Viernes 17 de Enero de 2014 - 04:05 PM

Cuando se condena a un padre y al amor que siente por sus hijos

Para las familias de padres encarcelados, el contacto con el interno es limitado, lo que lleva a romper cualquier lazo afectivo, incluso a la estigmatización de niños y jóvenes por el hecho de convertirse en el “hijo del preso”.

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Cuando se condena a un padre y al amor que siente por sus hijos

Lejos de su padre, quien se encuentra en prisión por inasistencia alimentaria, Andrés* recuerda que juntos solían jugar fútbol, tomar gaseosa en la tienda de la esquina y de vez en cuando mirar algún partido de la Selección Colombia en la televisión.

Hoy, cuando lo visita una vez al mes en la Cárcel Modelo de Bucaramanga, asegura que lo siente distante, incómodo, cansado y sin ganas de vivir. No se lo expresa a su padre, pues el tiempo es corto y en medio de tantas familias que acuden al encuentro, poco se puede conversar.

Se lo cuenta a su mamá, Zorayda*, quien en silencio también sufre por esta situación, pues la primera pareja de su esposo fue la que lo llevó a prisión por no entregar la cuota de alimentos. “Creo en él y sé que es un buen hombre. Le han faltado oportunidades laborales, pero no significa que sea irresponsable”, comenta mientras acomoda la vitrina de su tienda.

En el barrio donde residen, Villabel, en Floridablanca, pocos sabían que su esposo está en prisión. “Un profesor se la tenía montada a Andrés por eso. Tuve que poner la queja para que eso pasara. Así se enteró todo el mundo y mi hijo quedó como el hijo de un ladrón”, comenta Zorayda, de 43 años.

Tanto Andrés como su mamá cuentan que su padre está delgado, come poco y tiene pocos amigos. “Mi esposo dice que todo está bien, que se siente bien, pero no es cierto. No sé si lo afecta el hecho de estar rodeado de hombres que han matado a otros o es la vergüenza de haber perdido su libertad... Es muy duro, créame y más cuando de estos temas no se puede hablar con todo el mundo”, añade Zorayda en medio de su tristeza. 

Sí es posible un cambio

Lejos de la vida de Andrés y Zorayda, un grupo de 60 hombres recluidos en el patio 5 de la Cárcel Modelo de Bucaramanga juegan como niños en medio de cartulinas, colores y marcadores. Dos sicólogas los guían en la actividad. Deben dibujar un cuerpo humano y analizar para qué sirve cada una de sus partes.

La mayoría pertenecieron a las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC. Fueron paramilitares que delinquieron en zona rural de Santander y del Magdalena Medio y hoy, lejos de las balas, los camuflados y las botas, purgan una pena que supera una década en prisión.

Según cuenta Germán Gómez Cepeda, director de la fundación Tejedores de Afecto de Bucaramanga, la cárcel no los afecta tanto como estar lejos de su familia.

“Lo único que esperan es que llegue el día de visitas. Para ellos eso es reencontrarse con la vida”, comenta Gómez Cepeda, quien adelanta un programa piloto dentro del reclusorio, con el fin de desarrollar competencias afectivas, para fortalecer la relación entre padres e hijos y así prevenir que niños y jóvenes hagan parte de pandillas o cometan cualquier clase de delito.

“Varios estudios adelantados en el mundo indican que los hijos de personas que están en prisión terminan cayendo en la delincuencia. Por esto es importante trabajar desde las cárceles, para que los padres o las madres privadas de la libertad pierdan la vergüenza y puedan seguir siendo padres”, explica el director de Tejedores de Afecto.

En el piso, en grupos de cinco o seis internos, de edades entre los 19 y 23 años en su mayoría, los reclusos expresan sus miedos y encuentran respuestas para emprender una nueva vida con sus familias.

Unos cuentan que su fuerte temperamento y su rebeldía se deben a que en su época de niñez nunca fueron queridos y bien tratados por sus padres.

Otros cuentan que fueron maltratados, sometidos a toda clase de trabajos forzados, debido a que en sus casas no tenían recursos económicos para sobrevivir, y por esto terminaron cargando un fusil y perteneciendo a organizaciones delincuenciales.

“Cuando mi padre me mandaba a cualquier mandado solía escupir en el piso y decirme ‘si la saliva se ha secado y usted no ha llegado le doy una tanda que jamás olvidará”, narra uno de los internos.

Germán Gómez comenta que en ellos existe mucho miedo. No quieren perder la presencia en sus hogares y menos la autoridad sobre sus hijos.

“Lo que buscamos como fundación es que estos lazos se fortalezcan, que sus hijos no se desvinculen a temprana edad de sus familia. Sí es posible cambiar, dejar atrás una vida de violencia y en especial, abordarla”.

Los internos deben colaborar

¿Quiénes somos para juzgar a otros por lo que han hecho? Esta es la pregunta que Zorayda se hace mientras arregla su negocio. “Andrés sabe que su padre lo quiere, que lo piensa y que hace todo lo posible para estar con él, pero hay pruebas que se tienen que superar y no todos pueden ayudarnos”, dice esta mujer mientras seca sus lágrimas.

Durante los tres meses de desarrollo del proyecto, Germán Gómez encontró que el mismo sitio de reclusión de los internos, la falta de espacio para departir con sus familias y poder hablar en privado desencadena toda clase de situaciones que no son fáciles de manejar por las familias.

Es entonces, según Gómez, cuando el interno también debe trabajar en crear estrategias para acercar a su familia, pues muchos de estos niños están siendo criados solo por las madres.

“Se debe tener en cuenta que las mamás quedan como cabeza de hogar, que deben trabajar, hacer las labores de la casa, controlar a los hijos adolescentes. Para muchas llegar a la cárcel ya es un problema. Es entonces cuando la ayuda del Estado debe aparecer, con la creación o apoyo a programas de este tipo”, concluye Gómez.

Otras experiencias

La Fundación Caminos de Libertad trabaja con el Inpec en Bogotá en el Centro Nacional de Servicios de la Pastoral Penitenciaria, un lugar que  brinda apoyo a las familias de los internos en el área de medicina y odontología, así como un hogar de paso para las mamás o las esposas de los reclusos que llegan a Bogotá a visitar a sus familiares, provenientes de otras ciudad y que no cuentan con recursos para pagar un hospedaje.

En Estados Unidos existe un programa piloto en Nueva York llamado ‘Project Greenlight’, que consiste en “sesiones de reintegración familiar, enfocadas en la pareja, la paternidad y la maternidad compartida y la relación con la familia de origen”. La actividad se extiende durante cuatro semanas.

En el Reino Unido se diseñó una experiencia, que ha sido merecedora de varios reconocimientos en todo el mundo, llamada ‘Storybook Dad’ (Papá cuentacuentos).

Consiste en que el padre grabe la lectura de un cuento en un cd y luego sea enviada a las casas de sus hijos, para que estos los escuchen antes de dormir.

Según expertos, es un método efectivo que fortalece tanto al padre como a los hijos. Incluso, algunos padres que no saben leer hacen el esfuerzo de aprender o de repetir lo que otras personas leen, para poder hacer la grabación.

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Publicada por: XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE
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