Viernes 27 de Abril de 2018 - 12:01 AM

Mafia vergonzante

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Columnista: Samuel Chalela

La sociología contemporánea tendrá que explicar mejor la afinidad colombiana con la ilegalidad. Tendemos a achacarle todo el mérito de la vulgarización del modus vivendi y del modus operandi al narcotráfico, pero en realidad este no es sino otro síntoma.

Las drogas pusieron en las manos de esta sociedad la plata suficiente para corromper, imponer, saltarse la ley; pero esas manos ya traían la praxis de la tenaza que acorrala con favores impagables, que conoce el atajo, que recita el credo de la ley del embudo (o la papaya puesta) y la del más fuerte (“¿usted no sabe quién soy yo?”).

Aunque todo narco es mafioso, no todo mafioso es narco. Mafiosos (de alma y método) los hay en el deporte, en los negocios legales, en las profesiones liberales (abogados incluidos, muy a mi pesar), en la milicia y sobre todo en la política.

Y en el alma nacional se quedó instalado el talante: los jueces que no favorecen se corrompen, se cambian, se desprestigian o se eliminan, así como en escalera, primero lo uno, luego lo otro y finalmente la solución final.

Y así con las leyes, las instituciones y cualquier otro referente objetivo que estorbe para lograr el provecho propio.

Mafia individualista, moverse por el propio provecho, sin código de conducta, honradez relativa y métodos criminales, todo por amor a la patria, pues ahora la patria es solo uno mismo. Hay buenos muertos, buenos muchachos que delinquen, líderes sociales asesinados por casualidad desafortunada, gobiernos que corrompen cortes metiendo en ellas magistrados Malos. Pero de eso no se habla porque habría que explicar cómo es que toleramos tales cosas y simplemente tendríamos una respuesta: eso gusta, eso se acepta, pero no se dice; porque ante todo la mafia colombiana es vergonzante, hipócrita. No hay que ser petrista ni mamerto (no sé bien lo que significa, pero no tendría porque ser un título vergonzante como el de mafioso) para preguntarse qué hace Obdulio -de breve estatura intelectual-, supuesto ideólogo del centro democrático y primo de Escobar, gestionando asuntos con tipos a los que nadie llama por su nombre, sino por su alias y que en lugar de habitués de tertulias de pensamiento, lo son de cárceles. Hay una política donde no toca escoger entre alias ni entre conversaciones ocultas y cercanías criminales, ¿por qué seguir la otra?

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Autor: Samuel Chalela
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