Viernes 10 de Junio de 2011 - 12:01 AM

La planeación del absurdo

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Columnista: Jorge Humberto Galvis

En sus desesperados esfuerzos por aminorar la crisis en que se encuentra Bucaramanga como consecuencia de la parálisis automovilística, la alcaldía está llegando al límite de medidas que rayan con el absurdo. Con la anunciada modalidad del "pico y placa", que terminó cayendo, se rebosó la copa. La restricción al tráfico vehicular debe ser entendida y aplicada como una limitación a la facultad de movilizarse individualmente de manera autónoma, que se decreta en procura de satisfacer un bien superior, que es el interés común, en este caso constituido por la fluidez en la comunicación vial. Utilizada al extremo, una disposición de esta índole se convierte en acto administrativo que riñe con el derecho constitucional a la libre locomoción, susceptible de anulación ante la jurisdicción administrativa.


La solución por la que optó el alcalde, tampoco ha sido de buen recibo por la ciudadanía. ¿Cómo puede pensarse en competitividad si se le prohíbe a la ciudadanía residente en el resto del Área Metropolitana, que labora en Bucaramanga, desplazarse días completos a su lugar de trabajo?


¿Se ha pensado en las implicaciones de tamaña decisión? ¿Deben los habitantes del Sur renunciar a sus trabajos en Bucaramanga? ¿Se pretende limitar el crecimiento urbano hacia Piedecuesta para concentrarlo en la construcción vertical en la meseta? ¿Lo que se busca es que se compre un segundo carro, duplicándose con ello el parque automotor en el área metropolitana, aumentando el consumo de combustible y por ende la contaminación?


Si se trata de promover la utilización de Metrolínea, no es forzando a la gente a hacerlo el camino adecuado; aparte de ser ilegítima la decisión. No es esa la forma de superar las dificultades económicas del negocio implementado como mejora en el transporte masivo local. Para agilizar la marcha por la mal llamada autopista, hay que pensar en opciones pragmáticas como dar vía por el carril dedicado al bus verde, coordinando el acceso de los particulares con las frecuencias de los colectivos, utilizando para ello la red de alféreces y policías que se ha tenido que montar para sortear el caos. No es esta exactamente una solución óptima, pero, como ya existe el Metrolínea, lo que debemos es buscar convivir con él. Eliminar el paso para conjurar el trancón, equivale a la decisión del marido engañado, que decide vender el sofá de su casa.


Lo que se requiere es una combinación de prevención y sanción. Primero, educar en cultura ciudadana, incluyendo la enseñanza de la conducción, que es mucho más que impulsar el carro hacia delante y posteriormente, ejercer la autoridad, sancionando a quienes estacionen en lugares prohibidos y manejen contraviniendo las normas. Además, la malla vial exige urgente reparación. Los cráteres que nos hacen pensar en la superficie lunar, contribuyen a la parálisis. Son determinaciones que no dan espera al relevo en la alcaldía y que reclama la ciudad a gritos.

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Autor: Jorge Humberto Galvis
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