Viernes 29 de Abril de 2011 - 12:01 AM

¿La ruta del progreso?

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Columnista: Jorge Humberto Galvis

Cuando leemos que la estadísticas sobre esperanza de vida muestran incremento significativo tanto para hombres como mujeres y cuando nos detenemos a pensar sobre los servicios que hoy están al alcance de la colectividad, por supuesto, con la salvedad que son especialmente para aquellos con mayor poder adquisitivo, rápidamente concluimos que la humanidad avanza hacia un mayor nivel de vida. Sin embargo, si reflexionamos sobre el impacto que ocasiona la fabricación de muchos de aquellos artículos, que de manera eufemística llamamos bienes, y si analizamos detenidamente las consecuencias de los elementos que entran en contacto con nuestros organismos, la información que obtenemos en múltiples ocasiones riñe con las bondades que inicialmente encontramos sobre lo que nos brinda el entorno. Entonces nos viene a la mente una inevitable pregunta: ¿Progresa realmente el género humano? ¿Muestra la historia un recorrido firme en pos de un mejor estar para todos?


Estudio aparte requiere la profundización de qué queda de las guerras. ¿Acaso se benefician los pueblos de las redistribuciones políticas que les siguen? Podría quizá pensarse en alguna forma de compensación por la barbarie de las luchas convertidas en exterminios y genocidios? Pero, dejando a un lado el más siniestro componente de la historia, si nos detenemos en otros cuestionamientos, sobre aspectos del comportamiento humano, ajenos a la violencia, encontramos otros resultados que también van en contravía con la expectativa de una mejor calidad de vida.


Abundan los estudios que dan cuenta de los daños de contaminación en diversas manifestaciones que arroja en su incontenible paso la tecnología. En agobiante paradoja, mientras la ciencia médica conquista con sus investigaciones las moléculas cuyo uso farmacéutico permite la cura de algunas enfermedades, aparecen continuamente otras, de desconocido diagnóstico y entre las ya identificadas, las más inclementes y mortíferas, cobran más vidas, incluyendo despiadadamente aquellas de más corta existencia. Cuántos de los objetos que nos rodean, con su producción y uso están aumentando las variedades de cáncer o incrementan los riesgos cardíacos y pulmonares?


En cuanto a los alimentos, de lo que ingerimos diariamente, para crecer, renovar energías y generar fuerzas, cuántos obstruyen el flujo sanguíneo, atrofiar el desempeño normal de órganos y alterar las funciones del ser humano? Las respuestas son complejas y preocupantes. La alternativa del ermitaño, no es procedente. Las inquietudes de los ambientalistas deberían dar cabida a las otras formas en que el llamado desarrollo, atenta contra la supervivencia de la raza humana.

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Autor: Jorge Humberto Galvis
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