Viernes 29 de Junio de 2018 - 12:01 AM

Siete veces sí

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Columnista: Santiago Gomez

En un país con tantas particularidades en su cultura política y en sus dinámicas de participación, hay gente que escribe argumentando que hay que abstenerse de votar la consulta anticorrupción, porque las siete preguntas no acaban con ese fenómeno, y además nos cuesta 300.000 millones de pesos, como si no votar disminuyera el costo de la misma.

Es ingenuo pensar que el pronunciamiento de más de 12 millones de personas en contra de los corruptos no sirva de nada. Quienes dicen que bajar los salarios no desestimula la corrupción, desconocen la realidad política y cultural de este país acostumbrado a evadir la norma para sacar provecho de ello.

Bajar los salarios elimina un potente estímulo a los candidatos que desean ocupar curules para enriquecerse. Un parlamentario no se vuelve ladrón por ganar su curul, quienes roban al ser elegidos son ladrones que llegan al legislativo para ver de qué forma sacar el máximo provecho de las gabelas que allí se ofrecen. A menos retorno, menos interés en ser elegido si el objetivo es robar.

Decir también que como ya algunas de las propuestas están tipificadas por la ley no vale la pena hacer la consulta, puede ser cierto, pero ignora y subestima la importancia del constituyente primario para lograr transformaciones de gran calado en los sistemas políticos. La voluntad popular expresada con más de 12 millones de votos garantiza una mayor veeduría y exigencia en el cumplimiento de la ley. La consulta mediatiza, por fin en un buen sentido, el fenómeno de la corrupción. La consulta, de resultar victoriosa, pone la lupa ciudadana sobre los hampones de cuello blanco y sobre los jueces que deberán, ahora sí, hacer cumplir las leyes.

Restarle importancia a la consulta por su costo es también un argumento flojo. La democracia cuesta. Nos costaron las consultas partidistas que catapultaron a los dos candidatos que llegaron a segunda vuelta, que también costó una platica.

Este es un paso importante que debemos dar colectivamente, como la séptima papeleta que terminó modificando la Constitución de 1886. Y a esa iniciativa tampoco le sobraron leguleyos y políticos contradictores.

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Autor: Santiago Gomez
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