Jueves 26 de Julio de 2018 - 12:01 AM

Desprendimiento

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Columnista: Rafael Gutierrez Solano

Me encontré con un artículo cuya vigencia permanece por siempre relacionado con la vida del magnate irlandés-estadounidense Charles Feeney, donde se da a conocer cómo este millonario cedió su fortuna de unos 8.000 millones de dólares a distintas instituciones para apoyar causas humanitarias, entre las que se destacan la salud pública, planes de paz y la educación. Es decir, todo un universo de donaciones en el que juega un papel preponderante lo social, canalizado a través de una fundación que él mismo creó: Atlantic Philanthropies. En entrevistas dadas a diversos medios de comunicación, sorprendidos por semejante rasgo de generosidad, ha respondido: “…no tienes que explicar a la gente por qué lo estás haciendo… No lo hice para probar nada, excepto que el mundo es con suerte un lugar mejor ahora, porque he tomado mi dinero y lo he propagado a mucha gente”.

Al mismo tiempo que amasaba su fortuna siendo cofundador de una empresa pionera de duty-free, su estilo de vida no cambió, siguió apartado del lujo y del boato, alternando sencillamente con los empleados de sus compañías, lo que le sirvió para observar las necesidades colectivas y los lugares a los que podía dirigir su ayuda. Acá si cabe la frase de San Francisco de Asís quien afirmaba: “Necesito pocas cosas y las pocas que necesito, las necesito poco”. Así como él, el mundo conoce que en diferentes naciones hay otros ricos que en vida han tenido esas actitudes de desprendimiento hacia miles de personas necesitadas: George Soros y la familia Gates.

Tales ejemplos deberían servir de reflexión en esta sociedad, replicándolos, no en forma igualitaria, pero sí equitativa. Países como el nuestro tienen muchas más necesidades sin solucionar que aquellos de los cuales son oriundos tales multimillonarios. Lo preocupante es que se conoce de individuos ahítos de dinero, cuya única misión en la Tierra pareciera ser solo acumular, acumular y acumular. Quizás lo hagan buscando emular con otros o sentirse aún más poderosos. ¿Pero a qué costo? Solo puede ser avasallando, arrasando con los demás, y en muchos casos sacrificando el medio ambiente, la planeación urbanística, asaltando el erario en ejercicio de cargos públicos, etc., sin importarles para nada la suerte del país y los ciudadanos. Coincidimos con uno de los proverbios de Salomón, XVIII, 20: “Aquel que se enriquece rápidamente no será muy inocente”.

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Autor: Rafael Gutierrez Solano
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