Jueves 20 de Febrero de 2014 - 09:36 AM

Las otras historias de los agentes infiltrados

Investigadores encubiertos revelan detalles de algunas de sus operaciones más exitosas. Seguir la pista de los delincuentes requiere de habilidades histriónicas y someterse a cientos de situaciones que como policías repudian. Los agentes encubiertos del Gaula aseguran que sus vivencias van más allá de lo que muestra la televisión y que perder al objetivo no es lo que más duele.

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Las otras historias de los agentes infiltrados

“La misión arrancó. Acordamos planes y rutas para llegar hasta el objetivo. La idea era funcionar como un reloj, no podíamos perder tiempo y menos levantar sospecha. Cuando estábamos listos entramos en acción y partimos. Nada de armas, nada de radios, menos celulares… Los compañeros nos vigilaban. Ellos también se metieron en su papel y sabían cuál era la parte del guión que debían seguir.

¡Mango, mango, mangooooooooo… Mango, mango, mangoooooo! Gritaba, mientras empujábamos con mi compañero una ‘zorra’ cargada de fruta. Sobre la carrera 15, después del CAI La Virgen, rumbo al norte, las bocinas de los camiones y tractomulas crearon un concierto a nuestras espaldas. ¡Mango con sal, mango fresco, mango baratoooooooooo!

Entendimos que sobrevivir al negocio de las frutas no es nada fácil. Entonces un muchachito nos aborda y pregunta: ¿Cuánto es que vale un mango?”. ¡Uyyyy hermano! No pensamos en los precios. La respuesta fue en seco:_Entre $500 y $1.000. Y así comenzó la venta.

En la esquina del colegio donde tuvimos que trabajar pudimos comprobar que a los jóvenes del norte les encanta esta fruta, que las vecinas de la zona son mujeres cabezas de hogar, que se preocupan por el bienestar de los demás y que es fácil hacer amigos.

Nuestros objetivos se acercaban a la carreta y el mango les salía barato. “¡Jefe para usted hasta el cielo. Llévelo barato!”. Eso decíamos para entrar en confianza con el grupo de extorsionistas que por aquellos días tenía azotado a varios empresarios del gremio del transporte en la zona.

Creían que éramos costeños. Pantaloneta larga y de colorines, camisa vieja y fresca, sombrero sabaneros y las tradicionales ‘tres puntadas’.

Todo salió tal lo acordado. Los atrapamos.

Nuestros compañeros hicieron lo suyo y nosotros seguimos con la venta hasta devolvernos a nuestra vida real. Al llegar a la oficina un nuevo caso nos esperaba.

Llevo seis años en esto. La mayoría del tiempo siguiendo el rastro de los delincuentes en Norte de Santander. En Bucaramanga no soy tan conocido, así que poco sospechan de mí cuando me acerco al mundo de la delincuencia. Tengo 28 años. Mis compañeros me llaman ‘Loco’”.

El día a día

“Mi esposa parece haber perdido la paciencia. A veces siento que se está cansando de todo esto. Me preocupa mi pequeña hija”, cuenta otro investigador.

“A la media noche o en la madrugada suena el celular y es Claudia* –no sé si sea hombre, pero se viste como una mujer– alertando sobre algún movimiento de los extorsionistas.

Y es que les piden dinero por ejercer la prostitución, por ubicarse en determinada esquina, por lucir sus cirugías estéticas, por tener o no pareja, por trabajar en las peluquerías… Los travestis, transformistas y gays que trabajan en las calles de ciertos sectores de la ciudad no la tienen fácil. Pero, ¿quién le hace entender eso a mi esposa? Difícil. Claudia es informante”. 

“Llevo seis años en la Policía Nacional y todos los he trabajado en el Gaula. Tengo 30 años. Desde que presté el servicio militar me ‘encarreté’ en esto. Arauca fue mi centro de operaciones durante varios años. Allí era mejor andar desarmado, porque a la gente la matan solo por robarle una pistola.

En el caso de la comunidad Lgtbi (lesbianas, gais, bisexuales y personas transgénero) he tenido que desempeñar varios roles. Primero como cliente, luego como amigos y ahora como pareja. Lo más complicado fue buscar el servicio. Conquistar mujeres es una cosa, conquistar hombres otra.

