma.

Empezaron por los restaurantes, donde los manjares se sazonaban con dólares, producto de lavado de dinero. ¡Oh, Giorgio Sale, gran cocinero!

Y luego de coptar los restaurantes, ellos querían la presa mayor. Los clubes ya no serían esquivos, y a punta de enroques, algunos judiciales y con sellos ingresaron como socios de estos lugares. Esa era su nueva conquista.

Ahora falta la cereza sobre la cúspide del postre, que no podía ser otra que hacerse millonario.

Y ahí estaba el negocio: si se podía absolver a un culpable, que había pagado, ¿por qué no cobrarle a un inocente para que no lo investigaran? Y ahí empezó la fiesta, donde los asistentes son los que ya reposan en celdas americanas.

De otra forma no podía ser, pues por acá la justicia no funciona. O mejor: funciona para los que no son inocentes ¿o no, señor Magistrado?

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Autor: Fabio Humar Jaramillo
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