Domingo 26 de Agosto de 2018 - 12:01 AM

Adiós señor celador

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Columnista: José Ordóñez

jose@joseordonez.net

Me parte el corazón enterarme que uno de los trabajos más significativos para los santandereanos en unos años vaya a desaparecer. Este amigo celador, parte del paisaje familiar, desaparecerá como labor. Así como el avance de la tecnología nos quitó al relojero, al ascensorista, al voceador de periódicos en la calle que gritaba “vaaanguuuardia de hoooy!” los estudios también indican que en unos años nuestro amigo el celador será reemplazado por amorfas máquinas que con solo ponerle una huella abrirán paso, cerrarán la entrada, encenderán luces y no soltarán al perro sino que enviarán al dron.

¡Ay! ¿Quién nos prestará para el bus cuando amanezcamos pela’os? Si el celador era nuestro recurso económico al que le pedíamos encarecidamente que no le contara a nadie la “desvaradita”.

Tuvimos en Piedecuesta un amigo celador tan de confianza que llamaba de madrugada por el citófono para pedir que le bajáramos a la música... ¡porque no podía dormir! Es lógico que ahora se prefieran las máquinas computarizadas porque ellas no duermen, no juegan solitario en el portátil de la entrada, no leen nuestras revistas y periódicos antes de ser entregados, ni tampoco intercambian chismes de las familias del conjunto con otras computadoras.

Es cierto que nos ahorraremos la ancheta de diciembre, pero vamos a extrañar al único ser que nos seguía diciendo “don” a pesar de deber varios meses de administración.

Voy a extrañar a ese “sacrificado” celador que se pide cuidar el área de la piscina, sobretodo los fines de semana que es cuando las muchachas bajan a intentar pigmentarse de bronce sus blancuzcas pero macizas pieles. Ese que generalmente hace la ronda con los perros guardianes que husmean cada escondrijo del conjunto. Ellos no duran mucho en el cargo, generalmente la administración los echa por andar “echándole los perros” a las muchachas.

Adiós mi amigo guardián, me da tristeza saber que el citófono no sonará más para que al otro lado se escuche tu desafinada voz con desgarbado acento santandereano diciendo: “Don José, ya le llegó la Vanguardia, ¿Me deja llenarle el crucigrama?

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Autor: José Ordóñez
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