Domingo 09 de Septiembre de 2018 - 12:01 AM

El niño de la piña

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Columnista: José Ordóñez

jose@joseordonez.net

Las chancletas me quedaban grandes, parecía como si fuera a cruzar el mar a pie. Eran las de mi hermano que por aquel entonces era el único privilegiado que podía lucir las Grulla de plástico negro. La ponchera donde quedaban los últimos, asoleados y poco jugosos trozos de piña que vendía también estaba un poco pasada de tamaño pero servía como protector del sol que no solo hacía picar la piel sino que calentaba el departamental Alfonso López donde yo tendría la fortuna de poder ver por primera vez un equipo de fútbol.

Hincha de millonarios, así respondía cuando los niños de la concentración Santa Clara preguntaban por el equipo que seguía. “Es que es rolo” decían mientras me miraban con rareza porque nunca habían visto un niño bogotano por esos barrios sub normales que colindaban debajo del viaducto García Cadena.

Luego de esa tarde nunca volvería hablar de mi preferencia embajadora. Era el comienzo de un amor por Santander, Bucaramanga y como no, ¡por el atlético!

La puerta corrediza de rojo decolorizado nos dio paso al grupo de niños y vendedores ambulantes que podían ingresar los últimos quince minutos del partido.

Pronto una horda de infantes en medio de gritos jacarandosos invadió la tribuna de “los gorriones”, que entraban gratis pero aupaban con sus gritos los últimos quince minutos de cada cotejo.

Si me faltaba una grosería por aprender allí la habría de escuchar. Como si fuera una demoniaca pila bautismal los apodos y groserías más avezados que la verborrea santanderana pudiera expresar a grito en cuello se lanzaban desde la tribuna. Ofendían a un tal Juan Carlos Díaz que se “comió” un gol y entonces aprendí los primeros manotazos de arrechera santandereana.

Se me cayó mi precaria “estantería azul” y sin darme cuenta terminé abrazado con el niño del maní cuando un tal Umaña infló la valla del contrario para hacerme explotar en un grito que por siempre inmortalizaría en cada rincón del mundo que visito: ¡Búcaros! ¡Búcaros!

Ese mismo grito que hizo que medio vecindario se despertara el pasado miércoles cuando Rangel nos regaló la tercera diana de mi equipo del alma.

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Autor: José Ordóñez
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