Domingo 09 de Marzo de 2014 - 10:39 PM

Cuando la vida es un salto que no tiene fin

Asegura que tiene una protección especial otorgada por tribus indígenas colombianas y que no salta las paredes y montañas más altas de la geografía nacional buscando enriquecerse, sino vivir la sensación de estar en el aire. Esta es la historia de uno de los paracaidistas de salto ‘Base’ más reconocidos en el continente.

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Felipe Acosta Gómez recorre los lugares más altos y paradisiacos de la geografía nacional buscando el salto perfecto. El motor de sus días es la adrenalina, estar en contacto con el aire y rodeado de toda clase de elementos que les generen todo tipo de sensaciones a sus sentidos.

Es reconocido por practicar el ‘salto Base’, una extensión del paracaidismo más extrema  en la que no se salta de un avión sino de edificios, paredes naturales, acantilados, montañas y puentes de gran altura, y donde el paracaídas abre a escasos metros del suelo.

Y es que él ya le demostró al país y al mundo que no se necesita salir al exterior para romper récords. La torre Colpatria en Bogotá; el pico Ritacuba Blanco, que tiene cerca de 6 mil metros –uno de los puntos más altos de la cordillera Oriental– en el Nevado del Cocuy y el salto desde un helicóptero del Ejército, detenido a 4.500 pies, con el que rompió el récord nacional de bungee jumping en 2011, sujetado a una cuerda que estiró 247 metros, son la carta de presentación de este deportista bogotano. 

Según comenta, uno de los picos del Cañón del Chicamocha, vía a San Gil, es su próximo reto, toda una obsesión. Esta vez los santandereanos no lo verán caminar por los cielos del anillo vial colgado de una pequeña nave voladora o ‘trike’, a una altura de 1.600 metros, de donde descendió a 250 kilómetros por hora (durante 28 segundos) y donde abrió su paracaídas a escasos 150 metros del suelo.  Felipe, de 30 años, saltará en un parapente y lo incendiará en el aire, para luego abrir su paracaídas cerca al río Chicamocha y terminar su hazaña gritando: “¡Sí se puede papá, lo logré!”.

Recorrido por los cielos

Felipe Acosta comenta que los paracaidistas de altura o de avión normalmente saltan a 12 mil pies, que es la altura promedio, y que tienen caídas libres entre los 30 y 40 segundos. Según el deportista, las normas internacionales dicen que el paracaídas deber abrir a 1.500 metros de distancia del suelo, pero él no entiende de normas. “Yo lo hago en una zona de la muerte. Abro el paracaídas a 900 metros y mi caída no supera los 30 segundos. En el salto en Bucaramanga abrí el paracaídas a 70 metros y llevaba una velocidad que superaba los 200 kilómetros por hora”, comenta.

_Ya completa 116 saltos o puntos marcados en Colombia. Felipe solo salta con un paracaídas y no usa sistema de seguridad. Dice que desde hace siete años está en la práctica del paracaidismo, que comenzó su carrera en una escuela que abrió un francés en Bogotá, lo cual lo llevó a ganar varios campeonatos y a conocer el ‘salto Base’. “En mis primeros años fui instructor de otros deportes extremos. Cuando estaba en el curso siempre tenía la risa nerviosa y las ganas de quererlo hacer, pero obviamente cuando debes saltar es duro. Y lo hice solo”, añade.

Toda una pasión

¿Se puede vivir de los deportes extremos y de saltar montañas o puentes? Felipe asegura que sí. La fórmula, según él, es descubrir la conexión que existe con los elementos de la tierra, en este caso, el aire.

En la actualidad este publicista cuenta con el apoyo de ocho empresas patrocinadoras, las cuales le permiten viajar dentro y fuera de Colombia imponiendo retos. También trabaja en una película llamada ‘Nacido para volar’, que se estrena este año y en la producción de un programa con Discovery Channel llamado ‘Sobreviviendo a los Andes’, que busca atravesar toda Suramérica saltando. 

“La orden de los patrocinadores es no parar, producir cortometrajes, videos y estar activo en las redes sociales, en las cuales he tenido bastante acogida.  También paso mi tiempo inventando pruebas extremas”, asegura.

No sale de rumba, no consume bebidas alcohólicas y tampoco fuma. El ejercicio es fundamental para mantener su estado físico. A pesar de todo el esfuerzo y la energía que quema en su actividad deportiva, asegura que no puede llevar una dieta, pues la comida es su debilidad.

Tras descubrir su conexión con culturas ancestrales como los indígenas Tikunas del Amazonas, los U’was del Cocuy y los Arawaks de la Sierra Nevada, Felipe explica que sus saltos ya no son un simple deporte. Tiene una misión y es un contacto más espiritual con la tierra.

Uno de los momentos más “bonitos” de su vida, según cuenta, se dio en el Peñón de los Muertos en el Nevado del Cocuy, un desfiladero a donde llegaban los U’was y se lanzaban al vacío antes que caer en manos de los españoles y convertirse en sus esclavos. De ahí  logró saltar. “Me encontré con uno de los hermanos mayores del cabildo indígena U’wa. El hombre caminó muchos días e hicimos una ceremonia. Él iba a verme,  dijo que sabía que yo haría eso. Me dijo que ese lugar representaba la muerte y yo salté para representar la vida”.

Sobre fallecer en una prueba o encontrar obstáculos en el aire, Felipe comenta que nunca le ha temido a la muerte, que siempre la ha visto como una compañera de vuelo.

“Ahora más que la muerte llegué a un plano espiritual donde sé que todo está controlado. He abortado saltos porque mi energía no se conecta con el lugar, por ejemplo, y controlar el miedo nunca es fácil”, añade.

Su obsesión es seguir saltando en Colombia. Dice que cuando participa en pruebas fuera del país lo hace por hobby. Mientras sigue en su travesía, prepara una guía de ‘salto Base’ colombiano, indicando los lugares donde ha saltado, donde los ‘gomosos’ de los deportes extremos pueden acudir y practicarlos sin temor, con datos como la mejor época del año para hacerlo, la altura, el clima y la dirección del viento.

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Publicada por: XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE
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