Viernes 15 de Diciembre de 2017 - 06:34 PM

Efímero

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Columnista: Manuel Maiguashca

Hace unos días, por zigzag, me llegó un trino en Twitter que envió alguien a quien sigo, quien siguió a alguien quien recibió de alguien ese mismo trino, que tuvo su origen en Sevilla, España. El trino vincula con una foto de la obra de una artista callejera que dibuja en los andenes y calles peatonales de Sevilla con tizas. Tizas de colores gris, blanco y negro. El trino fue recibido por otros curiosos que tomaron fotos a la obra de la mujer. Otras obras de otros días aparecen en la cadena de los trinos. La artista dibuja rostros y torsos de diferentes personajes y su obra desaparece al llegar el viento, o la limpieza con mangueras a la madrugada. El rostro de La Virgen María en la pieta de Miguel Ángel; el rostro de Dios (tomado de Zeus) en el fresco de la Capilla Sixtina: la creación de Adán; Charles Chaplin; Uma Thurman fumando en la cama con escote tremendista y su mirada intrigante en el poster de pulp fiction; el Golum de el señor de los anillos y Salvador Dali, entre otros, son los dibujados por esta sorprendente artista.

Después de recibir el trino comencé a investigar sobre ella y su obra. Lo único que encontré es lo mismo que está mencionado en el trino. La chica comienza a dibujar, la gente se congrega a ver su elaboración, toma fotos y las sube a las redes sociales. Su nombre no aparece y, solamente gracias a las fotos de los curiosos, se registra su obra que desaparece el día que nace. Como un superhéroe callejero.

Unas especies de bambú y de cicadas (las chicharras) comparten una curiosa manera de reproducción. Una vez cada cierto tiempo (los bambús cada aproximadamente 120 años y las chicharras cada 17 ó 13 años) entran en una etapa de reproducción exuberante.

Por unos pocos días los bambús florecen, no importa en qué lugar del mundo estén, al mismo tiempo. Las ninfas de las chicharras aguardan bajo tierra por 17 años y de repente todas en unos días salen, se aparean, dejan sus huevos y mueren. Esa estrategia de reproducción se llama la “saciedad del predador”. Consiste en dos adaptaciones. Primero, la sincronización del evento de reproducción debe ser precisa garantizando así que exista tal abundancia de presas que ningún depredador pueda alcanzar una cantidad que ponga en riesgo las próximas generaciones. Segundo, esta inundación del mercado debe ser muy inusual y no previsible. De esta manera, los depredadores no pueden adoptar su ritmo de alimentación al mismo de la reproducción. Esta teoría tiene otra sorpresa. El ciclo de 17 años de las chicharras, al ser uno de un número primo no puede ser fácilmente emulado con las especies de depredadores de siempre que tienen ciclos de vida de 2 a 5 años. Esta teoría de la saciedad no ha sido probada pero su lógica es provocativa y su estética cautivadora. Creo que algunas orquídeas actúan de manera similar, hace unos meses en Chía montaba bicicleta y noté una especie florecida (Pleurothallis ghiesbreghtiana) en todas las montañas. Por varios senderos recorrí asombrado de ver la pequeña orquídea florecida con unas pequeñas flores amarillas muy muy bellas. A la semana siguiente, ya no había flor.

El paso rápido, a veces, no nos deja desarrollar la sensibilidad a la belleza, misterio y contundencia de lo efímero. Hay que andar lento y atento.

 

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Autor: Manuel Maiguashca
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