Domingo 09 de Septiembre de 2018 - 12:01 AM

El Gallo

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En la Enciclopedia de los Símbolos, del escritor Udo Beclerk, encuentro que el gallo ese hermoso y orgulloso animal que ha acompañado al hombre (y a las gallinas por supuesto) miles de años, es guía de ánimas en los ritos de iniciación y en celebraciones mágicas religiosas. Existe la creencia de una vinculación entre el gallo y los difuntos. El gallo negro es el preferido y este es sacrificado para entrar en contacto con el espíritu que se quiere invocar.

Entre nosotros, en ese mestizaje de judeoconversos, moriscos, y negros, el gallo negro no aparecía casi en los gallineros. Se tenían guardados para los ritos mágicos en algún corral especial para que (nuestros indígenas no tenían gallinas) algún negro mandinga, venido del África invocara al difunto marido de una viuda y saber si estaba en el infierno o en el cielo, era fiel, o empedernido mujeriego. En cambio los gallos rojos y saraviados o de otros colores se paseaban orondos pisando cuanta gallina se le atravesaba.

El gallo, era símbolo de fecundidad y de poderoso instinto genético. El “polvorete” una canción colombiana sobre la dicha del gallo traspasó fronteras. Quienes tuvimos la felicidad de vivir en casa con solar o en el campo sabemos ésto. Gallos negros no lo hubo en el solar, pasaban rápidamente a la olla. Viviendo yo en Puerto Wilches, un negro, de nombre Eneas Polo, hombre fornido de figura apolinea, y buen amigo, tenía su casa en el Pedral corregimiento del puerto. Un Palenque a donde en tiempos de la esclavitud se fueron a esconder los esclavos evadidos y se hacían allí invisibles. Un día Eneas se presentó en mi casa con un gallo negro bajo el brazo. “Jefe, le están haciendo brujería”. “Hay barraganas por los tejados”. Hablaba en términos que yo a veces no entendía. “Téngalo cerca y si el gallo lagrimea cuando una persona llega, esa es”. Las tres señoritas Ortega vinieron por alguna razón un día y el gallo, que se suponía era mi guardian, se echó a llorar dando aletazos sin parar de lagrimear. El desenlace merece otro capítulo.

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Publicada por: REDACCIÓN EDITORIAL
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