Lunes 02 de Julio de 2018 - 12:01 AM

Personas no humanas

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Columnista: Puno Ardila

Cuenta el profesor Gregorio Montebell que vio en redes sociales a “don Óscar”, un indigente (“habitante de calle”, para ser eufemístico y políticamente correcto) que recoge cuanto perrito abandonado encuentra. Ahora el hombre anda peor que nunca, porque, encima de su miseria, su salud ha decaído y se ve demacrado y enfermo en las fotografías publicadas por foristas, en su mayoría “defensores de animales”, que han salido a rasgarse las vestiduras y clamar por comida y protección para los “peludos”. Algunos, incluso, han lanzado críticas porque cómo es que ese señor maltrata a los animales y se pone a recogerlos sin tener casa ni comida siquiera para él mismo.

Entonces, el agite del foro se ha dado por alimento para los perros, por protección y hogar de paso o adopción para los perros, medicinas para los perros; incluso hablan de operaciones quirúrgicas para algunos de ellos. ¿Y del hombre –dice el sabio profesor–, llevado del que sabemos, qué dicen? ¿No estamos exagerando con unos y descuidando a otros?

Supe –continúa Montebell– de quienes se indignan porque montamos los caballos y ordeñamos las vacas; y supe también de una mujer que empapeló jurídicamente a los dueños de las cabras vestidas con faldas para atraer a los turistas; y su argumento era que nadie puede burlarse de una “persona no humana”.

Yo le respondí que, legalmente, ‘persona’ es el “sujeto de derecho, susceptible de ser titular de derechos y de contraer obligaciones”. Me dijo entonces: ¿Será capaz un perro de contraer obligaciones? ¿No cree usted que “personas no humanas” se refiere a la irracionalidad de algunos defensores de animales?

También quiero a los animales –dice Montebell–, y reconozco a una Cristina Úsuga, que da la vida por ellos, con total desinterés y con todo el amor; y conozco a una Edna López, que busca su propio beneficio escudada en el “amor por los peludos”. Y conocí también a una mujer que cuidaba toda una manada dentro de su minúsculo apartamento en Bogotá, y tanto se dedicaba a los perros que tuvo que caerle el Icbf a quitarle a su hijo.

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Autor: Puno Ardila
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