Este trabajo aún no termina. La sola idea de que estas personas son explotadas y extorsionadas no me deja estar tranquilo. Lo difícil es salirse de esto cuando ya se han recibido miles de abrazos y felicitaciones por la labor cumplida. Uno después de que se mete en el papel debe hacerlo bien, si no se quema”.

El disfraz

“Soy un valluno de 26 años que aprendió a hablar santandereano en un día, buscando atrapar al ‘duro’ de una banda de apartamenteros. También era uno de los más buscados en Santander. Esa fue mi primera misión en Bucaramanga.

 “Ole mano, que hubo mano, vamos mano…” En esas me la paso. Como me decían en la escuela, el cerebro también es un músculo que se ejercita con la repetición. Y en eso me he vuelto un experto.

Llevo cinco años en esta ciudad. Un día luzco como un metalero, otro como un hombre gótico y  algunas veces como vendedor de Bon Ice. También luzco como ganadero. Esa pinta, por ser corpulento me queda bien. Mire esta foto. Así tuve que vestirme en una misión que adelanté hace poco en Armenia. Con botas, sombrero y poncho. Andábamos detrás de una distribuidora de drogas. Lo mejor es que en medio de tantos ganaderos me pude camuflar y sacar adelante la misión.

Antes de ingresar a la Policía me vestía de negro, tocaba la guitarra y leía las historias de Sherlock Holmes. Me gusta ‘El misterio de la escarlata’. Aquí se ríen porque les digo que fui instructor de gimnasio. Bueno, ¡en algo tenía que trabajar para ayudarme en los estudios!

En Norte de Santander casi pierdo la vida. Tenía como misión atrapar a un grupo de hombres de ‘Los Rastrojos’. En esa época lucía rubio. Me hice unos ‘rayitos’ en el cabello y me pinté varios tatuajes.

Escuché un disparo. Vi que mi compañero salió mal herido y reaccioné. Alcancé a dispararle a un Rastrojo’. No murió. El problema fue que mis compañeros escucharon en una interceptación que me iban a matar. Tuve que salir volado en la motocicleta y perderme por un tiempo.

Llevo un año casado. Mi esposa también trabaja en la Policía, pero en Cúcuta. Nos casamos y ella se fue. Nada que le sale el traslado.

Siempre digo: la vida no se arriesga solo en el procedimiento. Sino en el hecho de portar un uniforme. No toda la ciudadanía es agradecida con lo que hacemos, pero debemos ser tolerantes”.

Drogado

“Luego de la venta de mangos me encomendaron el rescate del computador de un ejecutivo de un banco. El equipo tenía información muy valiosa. Lo querían vender en El Tierrero.

Decidí personificar a un indigente, así que me fui por las calles recolectando cartón, pero antes me acosté sobre la carretera frente a un taller hasta quedar negro de mugre.

En el lugar estaba el computador. Ya lo estaban negociando. Unos tipos me la ‘montaron’, me querían quitar el cartón y sacarme, me tocó decirles en su jerga que ‘los tombos’ me perseguían, que más bien me regalaran un ‘plom’ de bareta.

Antes de nacer mi hija fumaba, así que inhalé y quedé en las nubes. No supe cómo rescataron el computador. Me trajeron a la oficina y me dieron de todo para que se me pasara la ‘traba’ tan verraca que tenía”.

“...Escucho a mi compañero y recuerdo el día en que un testigo llegó a dar declaraciones. En ese procedimiento tuve que vestirme con chaleco, taches, pintarme los ojos con lápiz negro. Todo un metalero –risas–.

La señora me miró fijamente y dijo:_“A usted lo conozco, era el que se la pasaba por el barrio”. Tuve que salir corriendo de la oficina, perderme un rato. No siempre logran identificarnos, pero se corre el riesgo”.

“No crea, en el caso que adelanto con la comunidad Lgtbi pienso mucho en que alguien pueda identificarme. Nadie se imagina que uno ande en esas.

Existe mucha colaboración entre nosotros, pero también mucho peligro. Siempre se está con el temor de ser descubierto, pero todo está en la mente. En últimas nadie se da cuenta. O bueno, eso es lo que hemos visto hasta el momento.

Todo tiene su lado bueno. La gente queda feliz con lo que hacemos. Pasamos a ser integrantes de una nueva familia cuando logramos devolver a alguien a su casa, cuando evitamos que los roben, cuando los sacamos del peligro. Para eso estamos. En todo existe riesgo”.

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Publicada por: XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE
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